jueves, 24 de abril de 2014

El respeto: la dignidad en un mundo desigual


La sociedad moderna reivindica la justa recompensa a la capacidad del talento como rebelión contra el privilegio determinado por la posición heredada característica de sociedades menos avanzadas. Subyace la idea ilustrada de que se mejora el bienestar de los hombres concentrándose en la capacidad potencial y no en la necesidad. En todas las prácticas de la vida cotidiana, la meritocracia representa una amenaza a la solidaridad, amenaza que sienten tanto los ganadores como los perdedores. La movilidad social trae consigo también por tanto costos sociales.

Como explica el sociólogo Richard Sennett, la desigualdad es un hecho elemental de la experiencia humana al que la gente trata constantemente de darle un sentido. La cuestión esencial es que hace una sociedad ante la existencia de la desigualdad: cómo impedir que la gente se desaliente o abrigue resentimiento ante la desigualdad de talento en la problemática de la comparación denigrante y la falta de respeto hacia el otro.

El respeto mutuo es algo en el fondo difícil de alcanzar por varias razones:

  • en primer lugar por la desigualdad de talento: incluso en un mundo perfecto, las capacidades humanas nunca serán iguales;
  • la dependencia en los adultos: el dependiente se enfrenta al desafío de ganar a un tiempo el respeto de los otros y el respeto a si mismo;
  • las formas degradantes de la compasión: ya sea la impersonal burocracia o el voluntarismo intrusivo.
A modo clarificador Rousseau en su Discurso sobre el origen de la desigualdad ya distinguía entre el:
  • Amour de soi: la confianza en uno mismo. El sentimiento natural que lleva a todo animal a preocuparse por su conservación. La aceptación elegante de uno mismo.
  • Amour prope: el deseo de ser superior a los otros y también por ellos estimado. El doble juego del talento y la envidia.
Y son la sociedad y la desigualdad quienes modelan el carácter y de este modo se gana el respeto de tres maneras:
  1. La primera manera es la que tiene lugar a través del propio desarrollo, en particular a través del desarrollo de capacidades y de habilidades
  2. La segunda manera reside en el cuidado de uno mismo que puede significar no convertirse en una carga para otros, dado el odio de la sociedad moderna al parasitismo.
  3. La tercer manera de ganar respeto es retribuir a los otros. La autosuficiencia no tiene en última instancia grandes consecuencias para los demás sino se lleva a cabo el principio social que ayuda y retribuye desde su carácter a la comunidad.
La autoestima debe pues estar equilibrada con los sentimientos hacia los demás y como el respeto  mutuo debe forjar vínculos por encima de la brecha de la desigualdad. Para protegerse de los males de la comparación denigrante hay que desarrollar la experiencia de la habilidad que Sennett llama artesanía: el oficio no elimina la comparación denigrante con el trabajo ajeno; pero vuelve a centrar las energías de una persona en la realización de un acto bueno en sí mismo, por sí mismo. El artesano puede sostener el respeto por sí mismo en un mundo desigual.  

El oficio de vivir nos alienta a convertirnos en artesanos de nosotros mismos y hacer la cosas por el mero hecho de hacerlas bien. Asimismo y simplemente compartiendo y retribuyendo con nuestro talento a los demás, generaremos la dignidad y el respeto que todo ser humano merece en un mundo que por desigual, no podemos dejar de intentar darle un sentido compartido diferente.


lunes, 7 de abril de 2014

La moral en suspenso: de la ideología glacial al perfeccionamiento


Con la crisis actual hemos experimentado que el capitalismo es un arma de doble filo: por un lado, ha permitido inmensas mejoras en las condiciones materiales. Por otro lado, ha exaltado algunas de las más perversas características humanas, como la codicia y la envidia. Así por ejemplo el maestro de economistas Keynes era profundamente ambivalente en lo que se refiere a la civilización capitalista. Se trataba de una civilización que daba rienda suelta a las malas intenciones a fin de lograr buenos resultados. Era necesario poner la moral en suspenso para lograr la abundancia, porque la abundancia haría posible una buena vida para todos.

Como explica el economista Robert Skidelsky sobre el maestro Keynes, éste escribía que : "la avaricia, la usura, y la precaución deben ser nuestros dioses durante un poco más de tiempo, porque son las únicas que nos pueden sacar del túnel de la necesidad económica y guiarnos a la luz". Keynes comprendía que, en un cierto nivel de conciencia, la civilización capitalista había asumido la autorización de motivos antes condenados como "malos" a cambio de una recompensa futura. Lo que no llego a predecir Keynes es que la insaciabilidad económica  expresada en el consumo desaforado como forma de existencia, se ha manifestado como la marca principal del capitalismo actual, convirtiéndose en los cimientos psicológicos de todo una civilización en una aberrante acumulación de riqueza y consumo que cada vez menos pueden disfrutar, tras lo que parece una imparable desaparición de las clases medias en los países avanzados.

¿Cuál es la utilidad de la riqueza, cuánto dinero necesitamos para llevar una buena vida? ¿Debemos además dejar nuestra moral en suspenso para ir acumulando dinero o consumiendo? Estas preguntas pueden parecer difíciles de responder pero no son triviales. Como indica Skidelsky, ganar dinero no puede ser una finalidad en sí misma (a menos que se sufra de algún trastorno mental grave). Decir que mi propósito en la vida es ganar más dinero es como decir que mi objetivo al comer es ponerme cada vez más gordo. Ganar dinero no puede ser la ocupación permanente de la humanidad, por el simple motivo de que el dinero no sirve para nada más que para gastarlo, y no podemos gastar sin límite. Llegamos así a la preguntas esenciales: ¿Cuánto es suficiente para una buena vida?.¿Qué cambios en nuestro sistema moral y económico serían necesarios para alcanzarla?. 

Para contestar estas preguntas es necesario una perspectiva macro multidisciplinar combinando la filosofía y la economía: así los filósofos construyen sistemas de justicia perfecta, haciendo caso omiso de la confusión que domina la realidad empírica y por otro lado los economistas se preguntan cuál es la mejor forma de satisfacer los deseos individuales, sea lo que sea eso. Quizás para iluminarnos debamos volver a lo que pensaban los primeros economistas que surgieron en el siglo XVIII de la Filosofía moral y, por tanto combinaban ambas disciplinas, como el padre de la economía Adam Smith: que no concebía el progreso económico como un crecimiento y acumulación sin límite, sino que el progreso estaba en el crecimiento que permitiesen las instituciones, los hábitos y las políticas de un pueblo. De hecho, ni él ni sus contemporáneos hablaron nunca de crecimiento, sino de "perfeccionamiento", un término que no solo abarcaba las condiciones materiales, sino también morales.

Un perfeccionamiento del que nuestro sistema económico actual reniega, ya que sumergidos en una ética del encubrimiento, y escondiéndonos tras cuestiones estructurales de desigualdad generada por nuestro sistema económico, hemos adoptado una ideología glacial en la que esta permitido hacer reestructuraciones, despedir gente o generar exclusión, en aras de una eficiencia que por el mero hecho de nombrarla ya consideramos inconscientemente como algo deseable (si algo es eficiente: ¿es necesariamente siempre deseable?), y sin pensar bien si ese supuesto tótem de la eficiencia, por el que casi mataríamos cada día, nos ayuda siempre a llevar una mejor vida a nivel personal y social.

Poner nuestra moral en suspenso mientras vamos acumulando dinero, puestos, status, objetos o experiencias no nos ayudará seguramente a  llegar a ese ideal clásico de perfeccionamiento personal o social, cuando por el camino se genera sufrimiento, exclusión o desigualdad. Debemos volver a reflexionar sobre temas como los usos de la riqueza o la naturaleza de la felicidad para llegar a pensar cuanto es suficiente para nosotros. En el fondo el leivmotiv de nuestra época no es tan novedoso, como ya nos decía Epicuro: "nada es suficiente para quien lo suficiente es poco".





domingo, 30 de marzo de 2014

La ciudadanía como emancipación


Nos hemos acostumbrado a vivir en democracia: para muchos de nosotros el entorno que recordamos es el de una sociedad que puede elegir a sus representantes votando y el saber que por ser ciudadanos tenemos unos derechos que deben respetarse. La cuestión es que esta noción de ciudadanía que pretende universalizar una idea de hombre y una serie de derechos humanos inclusivos, parece que últimamente  se está convirtiendo en un motivo de exclusión de los que consideramos como otros o no ciudadanos; ya sea a través de vallas, muros fronterizos o decretos de expulsión de parados y de derechos de ciudadanía en algunos países europeos.

El concepto de democracia debería aún tener, como expone el filósofo francés Jacques Rancière, un significado revolucionario claro y preciso que remite a la acción de y por los excluidos, a la lucha por los "sin parte"; en la lógica que la igualdad entre seres humanos sea la base de la conformación de una comunidad política. El reconocimiento de la Humanidad, de que lo que esencial es que somos seres humanos iguales y detentores de una dignidad inalienable, debería ser la idea de hombre que guíe una definición de ciudadanía inclusiva donde la soberanía este aún en el pueblo que la detenta y sus representantes cumpliesen el mandato de quienes los han elegido.

El pasar del concepto de Ser Humano al de Ciudadano con derechos lleva implícito al mismo tiempo la idea de exclusión: la de los que no forman parte de nuestro Estado o comunidad, la de los que intentan saltar vallas o muros para tener una mejor vida o por estar sin trabajo durante meses pueden ser expulsados de un país europeo. A veces desde la distancia esto nos resulta molesto pero no es sino un signo de la violencia implícita en la que a veces se sustentan los ideales de nuestra sociedad. Sino contemplamos al hombre particular, sus necesidades o dignidad y nos dejamos llevar por ideas de hombre y ciudadanos ideales nos alejaremos cada vez más de lo que una sociedad democrática debe representar.

Esto adquiere aún más relevancia si añadimos el hecho que hemos dado aún otro salto al vacío: dejando seguramente ya de ser ciudadanos, para pasar a ser meros clientes arrastrados por un sistema económico que predomina como forma de organización social. Asimilamos, sin pensarlo mucho, democracia a sociedad de consumo: en la cual se esta ejerciendo por parte de los diferentes poderes económicos una dominación simbólica que modifica los deseos de los individuos para buscar un status y adquirir lo que desde el punto de vista económico interese. Parece que ahora la carta de ciudadanía la da únicamente el ser capaz de consumir, de participar en el espectáculo consumista que nuestra sociedad ha pasado a ser.

Nuestro sistema económico se ha convertido en estructuralmente violento, excluyendo de una ciudadanía digna a los que no son capaces de conseguir un trabajo o consumir. Además hace que proyectemos ese malestar o violencia contra nosotros mismos, inaugurando una sociedad terapéutica: donde la medicación y la terapia personal debe resolver unos males que lejos de ser estructurales parecen que solo nos pertenecen a nosotros como individuos, no capaces de ser parte activa del engranaje económico y que solo nosotros debemos solucionar.

Lo que nos queda como seres humanos comprometidos con los ideales democráticos es el ejercicio de la emancipación: manifestar por todos los medios posibles la indignidad de quien alza muros o excluye personas de países por el mero hecho de no poder consumir o tener un trabajo. Dar voz al malestar de quien sufre por nuestro sistema económico o no es reconocido como igual de derechos a nosotros.  Y finalmente ser conscientes de que el ser humano concreto: su dignidad e igualdad están por encima de cualquier ideal de sociedad o ciudadanos de éxito que nos quieran imponer. Hagamos pues de nuestra ciudadanía un ejercicio de emancipación inclusiva por los demás.



domingo, 23 de marzo de 2014

El espíritu profesional: la diligencia como libertad.


Confrontar la realidad no suele ser una tarea sencilla: ésta es en muchas ocasiones a primera vista áspera, rugosa y tremendamente azarosa. Encontrarse cómodo en el análisis de la realidad resulta pues difícil ya que lo fácil es dejarse llevar por vías de escape como el sueño, la ficción, lo utópico o por simbolizaciones que normalicen o se apropien de esta realidad a conveniencia de unos pocos. Pero existen algunas corrientes de pensamiento que siguiendo la máxima latina: Amor veritas, amor rei ,amar la verdad es amar la cosa, no solo se sienten a gusto en este análisis directo sino que proponen formas de organización para poder transformarnos a través de la realidad objetiva que nos toque vivir.

El filósofo Antonio Escohotado nos expone en su pensamiento que hay que amar la realidad y su poder transformador y que uno de los grandes avances de la humanidad ha sido el comercio como forma de establecer acuerdos provechosos entre hombres y pueblos, y cambiar así hacia sociedades más prósperas. El comercio es la alternativa a la Fe y a la conquista; el comercio es jurídico y el derecho de conquista en cambio es la violación de cualquier ley de magistrado y ciudadanía.

Escohotado defiende el comercio ante sus enemigos: el mercado es la autonomía de la voluntad, no forzar a comprar y vender y que el precio sea fijado libremente. El odio al comercio y los comerciantes es odio hacia lo que el mercado trae consigo: la incertidumbre, la suerte, y el mérito; el dinamismo transformador que no reproduce sino que crea e intenta mejorar las condiciones de vida.

Ser Occidental para Escohotado significa de alguna manera tener sitio en el corazón para un altar donde lo venerado es la igualdad humana, principal motivo de orgullo para nuestra cultura. Dejar que el otro sea libre es la gran asignatura pendiente de la humanidad. Algunos tratan de limitar ese principio inviolable a un trato no discriminatorio por parte de las leyes y reclaman una igualdad jurídica compatible con las más amplias libertades. Otros, para Escohotado, llevan veinte siglos abogando por abolir compraventas y préstamos para defender a quienes obtuvieron peores cartas, son incapaces de autogobernarse o sencillamente no están dispuestos a tratar la vida como un juego, aunque sus reglas sean claras. Tratan de transformar así lo privado creador en común normalizado, expoliando y  limitando libertades.

Uno de los grandes elementos transformadores de la sociedades y dignos de elogio para Escohotado es el espíritu profesional: es la maestría socialmente conveniente, saber buscarse a sí mismo hasta encontrar algo que sabían hacer mejor que los demás, que era útil para el prójimo y que, por tanto, alguien podía y quería pagar. Esta diligencia en el trabajo es lo que define a los sabios, artesanos, a los profesionales y a los empresarios y de la cual vive ahora el mundo próspero . El triunfo económico de estos es la expresión de haber tenido éxito en un empeño vocacional y esto es lo que da consistencia última a estas iniciativas individuales. El problema de nuevo para Escohotado son los enemigos del comercio en el intento de domesticar colectivizando estas iniciativas y eliminar así  esa pasión individual que es capaz de transformar el mundo.

Hay pues que intentar amar la realidad y su poder transformador por muy rugosa que sea: con ese espíritu profesional de diligencia, pasión y entusiasmo en el esfuerzo abriéndonos a la incertidumbre, la suerte y el mérito que es la base de nuestra libertad. Aprendamos que estas son las reglas del juego de la vida al que todo jugamos: amemos la verdad, amemos la realidad.



miércoles, 12 de marzo de 2014

La buena vida y la felicidad: la autodeterminación como libertad


Cuando nos preguntamos sobre qué significa llevar una buena vida o ser feliz damos por descontado que ambos términos tienen el mismo significado o son equivalentes pero es quizás importante distinguir entre la Felicidad como algo privado y psicológico y los elementos básicos que permiten llevar y construir una buena vida, los cuales deberían proporcionarlos nuestro entorno y el sistema económico, normalmente a través del Estado.

El sociólogo Richard Sennett nos convulsiona al decirnos que el Capitalismo en los últimos veinte años se ha hecho completamente hostil hacia la construcción de la vida. Así, en el antiguo Capitalismo corporativo de mediados de siglo XX podías sufrir injusticias pero construirte una vida. En los últimos veinte años el Capitalismo se ha convertido en algo inhumano destrozando en sus crisis recurrentes miles de proyectos vitales, que quedan difuminados en una precariedad que acaba corroyendo el carácter de los trabajadores ante una falta de perspectiva de carrera profesional o las nuevas formas de temporalidad y flexibilidad salvaje.

Desde una visión que ahora se antoja utópica, la buena vida que debería proporcionar el Estado estaría basada en elementos básicos como:
  • la salud, seguridad física y económica: la renta básica adquiriría aquí un sentido de mínima, seguridad vital ante los golpes que nuestro sistema económico recurrentemente nos va a  ir dando,
  • libertad para actuar con autonomía,
  • lazos afectivos con los demás y ocio.

Con seguridad lo importante actualmente es volver de nuevo hacía lo que verdaderamente vamos a poder controlar: que es nuestra propia Felicidad. Como nos expone sabiamente el filósofo francés Michel Foucault debemos ocuparnos de nosotros mismos: entender lo que pensamos, sentimos o hacemos como elementos de la comprensión global de la que formamos parte. Entender la vida como una obra de arte, como un estilo de existencia, como un trabajo sobre uno mismo. El yo es una invención. El sujeto debe construirse, no descubrirse.

Vivimos en una sociedad de logros: pretenden que seamos lo que tenemos, parece que somos lo que nos pasa exteriormente pero la felicidad debe ser una construcción de uno mismo desde el interior. Esto nos ayudará a ser libres en el sentido de no esclavizarnos a nuestras pasiones. Nos permitirá distanciarnos de ellas. No nos miramos a nosotros mismos, miramos el mundo para conocerlo y así conocernos. De esta manera construimos una identidad, un estilo de vida, una estética de la existencia que podemos compartir con los demás.

Como exponen algunos filósofos como Lluís Roca: la base de la libertad no es la indeterminación sino la autodeterminación. Es libre el que se autodermina, el que se determina por sí mismo. No deben determinarnos los otros cuando nos intentan dominar decidiendo por nosotros a través de la servidumbre voluntaria, ni tampoco las pasiones cuando nos dejamos llevar por los impulsos. 

Para Lluís Roca la libertad interna implica un trabajo en tres aspectos:
  • El primero es la consciencia: saber lo que nos pasa y porque nos pasa, saber lo que queremos y porque lo queremos;
  • El segundo aspecto es la voluntad: es poder hacer. Es la capacidad de transformar la intención (acto mental) en decisión (acto físico);
  • El último aspecto es el autodominio: no ser un esclavo de uno mismo, de las propias pasiones.

Capacidad de consciencia, voluntad y autodominio conforman nuestro trabajo para autodeterminarnos y forjar un carácter que nos haga felices. Y este trabajo es una cuestión que depende de nosotros a pesar de que en algún momento las circunstancias externas no nos permitan llevar una buena vida. Marco Aurelio ya sabiamente nos recomendaba: "Talla tu máscara": construye tu yo, tu carácter y hazlo de la mejor manera posible. Eso afortunadamente siempre estará en nuestras manos como artesanos de nosotros mismos.



lunes, 3 de marzo de 2014

Ego: el Big Data como nuevo juego capitalista


Aunque nos parezca que pase desapercibido entre la multitud de impactos que recibimos diariamente, detrás de toda esa acelerada dinámica, lo que en el fondo esta haciendo el sistema capitalista para crecer y sobrevivir es generar su propio modelo antropológico y cultural: el hombre económico egoísta a la búsqueda de intereses privados.

La nueva forma de subjetividad tiene como objetivo la autosuficiencia personal: ser notorio, el manager triunfador de sí mismo; regida por los principios de la utilidad, de racionalización y de resultados inmediatos, encuentra en internet un mundo de posibilidades al alcance de este modelo antropológico que ahora se ha impuesto a otros modelos anteriores como el cooperativo.

El periodista y doctor en filosofía alemán Frank Schirrmacher expone en su obra Ego, las trampas del juego capitalista que vivimos en un estado permanente de subasta. Toda nuestra biografía, los logros conseguidos, nuestros sentimientos...todo se evalúa  en un constante "Me gusta". Los modelos mentales económicos han conquistado el resto de ciencias sociales, y la absurda idea que "el ser humano" es egoísta se ha convertido en algo así como una ley natural.

Para Schirrmacher vivimos conectados a esas premisas, desde la genética hasta la moral, desde las altas finanzas hasta la cuenta de Facebook o Twitter; extendemos los criterios de eficiencia a lo social (el pensar, escribir, comunicar...). Todo ha quedado reducido a la teoría de la elección racional, del propio interés. Una tesis cuyo origen se remonta a la teoría de juegos y la Guerra Fría, y que no sólo no funciona, sino que ha sido manipulada para ser aplicada en beneficio de mundo financiero y en contra de las teorías basadas en modelos cooperativos.

Nos hemos visto arrastrados al interior de un sistema de pensamiento y comportamiento que nos enseña que es razonable ser egoísta. Esto es lo nuevo. El truco para Schirrmacher consiste en vendernos la operación, no como una ideología, sino como parte integrante de la tecnología. Vivimos el triunfo del neoliberalismo autoprogramado en la técnica. La premisa decisiva dice: "cada uno solo piensa en sí mismo".

Este homo oeconomicus o egoísta piensa siempre que su ventaja en los mercados se ha convertido en norma. Aparece paralelamente el doble digital, es decir, esa copia de nosotros reducida a la matemática del egoísmo, y que además se ha emancipado: siendo éste la suma de huella digitales que dejamos al interactuar en internet, es nuestro nuevo Ego: lo que define quiénes somos realmente. Convirtiendo a su vez esas aplicaciones móviles y nueva tecnología en instrumentos de nuevas normativas sociales a seguir para estar a la moda.

Además para Schirrmacher la ideología de la época afirma que nadie dice lo que desea en realidad. Esta desconfianza anida en el corazón del sistema y de ahí la aparición del Big Data como medio que, a través de nuestra huella digital, intenta conocer quienes somos realmente en este nuevo juego capitalista. Desde el punto de vista político, la delegación de decisiones a las máquinas, vía Big Data, promete un análisis más racional y una gestión más eficaz de lo real al precio de la abdicación de la comprensión humana de los fenómenos y provocando a su vez una disminución del empoderamiento de la ciudadanía al dejar las decisiones a los especialistas. Si con el Big Data todo es probabilidad y correlación: ¿que nos queda? ¿Dónde quedan la creatividad, la intuición, la ambición intelectual?.

Finalmente lo apocalíptico para Schirrmacher es que cada vez desaprendemos que existen cosas que son válidas aunque el mercado las condene, aunque no se pulse el botón de "Me gusta". La teoría política alemana de democracia "acorde con el mercado" no es ni siquiera un mercado libre al estilo del modelo liberal de Hayek. Cabría preguntarse si la economía de datos no conduce a formatos cada vez más potentes de un economía planificada por unos pocos agentes (Google, Facebook , Twitter...) y de los cuales nuestros egos y vidas dependen cada vez más.

Tenemos que demostrar de nuevo que la cooperación es posible y a la vez que nuestros abuelos consiguieron  humanizar la Primera Revolución Industrial debemos intentar transformar nuestro mundo de datos y máquinas digitales de acuerdo con modelos de una sociedad justa y social. Humanicemos pues esta revolución digital o nuestros dobles egos egoístas digitales serán quienes determinen realmente quienes somos.





jueves, 20 de febrero de 2014

El ideal como carencia: de la resignación al progreso


Vivimos actualmente acuciados por la gravedad de los hechos de una crisis, en la cual nos encontramos inmersos en un mero tratar de sobrellevar las adversidades, intentando llegar al día siguiente sin grandes heridas que curamos a base de fuerza de voluntad. Hemos perdido quizás ese mirar a lo lejos en busca de una perspectiva de largo recorrido que nos reconforte, afectados por una miopía que distorsiona cualquier construcción de futuro o de visión a largo plazo.

Esto con frecuencia provoca el sentimiento de ser como personajes en permanente insatisfacción, muy conscientes de su propia impostura, sobrepasados por el cansancio de fingir, de no encontrar un lugar en el mundo. Actuando como criaturas a la deriva, necesitadas de reinventarse para sobrevivir, para resistir ante lo que parece una gran estafa global que ahora padecemos y pagamos a diario.

Carecemos en definitiva de un ideal: de ser capaces de descubrir que misión podemos atribuirnos en nuestra vida, mostrándonos el camino de sentido, unitario y que sea una síntesis feliz a partir de la cual podamos orientar nuestra vida. Acostumbrados a que actualmente simplemente se describa por nuestros pensadores, científicos o medios de comunicación la realidad cómo es (una mera descripción por ejemplo de la crisis o la situación económica), sin que se proponga un ideal de cómo debería ser esta realidad.Nos hemos visto absorbidos por un vacío de referencias que otros aprovechan para rellenar de banalidades mundanas televisadas o de exigencias de éxito profesional o notoriedad personal plenamente fútiles.

El pensador Javier Gomá expone magistralmente que la Filosofía actual ha desertado de su misión de proponer un relato totalizador a la sociedad. La gran Filosofía debería ser la ciencia del ideal: ideal de conocimiento exacto de la realidad, de una sociedad justa, de belleza, de individualidad responsable o ciudadanía inclusiva. La Filosofía clásica ya se refería al ideal humano (paideia) como meta suprema de perfección: el hombre virtuoso, prudente, el sabio feliz o más recientemente, con Kant, el hombre autónomo o el original o propio. Un ideal, nos dice Javier Gomá, muestra la perfección que por la propia excelencia de un deber-ser hecho en él evidente, ilumina la experiencia individual, señala la dirección a seguir y moviliza nuestras fuerzas latentes hacia el objetivo marcado por nosotros mismos.

Esta falta de referentes y de propuestas de sentido unitario, nos está llevando hacia una resignación que cada vez vivimos con mayor preocupación y desasosiego ante esa destrucción por parte de la arrolladora crisis económica, de los ideales cívicos y democráticos que habían sido construidos en  una sociedad, que ahora excluye sin piedad del bienestar prometido a muchos de sus ciudadanos haciéndoles responsables únicos de su propia suerte.

Debemos, con convicción y sin miedo, volver a pensar cómo deberían ser las cosas: proponer nuevos ideales cívicos y democráticos o utopías a soñar, ya que, como postula Gomá, sólo el ideal promueve el progreso moral colectivo que no podemos abandonar a riesgo de conformarnos con el orden establecido. Quizás nuestra misión sea simplemente hacer más habitable el mundo para los que nos rodean, consiguiendo al mismo tiempo mitigar esa experiencia diaria de desencanto con la dura realidad a la que nos enfrentamos diariamente y que no tenemos afortunadamente que aceptar resignadamente si ganamos la perspectiva que nos da el tener ideales.



domingo, 9 de febrero de 2014

La Nueva Normalidad: de la Gran Moderación a Extremistan


Tenemos una concepción del tiempo muy lineal y consecutiva pero también experimentamos interiormente que ciertas cosas parece que vuelven de manera cíclica. Esta percepción circular y repetitiva también es recogida en muchos ámbitos del saber como la economía, donde una de sus bases principales es la teoría de los ciclos económicos de expansión y recesión.

Si analizamos económicamente el último siglo podemos comprobar que a fases de expansión y crecimiento le han seguido periodos recesivos hasta que se alcanzan una nueva normalidad a partir de la cual comienza otro ciclo. Así tras los denominados felices y expansivos años veinte llego la crisis bursátil de 1929 en la que para purgar los excesos cometidos se impuso la denominada teoría liquidacionista que pretendía mediante la liquidación de todas las acciones, propiedades inmobiliarias o mano de obra no rentables purgar el sistema añadiendo una política deflacionista interna que acabase con esos excesos. Una política que ahora mismo nos parece muy familiar.

Fue necesario el New Deal y el gran crecimiento sostenido que se produjo posteriormente a la Segunda Guerra Mundial para llegar a una nueva base de normalidad que permitió el desarrollo de la clase media y que benefició a mucha población tras las penurias de la guerra. Una nueva normalidad que fue positiva ya que permitió el avance social en muchos países.

Más recientemente, y tras una época económica conocida como la de la Gran Moderación que abarcó veinte años desde finales del siglo pasado hasta la crisis del 2007 y en la cual la constante fue la tranquilidad económica que provocó una menor aversión al riesgo reforzada por una estructura regulatoria laxa, una política monetaria de tipos bajos y una sobrexposición al endeudamiento y a nuevos y complejos instrumentos financieros que nos llevó a la Gran Perturbación de las diferentes burbujas que comenzarón a explotar en el año 2007 provocando la situación de crisis actual, contra la cual aún se está luchando.

La cuestión principal que se plantea actualmente, una vez que se vislumbra la salida de esta crisis, es: ¿cómo va a ser la nueva normalidad? ¿vamos a vivir una nueva época positiva y de progreso? o por el contrario: ¿la nueva situación que consideremos normal será peor y con mayores limitaciones a las que teníamos antes de la crisis?

No parece que la respuesta pueda ser muy optimista, si realizamos un análisis realista de esta Nueva Normalidad postcrisis que comenzamos a vivir, la podríamos seguramente caracterizar como:


  • Una época de la Precariedad permanente donde parece que se impone un nuevo Capitalismo sin trabajo: La nueva evolución económica con la aparición de nuevas industrias como la de nanotecnología o la de los sistemas de información parece que necesitaran de una menor incorporación del factor trabajo y mayor de capital. Un factor trabajo que tendrá que reinventarse para adaptarse a la nueva flexibilidad que se le va a exigir por parte de las empresas: nos dicen que las lealtades serán renovadas diariamente y que ya no existirán roles o descripciones de puestos fijos, sino diferentes proyectos a cuyo ritmo tendremos que adaptar nuestra trayectoria profesional y vida personal.
  • Viviremos en Extremistan: en un mundo donde todo va a parecer desproporcionado y las diferencias van a ser grandes. La desigualdad interna se va haciendo cada vez mayor. Tendemos a sociedades de grandes extremos donde la clase media parece ya no tener cabida. Los derechos sociales se habían sustituido por el acceso al crédito que ahora ya no fluye, destruyendo a su paso miles de proyectos de futuro.
  • El Hipercapitalismo toma el relevo: la exposición pública de la vida intima estará en el orden del día. Anteriormente la vulgaridad era tabú y los sentimientos tendían a interiorizarse. En la actualidad el exceso y la transparencia total se imponen como leivmotiv de la nueva época dónde la pérdida de esfera pública deja un vacío en el que se derraman intimidades.
  • Viviremos en una sociedad del Riesgo constante: vamos hacía una sociedad controlada donde internet parece la gran máquina de vigilancia en aras de una supuesta seguridad, pero al mismo tiempo será una sociedad acobardada por los los miles de riesgos que en la época de la conectividad total parece que nos acechan: la política será la gestión del miedo, los cuales serán azuzados según necesidad. La sensación de vulnerabilidad del individuo será cada vez mayor con el riesgo de caer en la insensibilidad y falta de empatía hacia el sufrimiento del otro, al que muchas veces no seremos capaces más que de verlo como una amenaza o competidor por nuestros recursos o modelo de vida.

Va a ser necesario pues buscar nuevos anclajes que aseguren nuestra estabilidad personal y emocional en esta extremista nueva normalidad. Esta anclaje sólo puede ser cultural: 
  • Basar nuestra vida en valores decisivos y elegidos conscientemente como la construcción de relatos vitales con sentido a través de la cultura y los diferentes concepciones de la vida buena clásica y no intentar  sólo seguir los relatos interesados empresariales de éxito; 
  • la utilidad social buscada en el compartir y ayudar a los demás en proyectos sin ánimo de lucro para evitar el sentimiento de inutilidad en la que a veces nos vemos abocados en nuestro trabajo o al no disponer de él; 
  • y finalmente tener un espíritu intrínseco de hacer algo por el simple hecho de hacerlo bien sin esperar reconocimiento, beneficios o nada a cambio: sencillamente siguiendo nuestros deseos y construyendo así nosotros mismos el sentido a nuestro relato vital como el ancla más resistente en mares extremos.



domingo, 2 de febrero de 2014

Del individuo a las estructuras: la ética del encubrimiento


En un época tan convulsa como la actual todos somos conscientes que debemos enfrentarnos a situaciones impredecibles a las que seguramente nadie esta preparado. La incertidumbre se ha convertido en la constante de nuestro tiempo. Afortunadamente crearemos soluciones en las que acertaremos las respuestas pero en muchas otras fracasaremos. Y viviremos también periodos difíciles de sobrellevar. Pero lo que marca seguramente la gran diferencia con épocas anteriores es que nuestra respuesta tiene que ser dada normalmente de forma individual.

Una de las características de nuestro entorno social en el que vivimos es que se nos inculca desde pequeños que todos estamos llamados a intentar tener éxito, a conseguir objetivos, a triunfar y ser feliz en la vida. La dinámica perversa del éxito y el fracaso forma parte de nuestro inconsciente el cual nos revisita diariamente. El reverso de la moneda se encuentra en que los resultados de esta actuación vital vamos a vivirlos de forma individual. El beneficio de los éxitos y  sobretodo la responsabilidad de los fracasos, los vamos a sufrir internamente como si fueran exclusivamente nuestros.

Desde nuestras estructuras sociales y políticas se ha desarrollado toda una dinámica de pensamiento que basada en responsabilizar a los individuos de los errores del sistema, en el fondo lo que hace es tratar de encubrir graves deficiencias estructurales del mismo. Estamos ante la denominada ética del encubrimiento: los problemas sociopolíticos se convierten en cuestiones personales para encubrir una mala gestión o una estructura económica deficiente. Todo parece responsabilidad de una ética personal, de nuestra gestión dado que nos han convertido en managers de nosotros mismos, en empresarios individuales de nuestra vida para lo bueno y sobretodo para lo malo. Si estamos en el paro, si no podemos pagar nuestra hipoteca o no llegamos a fin de mes es una cuestión cuya responsabilidad culpable es ahora meramente personal.

La política, la construcción conjunta de las instituciones y sistemas económicos que deben ayudarnos a llevar la buena vida clásica ha desaparecido por completo. No hay en adelante una ética de lo colectivo sino una ética personal que zozobra en tiempos tempestuosos y una política víctima de élites extractivas. La ética personal difícilmente puede competir con la gigantomaquia en que se ha convertido nuestro sistema capitalista. Un sistema que parece que tiende cada vez más hacia la concentración del poder, la destrucción de recursos naturales y la cada vez mayor desigualdad interna en la acumulación de la riqueza, convirtiendo muchas veces nuestras empresas en micrototalitarismos : cuyas prácticas empresariales no se adecuan con frecuencia a lo establecido en una democracia de derecho.

Nuestro sistema económico ha entrado en una dinámica exponencial mercantil donde el autocontrol parece difícil. Y no estamos ante un problema de desmesura o hybris individual (el famoso hemos vivido por encima de nuestras posibilidades) sino seguramente nos encontramos en mayor medida ante una deficientes estructuras económicas que nos llevan a crisis recurrentes y a no ser capaces de ofrecer una vida digna a muchos de nuestros ciudadanos, a los cuales culpabilizamos de su situación en esta ética del encubrimiento en que se ha convertido desgraciadamente nuestra política.

Dicen que entramos en el siglo de la gran prueba: todo nuestra organización económica y social se va a enfrentar en los próximos a sus límites ecológicos, demográficos, económicos y sociales. Sabemos que las funciones exponenciales no tienen autocontrol por lo que está en nuestras manos el dejar de encubrir los errores estructurales del sistema y volver a alinear, como en nuestra antigüedad, ética y política en la construcción de lo colectivo buscando la buena vida de todos, ya que afortunadamente, entre el yo y el no yo está aún el nosotros.












domingo, 26 de enero de 2014

Capitalismo artístico: la estetización del mundo


Vivimos en una época de individualización narcisista reforzada por una sociedad sobreestetizada que en principio dicen nuestros publicistas que debería llevarnos a una humanidad más feliz. Este fenómeno en el que la fase del Capitalismo actual se ha convertido, es analizado en profundidad por el sociólogo francés Gilles Lipovetsky, el cual expone que se ha derivado de cuatro factores fundamentales:

  • La Cultura democrática del siglo XVIII que legitimó la autonomía individual,
  • El Capitalismo de consumo y su promoción del Hedonismo,
  • Los movimiento sociales de los años 60 y su protesta contra los modos de vida contemporánea,
  • La nueva dinámica de los últimos 20 años que a través de las nuevas tecnologías favorecen y desarrollan un exhibicionismo narcisista individual.
Lipovetsky explica que si el Capitalismo destruye puestos de trabajo, desfigura el paisaje, contamina el ambiente, agota las materias primas y con frecuencia destruye los individuos, también es el sistema que produce y distribuye bienes estéticos en gran escala. Estamos en el estadio hiperbólico de este sistema marcado por la inflación estética. No hay ni un solo objeto que no esté sujeto al diseño desde las gafas de sol a los cepillos de dientes. Esta promoción del paradigma estético es hija del Capitalismo de consumo. Es lo que Lipovetsky define en su última obra "L'esthétisation du monde" como el Capitalismo artístico.

El Capitalismo artístico es el sistema que incorpora de manera sistemática la dimensión creativa e imaginaria en las áreas de consumo mercantil. Apoyándose en la explotación comercial de las emociones, combina dos polos a priori antinómicos: lo racional y lo intuitivo, el cálculo económico y la sensibilidad. Los mundos estéticos no son más "pequeños mundos" separados, sino un valor económico del sector respaldado por las multinacionales en forma de marcas e implicando considerables intereses económicos.

Ayer, era el arte por el arte. Hoy en día, es el mercado que incrementa el mundo del arte. El Capitalismo ha creado para Lipovetsky  un tipo sin precedentes de arte: un arte de consumo de masas (cine, publicidad...) que no requiere ninguna cultura específica. Un arte sin ideal de elevación, que se mezcla con las marcas en el deporte, en la moda, en el entretenimiento.Lo bello no es lo bueno forzosamente y el arte no es la condición de la moralidad ni de la libertad. Se construyen imperios estéticos y mercantiles, convive el utilitarismo con la estética. Y todos los indicadores muestran cómo esta sobredosis estética es perceptible en el auge del turismo, la visita a los museos, el gusto por las imágenes y la publicidad de las marcas, la decoración de la casa o las prácticas de autoembellecimiento (cirugía estética) de sí mismo.

El  reverso de la moneda es que el Capitalismo artístico ha creado un estresado consumidor hedónico-estético constantemente en búsqueda de cambios, de sensaciones que puedan compensar el estrés o suministrarle placeres renovados. Estamos ahora drogados por lo "nuevo" que muchas veces proporcionan hábilmente las marcas y la publicidad. Y no hay límites en la búsqueda de experiencias sensibles y "sorprendentes". Un consumidor estético que por otro lado se enfrenta a los límites de este nuevo modo de vida: las psicopatologías, ya que la vida parece a la vez cada vez más fácil y difícil y esto provoca que haya más gente con estrés y ansiedad en un nuevo mundo donde las certezas no existen. Parece también que además todos los aspectos de nuestro mundo se tengan que realizar en la escala de "siempre más": experiencias, consumo, comunicación, internet...

De hecho para Livovetsky el mundo hipermoderno está desorientado, inseguro, frágil. Como lo demuestra el aumento de las curvas de ansiedad, el estrés, las adicciones y la depresión. La estetización y la comercialización desenfrenada del mundo que prometen la felicidad, pero al final, la alegría de vivir no ocurre. La hipertrofia consumista no produce más felicidad. Los placeres estéticos no llegan a eliminar el malestar, el estrés, la degradación de la autoestima generada por los estándares performativos que exigen las empresas. La individualización de la vida social se acompaña de crisis subjetivas e intersubjetivas repetitivas (divorcios, conflictos...). La sociedad superestetizada triunfa, pero la armonía en nuestras vida no se alcanza.

La modernidad ha investido con éxito el reino de la cantidad. Pero no nos satisface. A lo que nos enfrentamos realmente es al reto de la calidad (en el medio ambiente, productos, la cultura, las relaciones, el estilo de vida). Está en nuestras manos promocionar la Educación y la Cultura y obtener así las herramientas necesarias para que no seamos sólo consumidores y que la existencia estética se dirija a no ser adictos de las marcas y las innovaciones, sino del confort de sentido que proporciona una Cultura de calidad.