Mostrando entradas con la etiqueta Edward Hopper. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Edward Hopper. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de abril de 2013

Nuestra fuerza interior: el inmanentismo con Edward Hopper


Hay ocasiones en que nos preguntamos que visión debe primar sobre lo que nos ocurre: una visión externa que a modo de causa por la que debemos sacrificarnos dé un sentido exógeno a lo que hacemos o bien una visión interna, que a través de una sentida conciencia interior nos guíe desde dentro en los diferentes cruces de caminos que debemos tomar en nuestra existencia. Lo que en el fondo puede marcar que visión predomine es la coherencia por la que debemos luchar en todo lo que llevamos a cabo.

Siempre nos han lanzado mensajes de que lo realmente importante es ser trascendentes: dedicarse a un objetivo externo a nosotros mismos, ya sean los demás, una causa loable o simplemente conseguir resultados que otros nos marcan o imponen. Esto muchas veces lo hemos llevado a  cabo a costa de nosotros mismos: dejando de lado nuestros gustos o deseos y dedicando poco tiempo a realmente cultivar nuestra propia virtud: nuestras capacidades, nuestro pensamiento y cultura, nuestro carácter en definitiva. Sufrimos un mundo exterior que es absorbente por la propia naturaleza de nuestra acelerada época moderna. La lentitud es una vieja reliquia del pasado que demonizamos con avidez.

Debemos tomar en consideración, para que nos sirva quizás de ayuda, el a veces denostado concepto de inmanentismo: que ve la vida como un todo que actúa con una finalidad interna y que cree que el sujeto encuentra lo "otro" en sí mismo de forma equivalente. La causa de todo y los objetivos a perseguir están dentro de nosotros mismos y no en una instancia superior. La felicidad es inherente a nuestra esencia interior que debemos descubrir en ese cultivo de nosotros mismos que  llamamos virtud y que se manifiesta en nuestro carácter.

El arte y la pintura pueden hacer también que experimentemos esa buscada inmanencia en la que muchas personas son capaces de vivir. El pintor norteamericano Edward Hooper es un maestro a la hora de retratar en sus protagonistas esa expresividad que marca la emoción interiorizada. Hooper realiza una pintura de la absorción interna: las figuras de su pintura se mantienen en su propia densidad de Ser.

Esa absorción interna, ajena a la absorción externa que nuestra época exige, no es un signo de soledad o tristeza: bien al contrario, es la palpación de una gran fuerza interior que se fundamenta en su consistencia de Ser que hace del hecho de estar vivo suficiente motivo. Una fuerte inmanencia existencial donde los personajes están dentro de un diálogo creativo con su mundo, conociéndose a si mismos con una fuerza interior que les da la tan deseada coherencia ordenada que ellos si consiguen.


Y es que  puede ser necesario que aprendamos a pasar de una búsqueda de la felicidad como un sentimiento de bienestar temporal donde el recibir muchas veces egoísta es protagonista a, mediante la cultivada inmanecia de nuestra fuerza interior que nos da el hecho de estar afortunadamente vivos,  llegar a la sensación de plenitud  personal donde todo cobra sentido de forma atemporal sin necesidad de una causa externa que nos venga impuesta.



viernes, 17 de diciembre de 2010

Viaje de Negocios: Hopper y el palpito de la Soledad

Aunque si lo consideramos con perspectiva ha cambiado mucho la forma de viajar, cuando uno tiene que realizar con una cierta frecuencia viajes por motivos laborales denominados asépticamente de Negocios, es cuando toma consciencia de que el fondo y la esencia del viajar sigue siendo la misma: la toma del pulso de los latidos o palpitos de la propia soledad.

Y es que a pesar de que en un primer momento el abandono de la vida rutinaria, de un destino de cierto encierro en una oficina, provoque en el viajero la alegría y excitación de alejarse de ese mundo que muchas veces llega a resultar oprimente, es sin duda cuando se inicia el periplo viajero cuando esa primera impresión de huida del  a veces hastío de la vida cotidiana se ve sobrepasada por la angustia de experimentar a pesar de la multitud que nos rodea, un vacío y un ligero estrañamiento ante lo nuevo que nos rodea, de una vidas que nos resultan involuntariamente distantes y ajenas.

Y es en esta novedad del tránsito de viaje solitario de negocios donde prestamos una mayor atención casi mágica a aspectos ordinarios de una vida que por cotidiana antes nos parecia invisible: ventanas, gasolineras, estaciones en medio de ninguna parte, habitaciones de hoteles, restaurantes o tiendas en calles con escasa iluminación. Una nueva mirada que nos obliga no solo a mirar, sino tambien a mirarnos: quienes somos, de donde viene nuestra experiencia y a dónde va nuestra vida...un paralelo viaje interior que palpita intesamente en nuestro corazón viajero.

Sin lugar a duda el artísta que mejor recoge este sensación de vacuidad moderna del viajar es mi pintor favorito estadounidense Edward Hopper que es capaz de enfrentarse magistral y creativamente a la idiosincracia de las grandes y multitudinarias ciudades norteamericanas y que después de años de formación en Europa declara " la realidad americana me pareció dura y terriblemente cruda; me llevo diez años sobreponerme a mi regreso de Europa" pero que desde ese honesto e impoluto realismo con el que la hace frente nos alienta en el camino diciéndonos: "lo más importante para mí es la sensación de estar de paso. Descubriendo la intensa belleza de todas las cosas cuando estas viajando, cuando tu vida se transforma en una especie de película".

Y es recordando estos poemas no escritos en forma de cuadros de una fascinante belleza cotidiana cuando el viajero de negocios siente dulce y más intesamente los latidos de su consustancial pequeña parte de soledad de la que afortunadamente todo ser humano puede aún fugazmente disfrutar.