jueves, 29 de marzo de 2012

Lectura recomendada: De Dios y del ateísmo


Hay preguntas a las que sólo podemos contestar personalmente. Hay también grandes cuestiones que nos acompañan durante toda una vida. Una de ellas sin duda es nuestra concepción del hecho religioso: una comprensión que puede venir desde el sentimiento hasta la razón. Quizás para muchos la vía más segura es el pausado reflexionar desde nuestra limitada racionalidad sobre una cuestión, Dios, que casi por definición escapa a la aprehensión en nuestro mundo. Pero ello no es óbice para que mediante el esfuerzo personal y el cuidadoso estudio histórico intentemos dar alguna luz, aunque sea a  breves fogonazos, sobre una de las principales cuestiones de nuestro existir.

El libro De Dios y del ateísmo del economista Pere Costa es uno de los grandes ejemplos de como desde fuera de un mundo académico, muchas veces encorsetado, la esforzada reflexión personal sobre Dios desde la razón, como uno de nuestros elementos esenciales como Seres Humanos, hagan que paradigmáticamente la importancia este en el proceso personal  y no en las respuestas que muchas veces sobre la cuestión religiosa no se encuentran en el sendero de la razón sino más bien en el del sentimiento.

Un libro que recoge ordenadamente  las perspectivas históricas, antropológicas, filosóficas sobre Dios y el hecho religioso y que cede también la palabra a la Ciencia como actor fundamental en nuestra modernidad. Una obra que nos acercará al  hecho religioso pero que, como dice el autor, no pretende un esclarecimiento definitivo sobre la cuestión ya que "al creyente ninguna explicación le es necesaria, y al no creyente, ninguna explicación le es suficiente".

La misma palabra religión viene del verbo latino religare: re (de nuevo) ligare (ligar o amarrar). Religión significaría pues ligar de nuevo: un ser humano que nace con la mitad de la frase y que busca la otra mitad en el arte, la literatura el pensamiento y la religión. Una reflexión personal sobre Dios y la religión ineludible para nosotros como  humanos y  que con el libro de Pere Costa podemos abrirnos camino ya que como decía Wittgenstein: " Hay… lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo”,es decir, existe lo místico, y que esto místico se muestra de algún modo, aunque no en el lenguaje usual". En el fondo, nos rodea el misterio...


viernes, 23 de marzo de 2012

Viviendo cerca de los por qué: el perspectivismo de Ortega y Gasset


Podemos adoptar diferentes actitudes ante la vida: desde verla como una cuestión meramente de supervivencia operativa privilegiando en nuestras elecciones el cómo, hasta intentar comprender el por qué de lo que hay detrás de esa inmediatez en la que en muchas ocasiones no nos queda más remedio que vivir. Lo que es común a estas actitudes es que van a depender sin duda de la visión personal que tengamos del mundo y nuestro acontecer personal, es decir, de nuestra perspectiva de las cosas.


Desde la filosofía es el pensador español Ortega y Gasset quien mejor desarrolla las lineas maestras que afirman que las distintas concepciones del mundo dependen del punto de vista circunstancial de los individuos mediante el denominado perspectivismo: para Ortega la realidad era suma de la existencia humana individual y su circunstancia, considerada como el ámbito de los problemas a los que tenemos que enfrentarnos como sujetos. Así por ejemplo para nuestra concepción la esencia de la Tierra no está en su definición astronómica o geológica sino en las dificultades y facilidades que nos ofrece: lo que nos sostiene, lo que a veces tiembla, lo que nos separa de nuestros seres queridos.

De esta filosofía Ortega proclama un principio dinámico: "la vida no tiene un ser fijo y dado de una vez para siempre, sino que está pasando y aconteciendo". El ser principal de un hombre, un pueblo o una época es su sistema de creencias. Ortega ponía la plenitud de la vida y la cultura en el cambio de valores y la recuperación de la vida espontánea como valor mediante el vitalismo. Cualquier circunstancia objetiva puede matizarse y superarse con nuevos conceptos circunstanciales desde nuestro Yo-Circunstancia en su devenir vital.

Y es en la educación con el fomento dinámico del crecimiento interior a partir de nuestra perspectiva y experiencia personal donde podemos extraer ese vitalismo que forma parte esencial de lo que nos conforma como seres humanos. El desarrollo personal solo se produce a partir de nuestra experiencia plena y directa de la realidad por más difícil que ésta pueda llegar a ser, como ocurre en la época actual. De aquí debe surgir una fuerte voluntad de querer estar bien fomentada por nuestra capacidad de interrogación.

Vivir diariamente cerca de los por qué será sin duda  la mejor garantía de que cualquier circunstancia vital nos ayudará a ampliar esa perspectiva personal que los tiempos actuales necesitan de cada uno de nosotros para poder avanzar.

jueves, 15 de marzo de 2012

La vida como respuesta: la sensación de fluidez


Muchas veces no podemos escapar a días y situaciones que nos resultan tediosas o anodinas. Ya nos decía Pascal que "todas la desdichas del hombre derivan del hecho de que no es capaz de estar sentado tranquilamente, solo, en una habitación". Nos dejamos llevar por inercias que van de la búsqueda a toda costa del éxito en lo laboral a problemas de relación con los demás por una excesiva autoexigencia de perfección personal, para acabar en aburridas rutinas que intentamos esconder bajo una hiperactividad descontrolada.

Se hace difícil pararse a reflexionar porque esta falta de actividad es vista como una pérdida de excelencia personal. Nuestras empresas buscan más perfiles de utilidad dirigida, repetitiva  y de usar y tirar a personas y directivos que entiendan la vital importancia de tomarse su tiempo para estructurarse y dirigir su mirada hacia una trayectoria personal y profesional consciente y responsable no sólo con uno mismo, sino también con los que te rodean.

Quizás sea importante respetar el proceso de las cosas: hay que invertir tiempo en aprender, interiorizar las reglas de juego, afinar los detalles y redescubrir la tenacidad natural que todos tenemos. Tampoco hemos de dejar a otros la posibilidad de inmovilizarnos: el miedo puede llevarnos a esperar que todo vaya  a seguir siendo igual.

Sentir la sensación de fluidez que esta en la esencia de la vida nos ayudará sin duda. Heráclito ya nos decía sabiamente que todo fluye (panta rei). La clave está en el cambio como constante: ninguna situación es inmutable para siempre.

Esta nueva visión puede conseguirse ejercitando conscientemente:
  • La fluidez mental: dejando que surjan ideas inesperadas.
  • La fluidez emocional: dejando que el miedo, el odio o la ira simplemente pasen.
  • La fluidez social: aportando motivación y creatividad
  • La fluidez cultural: formándote en todo aquello que suponga entender mejor lo que te rodea.

Se trata simplemente de intentar no sucumbir a modelos sociales que se convierten en modelos mentales. Apostar por uno mismo, mediante la reinvención en la fluidez constante, evitará el inmovilismo que causa el miedo a un futuro a todas luces incierto para todos. Como decía Montaigne: hay que dejar que la vida sea su propia respuesta.

sábado, 3 de marzo de 2012

Maestros en la vida: tomando decisiones con los clásicos


Hay momentos cruciales en nuestra vida en que se hace necesario aventurarnos y tomar caminos que no sabemos donde pueden llevarnos. Hay también significados cuya alcance no acabamos de entender hasta que los ponemos en práctica. Se trata en el fondo de un proceso inverso a la reflexión donde pasamos de ver la realidad a través de las ideas a ver las ideas a través de la realidad. Un proceso sin duda necesario para evitar prejuicios o sesgos cognitivos en el proceso de la información.


Conocer es actuar: la incertidumbre, la discrepancia y la inconsistencia constituyen a veces la moneda de cambio de cualquier toma de decisiones o disciplina de conocimiento. Eso no debe paralizarnos sino que al contrario, forma parte irrenunciable del proceso. Hay que tener también en cuenta los efectos y que no hay discurso o actuación ideológicamente neutro: habrán siempre implicadas personas que no deberíamos considerar como meros objetos sino como sujetos. No se puede pretender adecuar la realidad a nuestro pensamiento.


Y dónde buscar el coraje para actuar correctamente es uno de los principales retos que tiene cualquier persona o directivo. En el mundo moderno a este coraje lo llaman competencias que tienen los directivos excelentes: pensamiento analítico, integridad, autocontrol, inteligencia emocional...  Pero ya  nuestros clásicos se habían preocupado de como hacer viable la propia existencia allí donde nada es dado y todo debe ser construido.


Para muchos pensadores antiguos la verdadera libertad estaba basada en la virtud: así para Platón en su mito del auriga o del carro alado considera que el hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro (placer) y acompasarlo con el blanco (deber) para correr sin perder el equilibrio. Y para ello la utilización de su alma racional y las virtudes como la prudencia, la fortaleza, la justicia y la templanza son la guía esencial en esa carrera en que a veces se convierte nuestro devenir vital.


Pero la aportación más interesante en el concepto de virtud la realiza Maquiavelo que la considera una energía interna y activa del hombre, la cual podía vencer a la suerte (fortuna). La virtud no es ya una cualidad interna o inherente al gobernante, sino que ésta depende también de la acciones exteriores, de los acontecimientos y el devenir de la historia. La virtud es también la capacidad de gobernar, proporcionar estabilidad y orden.

Quizás en la sabia y equilibrada combinación de esa energía interna reflexiva con nuestras acciones exteriores radique la verdadera esencia de lo que significa tener competencias para realizar una función. Y tomar decisiones revisitando nuestros clásicos puede ser una apuesta segura. Ya nos decía Aristóteles: los discursos generan menos confianza que las acciones

martes, 21 de febrero de 2012

El personalismo: el ser humano en construcción


Intuimos por nuestra experiencia que la construcción de la vida está mucho más en manos de los hechos que en la de las convicciones. Vivimos en unas organizaciones empapeladas de visiones y principios éticos de actuación cuya función muchas veces no deja de ser la de meramente decorativa. Y en ellas las personas que dedican gran parte de su vitalidad al desarrollo de los objetivos de estas organizaciones son tratadas como meros recursos prescindibles (eso sí, eufemísticamente denominados humanos) . Como decía la filósofa española María Zambrano: "Nada hay que degrade y humille más al ser humano que el ser movido desde fuera de sí mismo".

Dicen sabiamente que dirigir es educar: los directivos con responsabilidades de dirección de personas quizás deberían reflexionar sobre lo que significa en esencia su función. Su capacidad de juzgar debería basarse en la cohesión de sus principios y ser conscientes que ellos son responsables de los juicios y actuaciones que realicen sobre sus colaboradores para así actuar con criterio, elevando la inteligencia que se les supone a categoría moral.

La concepción que tengan del Ser Humano será sin duda determinante a la hora de comportarse con sus iguales. A veces viven subyugados por un prisma conceptual que confirme sus actuaciones dudosas eligiendo selectivamente de la realidad aquellos hechos o cifras que casan con sus propósitos sin dar una coherencia global de lo que significa vivir en comunidad.

La corriente filosófica denominada Personalismo representada por Mounier considera al Ser Humano como persona que no es una cosa o sustancia en contra del pensamiento griego y el de Descartes. La persona no es un dato o un fenómeno, sino un proceso (el de personalización) que nos hace madurar moralmente. La persona humana es una actividad espiritual (no psicosomática) que proporciona lo mejor a todos desde la propia singularidad y su acciones (opus operans). Cada persona sin excepción es intencionalidad, compromiso histórico, abertura a los otros, búsqueda trascendente y comunicación.

Como directivos lo que hacemos en el fondo es dirigir personas y en el proceso de consecución de unos objetivos educamos y nos educan para comprometernos por la libertad y desarrollo de todos. Aquí radica la verdadera madurez moral. Alinear esta coherencia interna de concepción del Ser Humano como Persona con mayúsculas con los objetivos que a veces tan trivialmente se promueven en cúpulas empresariales impersonales, es en esencia lo que significa realmente dirigir responsablemente.

En este camino no hay atajos. Nuestra libertad a veces es reducida pero siempre subsiste la capacidad de elegir no hacer sufrir a ninguna Persona. Con este compromiso nos adueñaremos de nuestra propia experiencia porque nuestro negocio nos el de las cosas ni los números sino el de la gente, sirviéndoles.

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jueves, 9 de febrero de 2012

El miedo como moral: la ética de la libertad


Muchas veces insistimos en lo que funciona hasta que lo estresamos y entonces lo dejamos de lado. Queda entonces una sensación de vacío ante el reto que supone encontrar nuevas formas de afrontar los retos que se nos plantean. Pero en el fondo no tomamos en consideración lo que dejamos en el camino que frecuentemente tiene que ver con recursos y personas cuya contribución no consideramos necesaria para el futuro que creemos que viene. La cuestión ética personal y moral comunitaria en nuestras actuaciones diarias surge entonces como base ineludible de lo que consideramos el tratar de vivir con honestidad.

Si tomamos en sentido estricto el evolucionismo biológico quizás podemos concluir que no venimos a este mundo a ser mejores cada día. Tampoco traemos un mandato de ser hostiles y peores cada día. Intuimos que venimos simplemente a sobrevivir: para ello, a veces es mejor ser peor y viceversa. Parece que la cualidad dominante de los genes es su egoísmo despiadado pero sabemos también, por experiencia de unos millones de años, que nuestra especie ha definido un código de conducta más bien justo, amable y cooperativo entre los individuos. Altruismo y egoísmo cooperan e interactúan en el éxito evolutivo.

Y ¿hasta que punto somos moralistas como forma de dominación de los demás? Nos convertimos a veces en policías morales si los hechos no se adecuan a nuestras expectativas. Realizamos con  tremenda facilidad teorías y valoraciones normativas (lo que debe ser) en todas nuestras actuaciones cotidianas desde un perspectivismo que adolece de cualquier mínimo de voluntad objetiva de tomar en consideración la personalidad  y circunstancias del otro.

No creer en ideales morales absolutos o revelados divinamente no significa que se puede rechazar la ética porque es relativa. Principios insultantemente simples como "haz lo que aumente la felicidad y disminuya el sufrimiento" tienen una aplicabilidad universal. Reflexionando quizás haya que aceptar que mis propios intereses no pueden simplemente porque sean míos o de mi corporación contar más que los demás. En algún momento de nuestro razonamiento moral debo elegir el modo de actuar que tenga las mejores consecuencias para todos los afectados. Y esto es especialmente relevante para aquellos que tienen la responsabilidad de dirigir personas.

El discurso que libre y fundamentadamente adoptemos a partir de los hechos creará nuestra identidad y la forma en que los demás se relacionen con nosotros. Combinar sabiamente la libertad de los antiguos (las virtudes cívicas como la justicia, tolerancia y el altruismo) con la de la modernidad (la libertad personal) es una titánica tarea a la que todos estamos llamados en nuestra vida diaria. Entornos de crisis que derivan con frecuencia en actuaciones de mera supervivencia no son en el fondo capaces de esconder la radical pregunta que se nos plantea como Seres Humanos: si no tuvieras miedo ¿qué harías?

miércoles, 1 de febrero de 2012

Ocuparse del presente como utopía


Algunos tiempos traen un tipo de mirada diferente que desde la incertidumbre de intentar asomarse a un horizonte final, pueden llevar a cierta tristeza interiorizada en forma de desasosiego por lo que pueda venir. Vemos el futuro asociado a especuladores que han puesto en peligro algo tan preciado como el presente que habitamos.


Un sistema económico y social basado en la incertidumbre como el que describe el sociólogo Zygmunt Bauman provoca que en el mundo laboral "tu último logro (no el penúltimo) es la medida de tu mérito". Se mantiene a los trabajadores en un movimiento constante en búsqueda febril de evidencias nuevas que les indiquen la prolongación de su permanencia.

Y a pesar de eso, lo importante en el fondo es ser capaces de jugar, intentando generar las condiciones operativas en nuestro entorno que mantengan nuestra condición como personas con conciencia que somos. Puede tratarse simplemente de tener la voluntad de ocuparse del presente con las cosas del presente huyendo de visiones ideológicas utópicas futuras que muchas veces sólo esconden un deseo dominante moralizador.

Pensar en buscar líneas de fugas no significa huir de la realidad de la vida evadiéndonos en un presentismo sin perspectiva, sino más bien al contrario, como decía Deleuze:  huir es producir la realidad, crear vida a través de repensar el presente desde el mismo presente, sin exigencias orgullosas de excelencia apropiativa asociadas a un progreso altamente ideologizado (de carrera profesional, posición social...) como el que se desarrolla en nuestro ámbito laboral. Buscar la sostenibilidad, no sólo material sino también mental de nosotros mismos y los que nos rodean, es quizás el acto más utópico que podemos llevar a cabo.

Y la forma en cómo sintamos el tiempo puede ayudarnos en esta búsqueda de habitar el presente con lucidez: así para la modernidad  y la tradición Occidental el tiempo es lineal con un propósito de progreso material y perfeccionamiento personal. Bajo esta visión, la idea de luchar por un futuro mejor subyace como leivmotiv de muchas actuaciones vitales. En cambio para nuestros clásicos griegos el proceso histórico es una reiteración cíclica que tiene sentido no en el mundo del futuro, sino en el del Ser.

Tener las perspectiva de sentir el tiempo como algo interno e intransferible a nuestra persona cuyo uso sólo nosotros podemos valorar, sin buscar proyecciones externas futuras, muchas veces impuestas, de lo que debemos ser puede darnos esa sabiduría de convivir sin ansiedades en un presente continuo.

Ya en la mirada ilustrada y triste de Jovellanos, vemos la mirada de la razón desencantada de lo irracional del mundo, la soberbia del entendimiento derrotada por la solidez y la opacidad de las cosas y no por ello en sus pensamientos consideró imprescindible el repensar y ocuparse del presente como forma de vertebrar un sueño utópico verosímil.

domingo, 22 de enero de 2012

La Belleza convulsa: el Psicoanálisis y la Subjetividad Surrealista



La necesidad de liberarnos de los límites que nos rodean hace que muchas veces los necesitemos transgredir. La problemática relación que siempre ha existido entre las palabras y las cosas hace que todo pueda depender en última instancia de nuestra valoración personal. Nuestra subjetividad surge al final  en muchos casos como criterio no solo de toma de decisiones, sino como enfermedad y cura de nuestros padecimientos. Y eso a pesar de que ha sido duramente combatida por corrientes empirístas y positivistas del pensamiento y la Ciencia.

Lo que nos conforma y queda como un poso en cada uno de nosotros es nuestra propia experiencia de la realidad. Es algo en el fondo íntimo e intransferible que observamos en modo de sentimientos, lenguaje o sensaciones físicas. El resto pueden ser interpretaciones ajenas con las que podemos o no coincidir o asimilar.

Hacernos conscientes de esta fenomenología de la vida nos llevará sin duda hacia el sufrimiento, que de forma subjetiva todos vamos a padecer por el mero y afortundado hecho de estar vivos. Y surge entonces el psicoanálisis como corriente de pensamiento en Psicología que intenta dar respuesta metodológica a estas constataciones que todos hacemos como seres humanos.

Para Freud, como creador del psicoanálisis, con la palabra se puede curar la enfermedad mental, en contra del criterio de una base exclusivamente biológica de nuestros estados mentales. Además los síntomas de una perturbación pueden hacer referencia a la acción de algunas ideas sobre nosotros. Freud trata de liberar a la gente de sus padecimientos a través de la práctica psicoanalítica. Algo que ha sido a veces erróneamente despreciado desde ciertas ramas de la Ciencia que considera al Ser Humano algo así como una mera máquina biológica a la que basta medicar con fármacos de diseño para curar, si puede ser, de una forma rentable.

Freud nos aporta en positivo la idea de la subjetividad como algo irrenunciable del Ser Humano. El ser hablante no es dueño absoluto de sus actos ni pensamientos. Permanece una dimensión inconsciente en nuestra práctica cotidiana (lapsus, olvidos...).

Frente a la incertidumbre de saber lo que somos el cientificismo apunta a la extinción de lo subjetivo en nombre de una programación genético o neuronal que dejaría al hombre a merced de su cerebro, único creador de nuestras vidas. Freud piensa al sujeto como responsable de sus dichos y sus actos y su herencia genética no lo exime de las decisiones que toma, no lo hace irresponsable.

Finalmente Freud nos hace conscientes de cierta conductas adictivas en nuestra sociedad con su descubrimiento de la pulsión de muerte como algo que desdice una universal aspiración a la felicidad de todos los Seres Humanos.

Las crisis es la manera que tiene la incertidumbre para avisar de que el modelo vigente ha caducado. Algo que la corriente artística del surrealismo ya advirtió a principios del siglo pasado con el desbordamiento de la mirada y valores burgueses tras la Primera Guerra Mundial. 

De acuerdo con los surrealistas, mirar objetivamente es inventar: la apariencia realista de los objetos no impide evocar la actividad profunda del inconsciente y obligan al sujeto a hacerlo de forma activa con la desvelación a través de objetos y formas corporales de belleza convulsa que desvelan impulsos y miedos del subconsciente, que la cultura reprime y sepulta.


Y del Arte podemos aprender  que si a algo no deberíamos renunciar de forma consciente en nuestra manera de vertebrar la creación de nuestra vida es a nuestros propios miedos y subjetividad. Lo cual nos hará sin duda más humanos y menos dependientes en una sociedad tan mecánica y aparente como la nuestra.

lunes, 16 de enero de 2012

Pensando la Física: en busca de la naturaleza última de la realidad

Hay preguntas que no por difíciles de contestar resultan menos fundamentales. Cuando habitamos nuestro mundo nos surgen a veces cuestiones como: ¿cuál es la naturaleza última de la realidad? o ¿en qué consiste en último término el mundo?. Preguntas que desde que el Ser Humano tiene uso de razón ha intentado contestar desde los diferentes saberes.

La rama del conocimiento que más se esta acercando a responder esas preguntas que intentan aprehender la realidad es sin duda la Física. Y como nos dice el Filósofo de la Ciencia Jordi Pigem, paradójicamente el conocimiento científico que siempre había ido generando más certeza sobre la realidad, con la aparición de la nueva Física Cuántica en el siglo pasado, las antiguas certezas de la Física mecanicista se disuelven entre un océano de probabilidades e identidades intangibles. Algo similar a lo que ocurre con la Economía de nuestros días presa de la incertidumbre y los límites que todas las cosas tienen por naturaleza.

Desde la Grecia Clásica con Demócrito se ha buscado en la naturaleza patrones y elementos fijos e indivisibles que se identificaron con los átomos. Y para Einstein era básico que la Física creyese en un mundo real y objetivo que existiese independientemente de cualquier acto de percepción, sujeto a un orden y que recogía en su famosa frase de "Dios no juega a los dados".

Pero la naturaleza afortunadamente siempre nos reta a intentar superarnos mediante la contradicción: para el Físico Niels Bohr, uno de los padres de la Física Cuántica, no existen particulas materiales aisladas sino que son abstracciones: sus propiedades sólo se pueden definir y observar interactuando con otros sistemas. Las certezas se ven suplantadas por simples probabilidades y el observador puede determinar la forma de cómo se conforme la realidad. Con esto no sólo se esfuma la idea de que hay elementos únicos que componen la realidad, sino que pone en cuestión que exista una realidad objetiva, previa e independiente del observador.

Y es que desde el pensamiento filosófico de Platón y Aristóteles pasando por Descartes, Newton y Kant se habían acercado a la realidad como algo objetivo e independiente al observador. Kant pensaba que detrás de los fenómenos observados había una realidad objetiva (noúmeno) a la cual no podemos acceder. Pero ya Goethe nos advertía que "no hay que buscar nada detrás de los fenómenos: ellos mismos son la teoría".

Los Físicos se preguntan ahora si acaso la idea que el elemento más fundamental de la realidad sea la información:  nuestra mejor descripción de la realidad podría tener que implicar una especie de trinidad: la "realidad física" sólo es discernible debido a la "realidad mental" (o consciencia) construida por nuestro cerebro, y sólo puede describirse si creemos que nuestras ecuaciones y leyes de la física proceden de alguna "realidad matemática" que existe en paralelo a nuestro mundo físico.

En nuestra mente damos cabida a información que puede ser manipulada matemáticamente y que siempre está casada con cosas físicas: la información no puede existir sin algo (ADN, fotón de luz, un papel). La información es Física y estás hipótesis dan lugar a propuestas tan fascinantes como que con la existencia de un ordenador suficientemente potente (cuántico), podríamos estar viviendo plausiblemente en una simulación (al estilo de la película Matrix).

¿Y dónde nos lleva todo esto en nuestra vida diaria? Como también expone Pigem: nos lleva hacía pasar de un mundo de realismo clásico mecanicista e instrumental con la Física de Newton a una realidad postmaterialista y un universo participativo, en el cual no estamos separados del mundo, siendo interdependientes y donde las expectativas del observador condicionan decisivamente lo que observamos.

La Física teórica nos pide a gritos un cambio de perspectiva tan necesario en la situación de crisis actual. En el fondo vivir en el postmaterialismo sabiendo que los recursos son limitados, sentir nuestra interdependencia, desarrollarnos en la incertidumbre y ser conscientes de nuestro poder de decisión como observadores privilegiados que influimos en nuestro acontecer diario, más allá de alejarnos de nuestra esencia, nos acerca sin duda a la realidad última de lo que verdaderamente es el mundo.

viernes, 13 de enero de 2012

La conversación de nuestra vida: el discurso como identidad


Todos intentamos conocer cuales son las verdades del mundo en el que vivimos. Destinamos grandes esfuerzos materiales e intelectuales a intentar aprehender la realidad de las cosas. Buscamos una cierta sensación de seguridad que nos permita seguir mirando hacia adelante con confianza.


También sabemos que somos bastante incapaces de prever el futuro y que las cosas importantes de la vida, a pesar de los avances de nuestro conocimiento científico,  en el fondo no dejan de ser una cuestión de creecias o Fe dada la imposibilidad de su conocimiento de lo que son en esencia  (Dios, la muerte, el sentido...) . Como diría Wittgenstein, están fuera de los límites de nuestro mundo, son trascendentales. Hay pues afortunadamente, un lugar para la mística en nuestra vida dado que estamos rodeados de un misterio ante el cual, quizás, nuestra actitud más coherente debería ser el silencio: de lo que no se puede hablar hay que callar.

Pero esto no significa que no podamos aspirar a una vida más rica y más plena. Debemos creer en la vida y en las posibilidades de progreso (no sólo material) que se nos abren. Si lo elegimos, podemos vivir en un mundo habitable y que nos resulte reconfortante. En esta creencia del libre albedrío (sea cierta o no)  y nuestra capacidad de elegir, es donde radica nuestra  verdadera esencia como seres con conciencia que somos.

En nuestro acontecer vital, en nuestra práctica social y pragmática diaria, es donde sí podemos y debemos hablar alto y claro a través de nuestras elecciones y carácter. Lo que sabemos, y en consecuencia como actuamos, es una cuestión de conversación y práctica social que depende de nosotros y de nuestra relación con los demás. No hay nada en lo más profundo de nosotros que no hayamos puesto ahí nosotros mismos.

Y es que a veces la única forma de avanzar no es haciéndonos más rigurosos sino siendo más imaginativos traspasando límites, en muchas ocasiones, autoimpuestos: sentir el misterio y callar para después con confianza hablar y actuar. La vida es pues una cuestión de Fe: en nosotros mismos y los demás. No hacen falta grandes demostraciones, solamente como decía Foucault, tener la voluntad operativa de transformar la propia vida en una obra de arte, reivindicando el trabajo sobre uno mismo a través de los otros.

Si podemos confiar en los demás, ya no necesitamos confiar en nada más y eso esta sin duda afortunadamente en nuestra mano a través del discurso que conscientemente elijamos de nuestra vida.