Si buscamos algo que tengamos todos en común como personas lo que podremos afirmar con cierta seguridad es que todos somos Seres Narrativos: desde muy pequeños nos embelesa que nos cuenten historias. La construcción de un sentido compartido de la realidad desde el lenguaje y las palabras es algo que es común a todas las culturas que han sido siempre antes orales que escritas y de cuya tarea creadora de sentido todos formamos parte de alguna forma: ya sea como lectores u oyentes o como a veces pacientes conversadores.
Nuestro Ser lo constituye el lenguaje algo que ya afirmaba nuestro estimado filósofo Wittgenstein. Y en esta tesitura el domino de nuestra propia lengua como límite trascendente del mundo, de lo que podemos conocer, es una tarea en la que deberíamos poner el máximo empeño no sólo en nuestro sistema educativo sino también a nivel personal. Una lengua es una visión particular y de valor intransferible del mundo. La pérdida de una, nos resta un valor interpretativo de la realidad irreparable.
El lenguaje tanto puede usarse para afirmar el mundo como para deconstruirlo y así desentrañar abusos de poder o realidades impostadas. Y, también, como no para destruirlo, eliminando cualquier alternativa lógica al propio sin sentido que a veces nos acecha .
Dentro de la Filosofía existe un figura del lenguaje que hace de la concisión su identidad configuradora: el aforismo. Podemos definirlo como una oración o declaración concisa que pretende expresar un principio de manera coherente, concisa y en apariencia cerrada. Algo que con el reciente Twitter parece que vuelve a renacer.
Y en la filosofía encontramos dos grandes maestros del aforismo: Nietzsche y el menos conocido filósofo rumano Cioran: éste era un persona que como filósofo amaba el saber y era afirmador del Ser en el lenguaje dado que trataba éste con rigor a pesar de su escepticismo radical para rechazar un mundo del que nada en esencia podemos saber de verdad.
Era un merodeador del abismo del vacío con una visión trágica de la vida donde el libre albedrío, la libertad, la salvación o la redención no tienen cabida sino como mera ilusión para esconder nuestra realidad sujeta a una inapelable lógica determinista contra la que nada podemos hacer.
Admirador del Quijote cuyo personaje muestra como la razón al final acaba necesariamente en locura, pero que mantiene la ilusión de pensar por uno mismo y no obedecer. En él ve el destino del Ser humano individual sometido a una Sociedad que le impone una razón a todas luces delirante. Algo que sin duda nos resulta familiar a todos nosotros como sufridos habitantes de este mundo moderno que nos ha tocado vivir.
Pero Cioran nos legó algo de una utilidad y valor incalculabre: la lucidez. Esa conciencia de saber que aunque nadie se libera de sí mismo sí podemos tomar la actitud consciente de afirmar la vida, aceptándola lúcidamente como es: con su dolor intrínsenco y destino trágico. Pero que a su vez podemos sacralizarla proclamando también sus alegrías y momentos placenteros escribiendo nuestra propia historia personal como acto de fe en una razón y una vida que aunque convulsa y a veces desencantada, merece sin duda la pena de ser vivida y contada como construcción de un valuoso e intransferible sentido individual, que no debe perderse en los abismos de la inacción.
"Compendio de reflexiones sobre las Humanidades y las Ciencias con vocación expresiva integradora"
domingo, 9 de octubre de 2011
miércoles, 28 de septiembre de 2011
El mapa y el territorio: la versimilitud en nuestro final de época
Estamos viviendo unos tiempos dónde quizás una de las pocas cosas que podemos hacer aún con cierta lucidez es tratar de dejar constancia con la mayor versimilitud posible del final de época al que cada vez parece más evidente que asistimos aunque sólo sea con la ingenua intención de tratar de no repetir los mismos errores.
Hacer evidente esta deriva contemporánea en la que nos vemos inmersos persiguiendo la verdad como sólo puede realizarse auténticamente: con obstinación, puede a veces ser etiquetado como simplemente de polémico, únicamente con el objetivo quizás, de desvalorizar y tratar de interesadamente ocultar esa visión alternativa, ya sea como crítica o aún peor, como algo a ser tomado en consideración.
El escritor francés Michel Houellebecq es un maestro no sólo en el arte de narrar sino también en el de dejar fluir por el interior de sus novelas una profundidad y belleza de pensamiento reflexivo que tiene como objeto todo lo que nos ocurre como seres contemporáneos.
Y a pesar del evidente tono desasosegado que se respira en sus novelas esta lucidez crítica nos sirve al menos para comprender y reconfortarnos a través de sus personajes, con nuestras a veces incomprensibles y absudas peripecias vitales que este final de época tiene a bien en depararnos.
Su última novela El mapa y el territorio ganadora del premio Goncourt, el más prestigioso premio literario en Francia, es una de esas piezas de relojería narrativa que va calando en nuestra conciencia como la lluvia fina: a través de unos personajes con gran éxito profesional, pero terriblemente solitarios que forman indudablemente parte de ésta, para todos nosotros conocida, postmodernidad que ha hecho del simulacro y el exceso su pirueta estética y que ahora puede resultar mortal.
Es tiempo a lo mejor de preguntarnos sin embudos como se le plantea a Jed Martin, el artista protagonista de la novela, cuanto hemos sacrificado de nosotros mismos en aras de la sacrosanta productividad industrial y profesional.
La vuelta a una vida artesanal, incluso agrícola, sin producción masiva, con la revalorización de las regiones, la lentitud y lo local es una forma plausible, al menos como opción, de aislar y salvar a los países de las intempestivas inclemencias de la economía globalizada moderna.
Y aunque normalmente en nuestra vida cotidiana damos mucha veces más importancia a la representación que a la realidad misma (al mapa que al territorio, a las cotizaciones bursátiles o artísticas que a los bienes en sí), aún estamos a tiempo de, como expone magistralmente Houellebecq en su novela, tomar consciencia de la importancia de la valiosa individualidad de cada Ser Humano como detentor de una representación particular y única del mundo y un destino a realizar.
Este capitalismo desaforado en el que hemos vivido últimamente no es quizás sino un mal decorado temporal que ahora se derrumba ante nuestra realidad primigenia: esa soledad esencial del Ser Humano que debe vivir con confianza, lucidez y obstinación la búsqueda de su propia verdad individual, como testimonio legítimo e insustituible de una visión de la realidad de valor aún afortunadamente incalculable para nuestros especuladores postmodernos.
sábado, 24 de septiembre de 2011
Hacia nuestra consciente expedición interior de subida
Desde antiguo sabemos que en el ser humano hay de forma natural una permanente ansia de superación, de mejora y desarrollo de nuestras capacidades tomando muchas veces ejemplo de los demás. Es lo que Platón llamaba anábasis que significa subida.
Pero por otro lado, debemos ser conscientes que quizás esta altivez del hombre en su deseo permanente de superarse también encierra una cara dramática que es el dolor de la a veces inevitable caída, como tan bellamente expresa el mito griego de Icaro y su alas de cera fundidas por el sol al tener el arrojo de intentar volar.
Entender como nuestros sabios antepasados griegos, que la vida tiene inevitablemente una dimensión de dolor y que es parte consustancial a la misma, nos hará no sólo más conscientes de nuestra propia realidad, sino más sabiamente responsables de nuestras propias actuaciones y nos permitirá reconciliarnos con nosotros mismos y los demás.
El filósofo alemán Nietzsche nos decía que hay que saber separar entre sentido y valor: para él la vida no tiene ningún sentido pero sí tenía valor por si misma sólo si ésta es vivida aceptando su dimensión trágica. Era lo que denominaba el vivir de forma estética y aristrocrática.
Se trata en el fondo de no vivir anestesiados por a veces más o menos bienintencionadas corrientes de pensamiento, que utilizan terapias de lenguaje cognitivo-conductuales para casi obligar a pensar siempre en positivo intentando a veces ocultar o desvalorizar esta dimensión trágica que toda existencia inevitablemente tiene.
La vida es placer y dolor y sabemos que no podremos evitar enfretarnos a contratiempos, fracasos y pérdidas. Lo que si tenemos en nuestras manos es la actitud consciente y reflexiva para conformar nuestro carácter y enfrentarnos lúcidamente a esas pérdidas y hacerlas parte consustancial de nosotros.
Y esta concienciación de la dimensión trágica de la vida no debe no sólo impedirnos desarrollar nuestra humana conditio, sino que además puede darnos fuerza para realizar nuestra propia anábasis: esa expedición interior de subida a la que todos estamos afortunadamente de forma natural llamados como seres humanos.
domingo, 18 de septiembre de 2011
Reconciliándonos con nosotros mismos: decrecimiento o saber vivir.
¿Cuando consideramos a una persona rica? Con casi total seguridad responderemos que alguien es rico cuando posee mucho dinero, patrimonio o abundantes inmuebles. Es decir, por muchas razones asociamos la riqueza con cuestiones exclusivamente materiales.
En nuestro imaginario mental tenemos bien inculcado la necesidad indiscutible del crecimiento, ya sea en resultados, ventas, posesiones y lo asociamos al éxito y al reconocimiento en la vida. De hecho, sintomáticamente lo primero que preguntamos en Occidente para conocer a una persona es de qué trabaja, cúal es su puesto en la cadena productiva que tanto sacralizamos inconscientemente.
Paradójicamente vivimos en un mundo donde desde el punto de vista físico nuestros recursos son limitados. El principio entrópico nos expone que no es posible crecer ilimitadamente dentro de un sistema, como es nuestro planeta, cerrado y que dispone de una cantidad de energía limitada.
La idea ilustrada del poder de la razón y la Fe en el progreso abrió nuestra modernidad y nos ayudó sin duda a alcanzar altas cotas de bienestar material y hedonismo a la carta. Tres siglos después y con una conciencia formada global de los resultados que la modernidad ha tenido, quizás sea ya momento sino de rechazarla, al menos de matizarla sustancialmente.
Porque si el sueño de la razón produce monstruos, la permanente vigilia instrumentalizada y apropiativa nos lleva a la extenuación de nuestro planeta y, sobretodo, a la propia personal.
Dado el actual contexto de crisis económica parece cada vez más probable que la alternativa en muchos países desarrollados Occidentales no sea otra que entre recesión (decrecimiento salvaje) y decrecimiento (cívico). Y aún en estas circunstancias, podemos alejarnos de pánicos muchas veces interesados, para serenamente reflexionar y tomar conciencia de las alternativas que afortunadamente tenemos.
Las teorías del decrecimiento no significan crecimiento negativo sino asumir como criterio regulador de la vida económica las consecuencias de limitación de recursos que el principio físico entrópico claramente expone. Quiere situar la relaciones comunitarias y la felicidad cualitativa por encima del individualismo y las concepciones puramente cuantitativas del mundo propias de la modernidad dominante.
Si nos paramos a pensar sacrificamos muchas cosas en nuestra vida en aras de la sacrosanta productividad. Si de algo puede servirnos esta crisis es para ser más conscientes del la paradoja de la abundancia donde el poseer más no nos hace más felices. Y muchas veces no es necesario hacer cambios radicales de vida, sino modular y enfocar nuestra actual existencia con dosis de reflexión y consciencia.
Es tiempo quizás para volver al slow life: el placer del ocio con los nuestros, el ethos del juego en lugar de la obsesión por el trabajo.A la importancia de la vida social y altruista, la conversación y lo local sobre el consumo ilimitado, a lo relacional, el gusto por la lentitud y el prestar atención a los detalles y los pequeños placeres como la lectura.
Una persona rica puede ser alguien con abundantes experiencias, lecturas o habilidades relacionales y conversacionales. Seguro que nos proporcionará más sentido y ejemplaridad que alguien que simplemente posee muchas cosas materiales temporalmente.
Es en el fondo ir hacia lo razonable sobre lo racional, vivir dentro de nuestras posibilidades sin dramatismos pero con una renovada ilusión . Como dice el filósofo Rafael Argullol al final conocerse a uno mismo es reconciliarse con nosotros mismos. Es hacer de nuestros naufragios y nuestras pérdidas parte constituyente y aceptada de nuestra patria personal.
Como le dijo un pescador: "¿Qué hago si me atrapa un remolino?". "Déjate succionar por él, al llegar al fondo él mismo te impulsará hacia fuera"
En nuestro imaginario mental tenemos bien inculcado la necesidad indiscutible del crecimiento, ya sea en resultados, ventas, posesiones y lo asociamos al éxito y al reconocimiento en la vida. De hecho, sintomáticamente lo primero que preguntamos en Occidente para conocer a una persona es de qué trabaja, cúal es su puesto en la cadena productiva que tanto sacralizamos inconscientemente.
Paradójicamente vivimos en un mundo donde desde el punto de vista físico nuestros recursos son limitados. El principio entrópico nos expone que no es posible crecer ilimitadamente dentro de un sistema, como es nuestro planeta, cerrado y que dispone de una cantidad de energía limitada.
La idea ilustrada del poder de la razón y la Fe en el progreso abrió nuestra modernidad y nos ayudó sin duda a alcanzar altas cotas de bienestar material y hedonismo a la carta. Tres siglos después y con una conciencia formada global de los resultados que la modernidad ha tenido, quizás sea ya momento sino de rechazarla, al menos de matizarla sustancialmente.
Porque si el sueño de la razón produce monstruos, la permanente vigilia instrumentalizada y apropiativa nos lleva a la extenuación de nuestro planeta y, sobretodo, a la propia personal.
Dado el actual contexto de crisis económica parece cada vez más probable que la alternativa en muchos países desarrollados Occidentales no sea otra que entre recesión (decrecimiento salvaje) y decrecimiento (cívico). Y aún en estas circunstancias, podemos alejarnos de pánicos muchas veces interesados, para serenamente reflexionar y tomar conciencia de las alternativas que afortunadamente tenemos.
Las teorías del decrecimiento no significan crecimiento negativo sino asumir como criterio regulador de la vida económica las consecuencias de limitación de recursos que el principio físico entrópico claramente expone. Quiere situar la relaciones comunitarias y la felicidad cualitativa por encima del individualismo y las concepciones puramente cuantitativas del mundo propias de la modernidad dominante.
Si nos paramos a pensar sacrificamos muchas cosas en nuestra vida en aras de la sacrosanta productividad. Si de algo puede servirnos esta crisis es para ser más conscientes del la paradoja de la abundancia donde el poseer más no nos hace más felices. Y muchas veces no es necesario hacer cambios radicales de vida, sino modular y enfocar nuestra actual existencia con dosis de reflexión y consciencia.
Es tiempo quizás para volver al slow life: el placer del ocio con los nuestros, el ethos del juego en lugar de la obsesión por el trabajo.A la importancia de la vida social y altruista, la conversación y lo local sobre el consumo ilimitado, a lo relacional, el gusto por la lentitud y el prestar atención a los detalles y los pequeños placeres como la lectura.
Una persona rica puede ser alguien con abundantes experiencias, lecturas o habilidades relacionales y conversacionales. Seguro que nos proporcionará más sentido y ejemplaridad que alguien que simplemente posee muchas cosas materiales temporalmente.
Es en el fondo ir hacia lo razonable sobre lo racional, vivir dentro de nuestras posibilidades sin dramatismos pero con una renovada ilusión . Como dice el filósofo Rafael Argullol al final conocerse a uno mismo es reconciliarse con nosotros mismos. Es hacer de nuestros naufragios y nuestras pérdidas parte constituyente y aceptada de nuestra patria personal.
Como le dijo un pescador: "¿Qué hago si me atrapa un remolino?". "Déjate succionar por él, al llegar al fondo él mismo te impulsará hacia fuera"
martes, 13 de septiembre de 2011
¿Cómo vivir?: veinte años de enseñanza de la ética con Fernando Savater
Una de las preguntas más difíciles, que además tenemos que inevitablemente contestar cada uno de nosotros como personas, es sin duda: ¿Cómo debemos vivir?: qué orientación debemos dar a nuestra vida y que debemos hacer. Todos ya sabemos que no existen recetas mágicas o sencillas a la hora de buscar respuestas o motivaciones a nuestras actuaciones y que somos, casi por definición, seres llenos de contradicciones.
Lo que si sabemos es que la formación de un criterio propio a la vez crítico y reflexivo orientado a la acción práctica es condición necesaria para ejercer nuestra libertad vital con autonomía y sentido. Y esta formación requiere sin duda un esfuerzo orientado de estudio y análisis de las distintas propuestas que se nos ofrecen desde diferentes ramas del saber.
Una oferta que a modo de invitación hace la Ética como elemento fundamental de una Filosofía lejana del encorsetamiento academicista y orientada en cambio a los problemas prácticos de nuestra vida diaria.
La ética bien entendida es una invitación reflexiva a la acción y no la imposición de ciertos valores o dogmas. No debe pretender cubrir ciertas carencias sino facilitar la formación libre y consciente de la propia identidad a partir de cada una de las acciones que realizamos.
Es en definitiva una formación del carácter que nuestro sistema educativo debe promover sin reservas ni ambigüedades, como forma de transmitir los valores democráticos de Libertad, Igualdad y Fraternidad que tanto han costado conseguir.
Valores que deben sustentar cada una de las actuaciones que como afortunados ciudadanos de una democracia somos libres de realizar y, que lejos de relativismos interesados, tenemos la responsabilidad de ofrecerlos a las próximas generaciones a modo de invitación alegre a la acción.
Se cumplen ahora veinte años del libro y manual de referencia de enseñanza escolar de la ética en español: Ética para Amador del filósofo Fernando Savater. Un libro con vocación divulgativa y de proximidad a los jóvenes pero que transmite sin ambigüedades lo que desde la ética se considera que es necesario para llevar una vida buena. Una excelente oportunidad para revisitar nuestra juventud y lo que nos marcó y configuró como las personas que ahora somos.
La Editorial Ariel para celebrar este aniversario ha organizado un concurso en este nuevo curso escolar para centros educativos de España que podéis consultar en su página web http://www.eticaparaamador.es/ .Una iniciativa que sin duda pretende apoyar la importancia de la ética en la educación de nuestros futuros ciudadanos.
Como sabiamente nos dijo el emperador romano Marco Aurelio en sus Meditaciones: "los hombres han nacido los unos para los otros. Edúcalos o súfrelos".
Lo que si sabemos es que la formación de un criterio propio a la vez crítico y reflexivo orientado a la acción práctica es condición necesaria para ejercer nuestra libertad vital con autonomía y sentido. Y esta formación requiere sin duda un esfuerzo orientado de estudio y análisis de las distintas propuestas que se nos ofrecen desde diferentes ramas del saber.
Una oferta que a modo de invitación hace la Ética como elemento fundamental de una Filosofía lejana del encorsetamiento academicista y orientada en cambio a los problemas prácticos de nuestra vida diaria.
La ética bien entendida es una invitación reflexiva a la acción y no la imposición de ciertos valores o dogmas. No debe pretender cubrir ciertas carencias sino facilitar la formación libre y consciente de la propia identidad a partir de cada una de las acciones que realizamos.
Es en definitiva una formación del carácter que nuestro sistema educativo debe promover sin reservas ni ambigüedades, como forma de transmitir los valores democráticos de Libertad, Igualdad y Fraternidad que tanto han costado conseguir.
Valores que deben sustentar cada una de las actuaciones que como afortunados ciudadanos de una democracia somos libres de realizar y, que lejos de relativismos interesados, tenemos la responsabilidad de ofrecerlos a las próximas generaciones a modo de invitación alegre a la acción.
Se cumplen ahora veinte años del libro y manual de referencia de enseñanza escolar de la ética en español: Ética para Amador del filósofo Fernando Savater. Un libro con vocación divulgativa y de proximidad a los jóvenes pero que transmite sin ambigüedades lo que desde la ética se considera que es necesario para llevar una vida buena. Una excelente oportunidad para revisitar nuestra juventud y lo que nos marcó y configuró como las personas que ahora somos.
La Editorial Ariel para celebrar este aniversario ha organizado un concurso en este nuevo curso escolar para centros educativos de España que podéis consultar en su página web http://www.eticaparaamador.es/ .Una iniciativa que sin duda pretende apoyar la importancia de la ética en la educación de nuestros futuros ciudadanos.
Como sabiamente nos dijo el emperador romano Marco Aurelio en sus Meditaciones: "los hombres han nacido los unos para los otros. Edúcalos o súfrelos".
martes, 6 de septiembre de 2011
Vivir hipotéticamente: afrontando el futuro con confianza
Vivimos ciertamente una época donde cuando se discute sobre el futuro, se habla de él de forma negativa casi automáticamente. Quizás deberíamos comenzar a intentar mirar hacia adelante de manera menos traumática: lejos de un optimismo ingenuo pero con la confianza plena en el abanico de posibilidades que nos da por si misma la extraordinaria experiencia de estar vivos.
Debemos ser asimismo conscientes que nuestra época actual difiere claramente de la histórica modernidad: como nos dijo sabiamente el filósofo Kant los roles de la primera modernidad dependieron en gran medida de la prescripción de reglas determinadas, del juicio determinado. En nuestra postmodernidad es el individuo quién debe buscar las reglas mediante el juicio reflexivo.
Queda abierta pues la ventana a la incertidumbre, al riesgo pero por otro lado también se deja la puerta abierta a la innovación y a mayores grados de libertad que nuestros antepasados, tanto en nuestros roles como en nuestras posibles acciones.
Y también debemos tomar en consideración que muchas veces la reiterada pregunta por el sentido, la interpretación (hermenéutica) o los objetivos finalistas devoran el contenido mismo de la experiencia como bien exponía la fenomenología de Husserl.
Es posible que en ocasiones sea necesario dejar fluir las cosas como son, sin intentar apropiarnos de forma interesada de su esencia o interpretarlas con ofuscados juicios. Vivir simplemente la experiencia: el clásico griego panta rei (todo fluye).
El sociólogo U.Beck en su obra La sociedad del riesgo mundial. En busca de la seguridad perdida nos ofrece las claves para afrontar la época que vivimos: debemos ser conscientes de que hemos dejado atrás (quizás para siempre) la época industrial de las certidumbres, de las grandes ideologías, del inmovilismo social, de la seguridad del trabajo para toda la vida y saber cambiar con la llegada de la incertidumbre y del riesgo.
Mediante el juicio reflexivo y el poder autoformativo que nos da la experiencia de nuestra propia individualidad podemos liberarnos de la compulsión de la identidad o un rol que nos enconserta afrontando los miedos que a todos nos acontecen en algún momento. Y abrirnos a la diferencia constituyente del riesgo, las oportunidades y la innovación con las que la época actual nos desafía a nosotros: los que afortunadamente estamos vivos para intentar llegar a ser lo que queramos Ser.
Como nos dijo Robert Musil en su magnífica obra El hombre sin atributos debemos vivir hipotéticamente: este lema expresaba el valor y la voluntaria ignorancia en la que cada paso es un riesgo sin experiencia. Lo hermoso y lo único cierto del que mira el mundo por primera vez o de forma nueva es esa excitante sensación de estar predestinado a algo.
¿Cuál es entonces tu hipótesis de futuro?
Debemos ser asimismo conscientes que nuestra época actual difiere claramente de la histórica modernidad: como nos dijo sabiamente el filósofo Kant los roles de la primera modernidad dependieron en gran medida de la prescripción de reglas determinadas, del juicio determinado. En nuestra postmodernidad es el individuo quién debe buscar las reglas mediante el juicio reflexivo.
Queda abierta pues la ventana a la incertidumbre, al riesgo pero por otro lado también se deja la puerta abierta a la innovación y a mayores grados de libertad que nuestros antepasados, tanto en nuestros roles como en nuestras posibles acciones.
Y también debemos tomar en consideración que muchas veces la reiterada pregunta por el sentido, la interpretación (hermenéutica) o los objetivos finalistas devoran el contenido mismo de la experiencia como bien exponía la fenomenología de Husserl.
Es posible que en ocasiones sea necesario dejar fluir las cosas como son, sin intentar apropiarnos de forma interesada de su esencia o interpretarlas con ofuscados juicios. Vivir simplemente la experiencia: el clásico griego panta rei (todo fluye).
El sociólogo U.Beck en su obra La sociedad del riesgo mundial. En busca de la seguridad perdida nos ofrece las claves para afrontar la época que vivimos: debemos ser conscientes de que hemos dejado atrás (quizás para siempre) la época industrial de las certidumbres, de las grandes ideologías, del inmovilismo social, de la seguridad del trabajo para toda la vida y saber cambiar con la llegada de la incertidumbre y del riesgo.
Mediante el juicio reflexivo y el poder autoformativo que nos da la experiencia de nuestra propia individualidad podemos liberarnos de la compulsión de la identidad o un rol que nos enconserta afrontando los miedos que a todos nos acontecen en algún momento. Y abrirnos a la diferencia constituyente del riesgo, las oportunidades y la innovación con las que la época actual nos desafía a nosotros: los que afortunadamente estamos vivos para intentar llegar a ser lo que queramos Ser.
Como nos dijo Robert Musil en su magnífica obra El hombre sin atributos debemos vivir hipotéticamente: este lema expresaba el valor y la voluntaria ignorancia en la que cada paso es un riesgo sin experiencia. Lo hermoso y lo único cierto del que mira el mundo por primera vez o de forma nueva es esa excitante sensación de estar predestinado a algo.
¿Cuál es entonces tu hipótesis de futuro?
martes, 16 de agosto de 2011
Globalització i interculturalitat: Lectura recomendada
Además vivimos rodeados, como forma de evasión de esta desagradable realidad, del espectáculo y lo ilusorio. Tenemos pocos momentos para detenernos y pensar. Ahora sin duda, son más que nunca necesarias las Humanidades para retomar una cultura basada en la lectura y la reflexión.
La educación requiere esfuerzo y dedicación pero proporciona a cambio lo más preciado para un ser humano: la construcción de una vida plena de significación con la que poder dar respuesta a todos los retos que se nos planteen.
Uno de los libros que desde la Filosofía y las Humanidades pueden ayudarnos en este camino de comprender el mundo actual si hacemos una parada para reflexionar es: Globalització i interculturalitat: Reptes i escenaris publicado en La Busca edicions. He tenido la satisfacción de participar en él con la inclusión de un artículo sobre como gestionar la globalización con propuestas hacia una gobernancia mundial.
El libro surge de un ciclo de conferencias sobre Pensar la globalización realizadas en el Ateneu Barcelones por el grupo de prestigiosos profesores de filosofía que componen el Liceo Maragall de Filosofía dirigidos por el profesor de Filosofía de la UB Gonçal Mayos.
Globalització i Interculturalitat nos muestra la genealogía de la presente globalización (Gonçal Mayos) y como gestionarla, apuntando a una gobernancia mundial (Alfonso Bárcena). Evalua las consecuencias de la creciente impotencia del Estado (Sergi Mas), de los "sueños imperiales" convertidos en "pesadillas globales" (Joan Lara) y la emergencia de nuevos sujetos políticos como la "multitud" de Toni Negri (Marta Doltra). Investiga los miedos y esperanzas que genera el otro en nuestro mundo global, ya sea impulsando un cosmopolitismo inclusivo (Norbert Bilbeny), denunciando el falso multiculturalismo (Lluís Roca), explicitando la ética que emerge de la globalización informática (Anna Sarsanedas), o bien criticando el riesgo globalizado de una sociedad crecientemente inhóspita (Josep Casol).
El libro encara pues la complejísima situación actual: acontecimientos como el terrorismo y el contraterrorismo globales, el "choque de civilizaciones" internacional pero que también es interno en cada una de las sociedades (como se ve en las actuales revueltas en Londres), la crisis económica que amenaza no sólo las personas sino la soberania de Estados enteros e, incluso, hace sentir a Occidente que es superado por Oriente.
Una recomendación, en forma de libro, que espero sinceramente os sea de ayuda en ese, a veces, esforzado camino de responsabilizarnos de nuestra propia educación para comprender y dar sentido y así posteriormente actuar y opinar con lo más valioso y satisfactorio: la formación del criterio propio
viernes, 12 de agosto de 2011
La cultura empresarial como hacedora de visiones de la vida
Uno de los hechos más relevantes del último siglo es la irrupción del mundo empresarial y de la gestión (management en inglés) en nuestra realidad diaria. La mayoría de nosotros nos desarrollamos en nuestro ámbito profesional dentro de organizaciones y empresas cuyas formas de hacer nos influencian, quizás más de lo que pensamos, en nuestra vida cotidiana.
Las organizaciones al estar conformadas por personas generan su propia cultura e idiosincracia como forma de dar coherencia, identificar, unir esfuerzos y dar sentido a la actividad que realizan.
Esta cultura normalmente no se genera espontáneamente sino que hay una clara intencionalidad en la construcción de unos valores y una visión de la realidad que son transmitidos a los miembros de la organización y a los cuales se les pide identificación si quieren desarrollar su actividad profesional en ellas.
Las empresas se han convertido en uno de los principales influenciadores en nuestra sociedad en la visión y sentido que tenemos de nuestra realidad quizás incluso por encima de otras instituciones tradicionales como pueden ser la iglesia o la familia.
Son expertas en crear marcos referenciales (frames en el pensamiento del lingüísta George Lakoff) que delimitan, enmarcan y direccionan nuestra mirada, no sólo como trabajadores sino también como consumidores, hacia lo que ellas consideran como relevante en función de sus intereses empresariales.
Es la creación artificial de un mundo feliz donde solo hace falta seguir sus consejos para alcanzar la plenitud. El reverso de la moneda es claro: la generación de excluidos de aquellos que, o bien no son económicamente capaces de seguirlos o su espíritu crítico, aún no adormecido, se lo impide.
Y una de las formas de apreciar esta influencia es en los lemas que toda compañía que se precie tiene. Son la captura magistral de toda una visión en una simple frase. Hay tres empresas Europeas que son claros ejemplos de visiones de la vida en sus lemas y que quizás expliquen gran parte de la situación económica actual:
- AEG: Empresa alemana. Lema: "Perfekt in form und funktion". La visión racional de la vida tan propia de los países centroeuropeos.
- Electrolux: Empresa Sueca. Lema: "Thinking of you". La visión idealista de la vida propia de sociedades nórdicas donde el bienestar de las personas es central.
- Zanussi: Empresa Italiana. Lema: "La vita è bella". La visión latina estética y hedonista de la vida. El carpe diem, vivir y disfrutar el presente (la deuda ya se pagará de alguna forma...).
¿Cuál es la mejor visión? ¿Quién lo sabe? Seguramente el secreto radique en una sabia combinación de las tres visiones pero que sólo a nosotros personalmente nos es dado llegar a descubrir. Y afortunadamente tenemos toda una vida para ello.
domingo, 7 de agosto de 2011
Actuar desinteresadamente: nuestra integridad moral en tiempos líquidos
Podemos quizás sencillamente resumir en tres preguntas el campo de actuación de la filosofía en lo que respecta a su estudio del qué es el hombre:
1) ¿Qué puedo saber?
2) ¿Qué debo hacer?
3) ¿Qué debo esperar?
Estas preguntas que el filósofo Immanuel Kant se hace y a partir de las cuales desarrolla su profunda propuesta filosófica, son sin duda cuestiones que alguna vez nos hemos hecho todos en nuestro devenir existencial. Y es que en nuestros cada vez más correosos y líquidos tiempos modernos, la pregunta que gana más actualidad sea probablemente qué debemos hacer en un mundo que parece que se desmorona ante nosotros por instantes.
Y sabemos como postmodernos desencantados y, algunos indignados que también son, que no existen respuestas únicas ni categóricas. Se impone actualmente con más fuerza si cabe, una reflexión profunda de qué somos en realidad y qué podemos esperar en consecuencia.
Quizás nos sería de ayuda volver a reescribir el imperativo clásico de que en el fondo lo que debemos hacer en nuestra vivir cadencioso diario es desarrollar nuestra humana conditio (llegar a ser lo que eres): sin estridencias, sin exhibicionismos ni imposturas, sin ambiciones inalcanzables o perversas ni imposiciones a terceros.
Y nos queda también afortunadamente la opción personal de volver, como nuestros sabios antepasados clásicos, a la olvidada por nuestra velocidad diaria: contemplación estética de la vida. No como una distracción o evasión pueril de nuestra desconcertante realidad, sino como una voluntad clara de apreciar las cosas desinteresadamente, como las sentimos y apreciamos, sin objetivos finalistas, sin instrumentalizar nuestras relaciones y sin condicionantes externos.
Y a partir de aquí desarrollar nuestro propio y reflexionado imperativo ético de actuar conforme a este desinterés que nos ofrece la contemplación estética de la vida cuando somos capaces de detenernos a apreciarla en su justa medida.
Wittgenstein ya nos decía que ética y estética son lo mismo. El filósofo barcelonés Eugenio Trias nos expone también que el arte muestra la verdad subyacente a la realidad a través de la revelación de conductas (buenas / malas). Muestra el ethos del habitante del límite.
Esa mostración supone cierta epojé, distanciamiento, desinterés (kantiano) que sin duda necesitamos actualmente para construir nuestra personal integridad moral desde la consciente actuación desinteresada para poder dar una respuesta clara a tan interesados creadores de caos en nuestro acontecer diario.
1) ¿Qué puedo saber?
2) ¿Qué debo hacer?
3) ¿Qué debo esperar?
Estas preguntas que el filósofo Immanuel Kant se hace y a partir de las cuales desarrolla su profunda propuesta filosófica, son sin duda cuestiones que alguna vez nos hemos hecho todos en nuestro devenir existencial. Y es que en nuestros cada vez más correosos y líquidos tiempos modernos, la pregunta que gana más actualidad sea probablemente qué debemos hacer en un mundo que parece que se desmorona ante nosotros por instantes.
Y sabemos como postmodernos desencantados y, algunos indignados que también son, que no existen respuestas únicas ni categóricas. Se impone actualmente con más fuerza si cabe, una reflexión profunda de qué somos en realidad y qué podemos esperar en consecuencia.
Quizás nos sería de ayuda volver a reescribir el imperativo clásico de que en el fondo lo que debemos hacer en nuestra vivir cadencioso diario es desarrollar nuestra humana conditio (llegar a ser lo que eres): sin estridencias, sin exhibicionismos ni imposturas, sin ambiciones inalcanzables o perversas ni imposiciones a terceros.
Y nos queda también afortunadamente la opción personal de volver, como nuestros sabios antepasados clásicos, a la olvidada por nuestra velocidad diaria: contemplación estética de la vida. No como una distracción o evasión pueril de nuestra desconcertante realidad, sino como una voluntad clara de apreciar las cosas desinteresadamente, como las sentimos y apreciamos, sin objetivos finalistas, sin instrumentalizar nuestras relaciones y sin condicionantes externos.
Y a partir de aquí desarrollar nuestro propio y reflexionado imperativo ético de actuar conforme a este desinterés que nos ofrece la contemplación estética de la vida cuando somos capaces de detenernos a apreciarla en su justa medida.
Wittgenstein ya nos decía que ética y estética son lo mismo. El filósofo barcelonés Eugenio Trias nos expone también que el arte muestra la verdad subyacente a la realidad a través de la revelación de conductas (buenas / malas). Muestra el ethos del habitante del límite.
Esa mostración supone cierta epojé, distanciamiento, desinterés (kantiano) que sin duda necesitamos actualmente para construir nuestra personal integridad moral desde la consciente actuación desinteresada para poder dar una respuesta clara a tan interesados creadores de caos en nuestro acontecer diario.
domingo, 24 de julio de 2011
La invención de lo humano: reviviendo nuestros valores con Shakespeare
"El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos". Shakespeare
Damos por sentado normalmente que mucho de lo que nos conforma y nos guía como seres humanos esta consolidado y no sufre ningún peligro. Valores e ideales como la verdad, bondad, libertad o igualdad nos parecen cuestiones de cuya existencia, solidez y continuidad no cabe dudar. Pero en el fondo, como en todo lo humano, la más absoluta de las fragilidades nos rodea y es parte consustancial a nosotros.
Vivimos tiempos difíciles, como tantos otros como nosotros antes los han vivido, y quizás nuestra responsabilidad, no sólo con nosotros mismos sino con las próximas generaciones, sea revivir en nuestra contemporaneidad esos valores e ideales como parte de algo tan vital como es la construcción y mantenimiento del sentido en nuestras acciones. La fuerza interna que de esta revisitación obtendremos se hará difícil de diluir a pesar de las grandes tempestades cotidianas que nos toque vivir.
Y en esta nueva y titánica tarea no estamos solos sino que tenemos una gran aliada: las Humanidades. Obras y creaciones artísticas de personas, que como nosotros, han tenido que enfrentarse a dilemas y vivir situaciones críticas y desde su voluntad expresiva inquebrantable, nos han legado sus creaciones y personajes a modo de invitación para redescubrir los valores y el sentido que ellos le dieron a su existencia dentro de sus azarosas circunstancias.
Uno de esos gigantes que nos ofrecen las Humanidades en este camino vital es sin duda el inglés Shakespeare. En su obra, como nos dice Harold Bloom, se inventa nada menos que lo humano: en Shakespeare, los personajes se desarrollan más que se despliegan, y se desarrollan porque se conciben de nuevo a sí mismos. A veces esto sucede porque se escuchan hablar, a sí mismos o mutuamente. Espiarse a sí mismos hablando es su camino real hacia la individuación, y ningún otro escritor, antes o después de Shakespeare, lo ha logrado tan bien.
Trazó con su pluma los contornos inmortales de numerosos personajes, capaces de las mejores obras, de las peores y también de las más contradictorias. Suyos son los retratos de grandes reyes atormentados y de brujas, generales, duendes traviesos, dulces enamorados o villanos sin remordimiento: Hamlet y la duda, Otelo y los celos, Tito y la ira, Shylock y la avaricia, Bruto y la honradez del ciudadano son sólo esquemáticas muestras de la grandeza y variedad no sólo artística, sino humana de su obra.
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