domingo, 26 de enero de 2014

Capitalismo artístico: la estetización del mundo


Vivimos en una época de individualización narcisista reforzada por una sociedad sobreestetizada que en principio dicen nuestros publicistas que debería llevarnos a una humanidad más feliz. Este fenómeno en el que la fase del Capitalismo actual se ha convertido, es analizado en profundidad por el sociólogo francés Gilles Lipovetsky, el cual expone que se ha derivado de cuatro factores fundamentales:

  • La Cultura democrática del siglo XVIII que legitimó la autonomía individual,
  • El Capitalismo de consumo y su promoción del Hedonismo,
  • Los movimiento sociales de los años 60 y su protesta contra los modos de vida contemporánea,
  • La nueva dinámica de los últimos 20 años que a través de las nuevas tecnologías favorecen y desarrollan un exhibicionismo narcisista individual.
Lipovetsky explica que si el Capitalismo destruye puestos de trabajo, desfigura el paisaje, contamina el ambiente, agota las materias primas y con frecuencia destruye los individuos, también es el sistema que produce y distribuye bienes estéticos en gran escala. Estamos en el estadio hiperbólico de este sistema marcado por la inflación estética. No hay ni un solo objeto que no esté sujeto al diseño desde las gafas de sol a los cepillos de dientes. Esta promoción del paradigma estético es hija del Capitalismo de consumo. Es lo que Lipovetsky define en su última obra "L'esthétisation du monde" como el Capitalismo artístico.

El Capitalismo artístico es el sistema que incorpora de manera sistemática la dimensión creativa e imaginaria en las áreas de consumo mercantil. Apoyándose en la explotación comercial de las emociones, combina dos polos a priori antinómicos: lo racional y lo intuitivo, el cálculo económico y la sensibilidad. Los mundos estéticos no son más "pequeños mundos" separados, sino un valor económico del sector respaldado por las multinacionales en forma de marcas e implicando considerables intereses económicos.

Ayer, era el arte por el arte. Hoy en día, es el mercado que incrementa el mundo del arte. El Capitalismo ha creado para Lipovetsky  un tipo sin precedentes de arte: un arte de consumo de masas (cine, publicidad...) que no requiere ninguna cultura específica. Un arte sin ideal de elevación, que se mezcla con las marcas en el deporte, en la moda, en el entretenimiento.Lo bello no es lo bueno forzosamente y el arte no es la condición de la moralidad ni de la libertad. Se construyen imperios estéticos y mercantiles, convive el utilitarismo con la estética. Y todos los indicadores muestran cómo esta sobredosis estética es perceptible en el auge del turismo, la visita a los museos, el gusto por las imágenes y la publicidad de las marcas, la decoración de la casa o las prácticas de autoembellecimiento (cirugía estética) de sí mismo.

El  reverso de la moneda es que el Capitalismo artístico ha creado un estresado consumidor hedónico-estético constantemente en búsqueda de cambios, de sensaciones que puedan compensar el estrés o suministrarle placeres renovados. Estamos ahora drogados por lo "nuevo" que muchas veces proporcionan hábilmente las marcas y la publicidad. Y no hay límites en la búsqueda de experiencias sensibles y "sorprendentes". Un consumidor estético que por otro lado se enfrenta a los límites de este nuevo modo de vida: las psicopatologías, ya que la vida parece a la vez cada vez más fácil y difícil y esto provoca que haya más gente con estrés y ansiedad en un nuevo mundo donde las certezas no existen. Parece también que además todos los aspectos de nuestro mundo se tengan que realizar en la escala de "siempre más": experiencias, consumo, comunicación, internet...

De hecho para Livovetsky el mundo hipermoderno está desorientado, inseguro, frágil. Como lo demuestra el aumento de las curvas de ansiedad, el estrés, las adicciones y la depresión. La estetización y la comercialización desenfrenada del mundo que prometen la felicidad, pero al final, la alegría de vivir no ocurre. La hipertrofia consumista no produce más felicidad. Los placeres estéticos no llegan a eliminar el malestar, el estrés, la degradación de la autoestima generada por los estándares performativos que exigen las empresas. La individualización de la vida social se acompaña de crisis subjetivas e intersubjetivas repetitivas (divorcios, conflictos...). La sociedad superestetizada triunfa, pero la armonía en nuestras vida no se alcanza.

La modernidad ha investido con éxito el reino de la cantidad. Pero no nos satisface. A lo que nos enfrentamos realmente es al reto de la calidad (en el medio ambiente, productos, la cultura, las relaciones, el estilo de vida). Está en nuestras manos promocionar la Educación y la Cultura y obtener así las herramientas necesarias para que no seamos sólo consumidores y que la existencia estética se dirija a no ser adictos de las marcas y las innovaciones, sino del confort de sentido que proporciona una Cultura de calidad.



domingo, 19 de enero de 2014

¿Hacia dónde nos dirigimos?: haciendo prospectiva


El hombre siempre ha especulado sobre el destino que le espera. En nuestra especie existe una necesidad biológica de hacer prospectiva, de predecir y todo el mundo intenta aprovecharse del futuro ignorado. También sabemos que somos una especie cuyos intentos de predicciones normalmente han sido decepcionantes. Sabemos, o deberíamos saber, que no existe designio alguno en el desarrollo del hombre, ni en las sociedades que el hombre crea, ni en sus formas de vida futura; solo ruda competencia primero por sobrevivir y luego por conseguir mayor reconocimiento. Precisamente, la falta de designio predeterminado es la primera condición de la supervivencia de seres, sistemas o cualquier tipo de entidad.

Tras un periodo de crisis sistemática dura surge naturalmente la pregunta de ¿hacia dónde nos dirigimos? ¿Qué cosas han cambiado en este periodo tan crítico y cómo van a ser en el futuro?. Para responder quizás lo mejor es utilizar una disciplina Macrofilosófica pluridisciplinar e intentar dilucidar como han variado y cómo evolucionaran los grandes atractores y tendencias que gobiernan nuestras sociedades.

Hagamos pues prospectiva aún sabiendo que seguramente nos equivocaremos , así en el futuro:

  •  Todo sera económico o no será: Todo indica que la economía es causa de sí misma y causa de las causas que determinarán el futuro de nuestra especie. Siempre será escaso aquello que deseemos de verdad. Nuestras actitudes estarán condicionadas por la competencia que los actos económicos de los demás ejercerán sobre nuestras limitadas opciones a obtener bienes y valores escasos. El desarrollo de la democracia, siempre imperfecta, la expansión de las libertades, la creación de instituciones supranacionales, cualquier tipo de gobernanza mundial requieren previamente la aprobación subliminal de los resultados económicos que pueda aportar. Y sin esta aprobación de la relación coste/beneficio no prosperará ninguna evolución cultural. La economía se ha convertido en la gramática universal que todos hablamos y utilizamos aunque no seamos conscientes de ello.
  • El poder duro ha dejado de existir: hemos pasado del control normativo a la seducción. El poder es ejercido por medio de la seducción. de la tentación. Implica la cooperación del sujeto. Las grandes multinacionales es algo que desde hace tiempo ya han incorporado a sus políticas empresariales: mediante la creación de su propia Cultura y comportamientos vitales buscan la servidumbre voluntaria de sus empleados: si les coaccionan no pueden contar con su cooperación, pero si les seduces, estarán listos para darte sus servicios y disfrutar además con ello.
  • El apetito del individuo por obtener un mayor reconocimiento será insaciable: como explica el sociólogo Zygmunt Bauman vivimos en una sociedad confesional. El desarrollo cultural en masas cada vez más amplias de la sociedad incrementará exponencialmente la competencia de egos. Queremos que más y más gente sepa lo que estás haciendo, tenemos miedo de romper lazos sociales, de la exclusión amenazante, de la soledad; de ahí el éxito de las redes sociales.  La gente hoy tiene miedo de ser dejada a solas, excluida, desechada. Si alguien está interesado en ellos están contentos. La frase "el Gran Hermano te vigila" ya no es una amenaza. Lo importante es que hablen de uno.
  • Nuestra identidad será nómada: en un mundo dónde ya no existen verdades absolutas, ni síntesis claras, la realidad será conflictiva y todo será relacional. Podremos concebir una totalidad pero está deberá ser siempre abierta. La cultura seguirá siendo, a pesar de algunos planes de estudio, la forma de resolver de forma dialéctica el conflicto inherente al vivir. Ya no existirán identidades esencialistas fijas (ser hombre, madres, profesionales) sino identidades nómadas donde la gente buscará tener las posibilidades de vivir según sus deseos cambiando de identidad si es necesario o improvisando nuevas posibilidades de mejora.
  • Todo será convergente: en todos los ámbitos de la vida, las realidades se diversifican, se dispersan, comprueban su viabilidad y finalmente por selección, fusión o asimilación, retornan a la convergencia. En la disciplina económica la convergencia será afortunadamente inevitable. La amplia separación entre el mundo avanzado y el mundo desarrollado está convergiendo. Las enormes asimetrías entre los países industrializados y los países en desarrollo no han desaparecido, pero se están reduciendo y el patrón, por primera en 250 años y gracias al impacto a largo plazo de las tecnologías de la información, es de convergencia en vez de divergencia. La tecnología tiene tal influencia en el entorno vital que llega a hacer innecesaria la selección genética. El más fuerte ya no encabeza necesariamente el cambio evolutivo y nuestro mundo podrá ser, desde el punto de vista material y humano, más inclusivo y convergente.
Seguramente lo más importante de esta necesidad humana de hacer prospectiva, de preguntarnos hacia dónde vamos, es que inherentemente todos queremos seguir viviendo construyendo nuestro futuro. A pesar de la crisis, si extraemos sus enseñanzas vitales en positivo y continuamos avanzando en tecnologías que cambien nuestra vida, podemos ser racionalmente optimistas con respecto al futuro y a su gestión racional. Y como decía Hegel: "al que considera el mundo racionalmente, el mundo le presenta a su vez un aspecto racional. La relación es mutua". ¿Hacia dónde nos dirigimos?: Hacia un mundo racionalmente mejor.



domingo, 12 de enero de 2014

El mito del progreso: la ideología glacial


La industrialización de nuestras sociedades, la racionalización de todas las esferas de nuestra existencia y la búsqueda del control total por parte de los mercados (del tiempo, espacio, cuerpo, relaciones humanas, etc.) encuentran su justificación en la ideología del progreso, compartida por el conjunto de las corrientes políticas. Se postula que la Humanidad se inscribe en un proceso de mejora general que se presenta como lineal, acumulativo, continuo e infinito (de las cavernas a la conquista del espacio). Esta ideología establece un ligamen directo entre los avances tecnocientíficos y las mejoras sociales y políticas (exaltando la creencia en el bienestar material).

Para el politólogo John Gray el progreso es solo un mito moderno: el progreso como meta última de la existencia humana es una creencia tan difundida que ya casi no lo advertimos. De esta manera, buena parte de la estructura sociopolítica, al menos, en Occidente, gira entorno a esta idea, entendida particularmente como crecimiento económico y desarrollo tecnológico. Gray cuestiona la idea de progreso como uno más de los mitos que estructura la existencia humana. Si uno acepta el mito del progreso, se hace con un lugar en la gran marcha de la Humanidad. Pero la Humanidad no marcha hacia ninguna parte. La Humanidad es una ficción compuesta a partir de miles de millones de individuos para los cuales la vida es singular y definitiva.

De entre los muchos beneficios de la Fe en el progreso, el más importante tal vez sea el evitar un conocimiento excesivo de uno mismo, al ser considerados los humanos modernos unidimensionalmente como máquinas productivas dentro del engranaje del supuesto progreso económico y social. No hace falta pensar en quiénes somos o qué cosas son importantes  y cómo valorarlas: el sistema capitalista procede por nosotros a la traducción integral de la realidad (humanos, seres vivientes, objetos inertes) en el lenguaje que los mercados entienden: el del valor y el del dinero.Su óptica es la de la acumulación, de la reproducción aumentada del capital por una dinámica expansionista que se observa muy bien en la mística del crecimiento y en la penetración de los principios del mercado en todas las actividades por muy banales que estas sean.

Para Gray la fe en el progreso es un vestigio tardío del Cristianismo primitivo. Para los antiguos Egipcios y para los antiguos Griegos, no había nada nuevo bajo el sol. La historia humana se encuadraba en los ciclos de la naturaleza. El Cristianismo al crear la expectativa de un cambio radical en los asuntos humanos fundó el mundo moderno. La Historia paso de ser entendida como una sucesión de ciclos, como los de las estaciones del año a un relato de redención y salvación y, en los tiempos modernos, la salvación se asimiló a progreso: al aumento del conocimiento y del poder.

Pero como el escrito Joseph Conrad nos relata magistralmente en su obra "El corazón de las tinieblas", el progreso tiene su lado oscuro, su reverso tenebroso: Conrad se refería a la Humanidad Europea que, poseída por una visión de progreso y por la tentación de ganar dinero, causó miles de muertes en el Congo. Los colonizadores se apoyaron en la fe en el futuro para no perder la entereza y completar su tarea: la barbarie fue también el reverso de la cara del progreso y la civilización.

Y quizás el fenómeno más inquietante  de nuestra época acorde con la posibilidad de barbarie que el progreso puede conllevar, es el de la "glaciación emocional" : bajo la impulsividad y la versatilidad aparente de los caracteres humanos contemporáneos reina en efecto la mayor de las frialdades: la de la acción determinada únicamente por una relación coste/beneficio con el mundo y con los otros. Emerge una nueva forma de subjetividad egoísta cuyo objetivo es la autosuficiencia regida por los principios de utilidad, de racionalización y de resultados. La gente que se quede por el camino, la que despedimos por ejemplo en las restructuraciones empresariales y que no se puedan adaptar en esa marcha hacia un supuesto futuro mejor, son los daños colaterales que el progreso siempre ha tenido. La nueva barbarie del progreso, la de los mercados, es más sutil y aceptada pero no menos glacial.

Y qué va ocurrir si tras la crisis del 2008 por primera vez vislumbramos que no se va a poder prosperar indefinidamente. ¿Caerá el mito del progreso? ¿Cual será el nuevo mito?. Afortunadamente esta aún en nuestras manos volver a mirar cálidamente  a los demás y crear nuestros propios mitos. Quizás la voluntad de compartir  y convivir inclusivamente con calidad humana sea nuestro nuevo mito ante un mundo que necesita de renovadas miradas.

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lunes, 6 de enero de 2014

Pensamiento radical: los límites morales del mercado

Ser radical tiene hoy en día una connotación negativa pero en el fondo quizás se trate de una necesidad cada vez más acuciante ante la situación actual de crisis de la sociedad en la que vivimos. Ser radical es ir sin cortapisas a la raíz de los problemas; ser crítico y buscar los límites que conforman las cosas para así poder no sólo entenderlas mejor, sino también ser capaces de cambiarlas. Y esto es una actitud que hay que cultivar día a día como forma de comprometerse a mejorar con lo que nos rodea.

Una de las cuestiones que más debate debería generar, y con la que deberíamos ser radicales, es la situación actual de nuestro sistema económico de economía de mercado y como está influyendo y marcando gran parte de nuestros aspectos sociales. Las implicaciones normativas de la economía, la intromisión de los mercados, y del pensamiento orientado a los mercados, en aspectos de la vida tradicionalmente regidos por normas no mercantiles es uno de los hechos más significativos de nuestro tiempo.


Como expuso el economista Karl Polanyi en su obra "La gran transformación": en las sociedades en el que reina a sus anchas el mercado autorregulador, la sociedad permanece prisionera de las relaciones económicas. Para Polanyi el liberalismo económico promueve un sistema de excepción radicalmente pernicioso que atenta contra los fundamentos mismos de la sociedad, contra la sociabilidad en cuanto a tal.

Polanyi considera al sistema capitalista una anomalía histórica. En todas las sociedades antiguas, aunque hubiera mercado, los seres humanos se habían mantenido respetuosos con las reglas de la reciprocidad, redistribución, solidaridad y obligaciones comunales; sin embargo, la revolución industrial provoca una "gran transformación" destruyendo de forma irreversible aquellas formas de interrelación. El sistema capitalista no es un resultado "necesario" o "natural" de la evolución social sino que tiene que ser impuesto violentamente por el aparato del Estado a petición de las clases burguesas y mercantiles.

Los procesos económicos logran institucionalizarse rompiendo las fuerzas históricas de reciprocidad, redistribución y de intercambio utilizando a la sociedad como rehén. Las señales que los precios envían a los individuos racionales es que el ansia de beneficio prevalece sobre la religión o la cultura, incluso en las comunidades más tradicionales. El dilema solo puede resolverse si es posible reducir las normas sociales que gobiernan sociedades enteras a los actos de individuos movidos por el interés propio. Los mercados modernos y las estructuras sociales están en conflicto, y allí donde los mercados se expanden se producen convulsiones sociales.

Otro de los pensadores que recientemente ha analizado las consecuencias normativas y los límites morales del mercado es el profesor de Filosofía Política de Harvard Michael J. Sandel: nos expone en su libro "Lo que el dinero no puede comprar ", que se ha pasado de tener una economía de mercado a ser una sociedad de mercado, a permitir que la fría lógica económica guíe el rumbo en situaciones en las que la ética y la moral deberían pesar más. Cuando decidimos que ciertos bienes pueden comprarse y venderse, decidimos, al menos de manera implícita, si es apropiado tratarlos como mercancías, como instrumentos de provecho y uso. Pero no todos los bienes se valoran propiamente de esta manera. Introducir un factor monetario en un escenario no mercantil, pagar  por ejemplo a los niños en las escuelas por leer libros, pagar por donar sangre, dar prioridad en las colas a la gente que tiene un pase pagado vip, puede cambiar la actitud de la gente y desplazar los compromisos morales y cívicos.

¿Por qué debe preocuparnos que vayamos hacia una sociedad en la que todo está en venta? Por dos motivos principales: uno es la producción de desigualdad, y el otro la corrupción. En una sociedad en la que todo está a la venta, la vida resulta difícil para las personas con recursos modestos. No tienen las mismas opciones de acceder incluso a servicios básicos como la salud y la educación provocando  las convulsiones sociales de las que hablaba ya Polanyi.

En segundo lugar, para Sandel mercadear con las cosas las corrompe: corromper un bien o una práctica social significa degradarlos, darles un valor inferior al que les corresponde. Los mercados tienen una tendencia corrosiva. Poner un precio a las cosas buenas de la vida puede corromperlas. Porque los mercados no solo distribuyen bienes, sino que también expresan y promueven ciertas actitudes respecto a las cosas que se intercambian.

Los economistas a menudo dan por supuesto que los mercados son inertes, que no afectan a los bienes intercambiados. Pero esto no es cierto, los mercados dejan su marca. Parte del atractivo del mercado estriba en que no emiten juicios sobre las preferencias que satisfacen. No se preguntan si ciertas formas de valorar son más nobles o dignas que otras. Si alguien está dispuesto a pagar, por un órgano vital por ejemplo, y otro está dispuesto a vendérselo, la única pregunta que el economista hace es: ¿cuánto? Los mercados no reprueban nada. Y en ocasiones los valores mercantiles desplazan a valores no mercantiles que merece la pena proteger (como la reciprocidad, la solidaridad,...).


Sandel propone que hemos de decidir dónde no debe mandar el dinero: sobre ciertos bienes (salud, educación, vida familiar, naturaleza, deberes cívicos, etc.) debemos saber cómo valorarlos y dejarlos fuera del mercado. Se trataría de cuestiones políticas y no meramente económicas. Se debe debatir, caso por caso, el significado moral de estos bienes y la manera adecuada de valorarlos.

Para Sandel la solución a esta invasión  problemática de los mercados puede resultarnos radical pero se deriva claramente de un pensamiento crítico elaborado: debemos quitarles a los economistas el monopolio de la economía y devolverla al lugar donde surgió: a la Filosofía moral de donde nunca debería haber salido. Seamos pues radicales, al menos, como actitud intelectual de compromiso para mejorar el mundo en el que vivimos.











domingo, 15 de diciembre de 2013

La vida como juego: el valor intrínseco


Una de las funciones del pensar es la de imaginar nuevas posibilidades intentando escapar de las restricciones de lo posible para así poder abrir nuevos horizontes ante una mentalidad dominante en nuestros días como es la analítica, tan encerrada en sí misma y en sus conceptualizaciones de lo real como algo meramente medible.

El imaginar va ineludiblemente ligado a nuestro lenguaje y a lo narrativo que conforma también nuestra vida. A todos desde pequeños nos gusta que nos cuenten historias no solamente para aprender, sino también para compartir y explicar lo que nos rodea. Y ya desde nuestra Antigüedad mediante los mitos y la mitología se pensaba la vida y sus cuestiones más fundamentales. Un pensamiento que ha quedado arrinconado como un juego o algo meramente literario por nuestra cultura técno-científica, pero que, seguramente, nosotros como seres narrativos, íntimamente aún damos valor explicativo para expresar lo que nos ocurre o preocupa.

Uno de los mitos que pueden ayudar a explicarnos la profunda insatisfacción que vive nuestra época y la falta de orientación a la hora de saber valorar que es lo importante en la vida es el de Tántalo: fue condenado por los Dioses a pasar la eternidad sumergido en un río bajo un árbol de ramas bajas repletas de frutas. Cada vez que Tántalo intentaba coger una fruta o sorber algo de agua desesperado por la sed y el hambre, el agua se retiraba y los frutos se le escapan de la punta de sus dedos. El suplicio de Tántalo es la metáfora de la vida humana, situada bajo el signo de deseo insatisfecho, lanzada a la búsqueda de objetos siempre inalcanzables.

Imaginémonos estar siempre ante una vida consagrada a hacer una cosa para obtener otra. Lo que creemos que  tiene valor para nosotros es inalcanzable, esta más allá de nuestras posibilidades. El valor es como el agua que recula y los frutos que Tántalo roza con los dedos sin poder nunca cogerlos. ¿Hasta que punto nuestras vidas siguen ese esquema? Seguramente gran parte de las vidas humanas lo siguen fielmente. Nos vemos corriendo muchas veces sobre un cinta en la que debemos primero tener éxito en la escuela, para después tener una buena educación universitaria y así obtener un buen trabajo que nos permita ganar dinero y fundar una familia. Es una forma de vivir donde lo que deseamos, o a lo que damos valor, es determinado externamente o según las situaciones sociales, muchas veces es inalcanzable. Estamos bajo la condición ejemplar de Tántalo.

Pero existe afortunadamente una alternativa ante esta situación vital: sólo hace falta encontrar un fin, aunque sea puntual, a este ciclo vicioso bajo la forma de una cosa que nosotros deseemos por lo que nos puede aportar más que por ella misma: una cosa que nosotros queramos por lo que ella únicamente es. Por su propio interés intrínseco. ¿Qué hay en esta vida que tenga realmente valor? Hay muchas actividades que tienen un valor meramente instrumental: el trabajo es su concepción más pura es el ejemplo por excelencia de esta lógica de hacer algo para obtener otra cosa. Trabajamos porque queremos ser pagados y ganar dinero. Podemos concluir que en el trabajo no encontraremos el sentido de la vida y esto seguramente limita el campo de actuación a las actividades que realizamos por lo que ellas son.

Estas actividades que practicamos por su interés propio son las relacionadas con las diferentes formas que toma el juego. La fascinación por el juego no es otra que la fascinación de hacer una cosa más que por ella misma y no por otra razón instrumental.  Es algo que los niños saben instintivamente y que los mayores hemos olvidado porque nos hemos convertido todos en Tántalos modernos. Son las cosas que nosotros hacemos por su valor intrínseco las que realmente merecen la pena de ser vividas. Todo el resto son cosas que nos vemos obligados a hacer por su valor instrumental y por lo tanto, olvidables.

Y ya también el gran filósofo austriaco Wittgenstein nos exponía que en un mundo moderno donde no hay una fundación absoluta para el lenguaje lo que debemos hacer es jugar: las palabras no nos hacen estar más cerca de la realidad , las palabras adquieren sentido cuando las usamos. No hay nada trascendente, no hay una perfección fundacional del mundo. Solo en el juego que jugamos el mundo adquiere sentido. Creemos en la práctica no porque este más cerca de la realidad sino porque es el juego en el que estamos dentro. Nos comprometemos con las prácticas (juegos del lenguaje) con entusiasmo, con rigor, pasión y confianza porque estas prácticas nos ayudan a enfrentarnos a la realidad . Cualquier evaluación del juego o de la situación está fuera de esa situación y por lo tanto no es posible.

El suplicio de Tántalo no hace más que murmurarnos una cosa que puede acabar con nuestras insatisfacciones y dramatismos y que los niños ya saben y nosotros hemos dejado pasar: el sentido de la vida es que la vida no es más que un juego.




domingo, 8 de diciembre de 2013

Estudiando la Felicidad: de la conformidad al sentido


Vivimos ciertamente en una sociedad permisiva en la cual uno de sus mecanismos de funcionamiento, que parecen menos evidentes, es que en vez de prohibir hay que intentar que se desee lo que se quiere. El poder en vez de ser autoritario ahora debe seducir. Tenemos el deseo de regular y  lejos de intentar saltarnos las reglas como ocurría anteriormente,  las reglas y las normas son fuentes de placer para muchos cuando deben vigilar como aplicarlas. Construimos normas y regulaciones para nuestro bienestar pero al mismo tiempo el deber se convierte en un placer.

El filosofo Slavoj Zizek nos advierte que podemos encontrarnos ante un totalitarismo democrático en el cual se nos demanda a realizar nuestro deber o trabajo y además disfrutarlo y nos sentimos mal sino nos sentimos bien haciéndolo. Estamos ante una nueva forma de conformidad, más sutil si se quiere, pero siempre presente. Tienes que amar lo que debes hacer, el ser feliz se convierte en el nuevo mandamiento pero si nos detenemos a pensar quizás realmente no deseamos lo que queremos.

Desde el punto de vista de las Ciencias Sociales se comienza a estudiar la felicidad como un fenómeno. La felicidad es definida como un estado subjetivo de bienestar. La felicidad es algo que sentimos. En un sentimiento de placer inmediato o una sensación de conformidad y bienestar con la forma en que nuestra vida discurre. De los diferentes estudios que se han llevado a cabo el descubrimiento más importante es que la felicidad no depende realmente de nuestras condiciones objetivas o de la riqueza de nuestra sociedad. Al contrario, la felicidad depende por encima de todo, en la correlación entre las expectativas y las condiciones. Esto significa que no se es más feliz porque nuestra condición objetiva sea x. Se es más feliz porque nuestras expectativas, cualquiera que estas sean, se han cumplido.

Esta linea de pensamiento sobre la felicidad tiene fuertes implicaciones a la hora de analizar la historia de nuestras sociedades. Uno de estos mecanismos descubiertos de la satisfacción humana es que cuando los cosas mejoran, nuestras expectativas se disparan. Esperamos mucho más cuando se produce una significativa mejora de las condiciones objetivas y esto nos lleva a la insatisfacción porque esperamos más que antes y más si tenemos el mandato moderno de ser felices a toda costa.

Otra interesante conclusión de estos estudios es que si la felicidad esta determinada por las expectativas, dos de los pilares centrales de nuestra sociedad moderna como son los medios de comunicación y la publicidad, no están trabajando precisamente para asegurar el bienestar con sentido sino para que la gente no se sienta bien a pesar de la gran mejora objetiva en las condiciones materiales de nuestra sociedad. Al exponernos continuamente a mejores productos y formas de vida trabajan en incrementar nuestras expectativas para que consumamos más.

La felicidad también se ha estudiado desde otros ámbitos del conocimiento como el de la Biología y llegan a conclusiones similares a los científicos sociales de lo subjetivo de la felicidad aunque con una perspectiva diferente. Los biólogos argumentan que nuestro mundo mental y emocional esta gobernado por mecanismos bioquímicos que fueron modelados durante millones de años de evolución. Como otros estados mentales, nuestra felicidad, nuestro estado subjetivo de bienestar, no es determinado por factores externos como nuestro salario o la situación política de nuestro país sino que es determinado por un complejo, interno sistema biológico de nervios y neuronas y sinapsis en el cerebro y por varias sustancias bioquímicas como la serotonina, la dopamina o la oxitocina. Todo esto controla nuestro humor y nuestro placer, felicidad o tristeza. Una persona que gana la lotería salta de felicidad porque esta reaccionando a varias hormonas en el torrente sanguíneo y a señales eléctricas en el cerebro.

La evolución parece que nos ha programado para mantener nuestros niveles de felicidad bastante constantes. La felicidad y la tristeza juegan un papel en la evolución para promover o no la supervivencia y la reproducción. La evolución nos ha llevado a no ser ni demasiado felices ni demasiado miserables. Esta perspectiva biológica circunscribe la felicidad a disfrutar internamente de sensaciones placenteras el mayor tiempo posible y esto sólo puede conseguirse mediante la ayuda de drogas u otros tratamientos médicos. El dinero, el status social, grandes casas no proporcionan la felicidad. Nuestros sistema biológico se adapta y reduce la sensación placentera.  La felicidad duradera viene únicamente de los compuestos bioquímicos que hay internamente en nuestro cuerpo y que pueden fomentarse con los medicamentos (Prozac) o drogas sintéticas adecuadas. La felicidad es el soma del mundo feliz de Aldous Huxley.

Finalmente desde una perspectiva mas holística podemos decir que quizás la felicidad no es confort, no es placer; por encima de todo esto es encontrar sentido en lo que hacemos a pesar de que esto suponga pasar a veces por malos tiempos o dificultades. Si la felicidad depende del sentido en la época actual jugamos con desventaja si lo comparamos por ejemplo con la época medieval donde el sentido religioso de la vida humana era omnipresente. Puede que el mundo postmoderno haya fragmentado o destruido cualquier intento de sentido absoluto pero la clave para ser feliz esta en sincronizar nuestras ilusiones con las de nuestra comunidad y la gente que nos rodea. Si nuestra historia personal encaja  y esta en línea con las de las personas que nos rodean podemos convencernos que nuestra vida tiene sentido y encontrar así la felicidad y la satisfacción. No conformarnos con lo que nos ofrecen sino en dar un sentido interno a lo que hacemos. La felicidad esta en dar sentido a nuestra vida con los demás.







domingo, 1 de diciembre de 2013

El Capitalismo somos todos: politizando el futuro


Con la crisis económica actual hay una sobreexposición a hablar sobre el Capitalismo. Es algo que tenemos en muchos discursos o en los medios de comunicación casi a diario. Hace no muchos años la palabra capitalismo era algo antiguo y fuera de la moda, como hablar por ejemplo también de imperialismo. Y estos discursos suelen ser muy retóricos, normalmente desfavorables y muy encendidos, pero no nos damos cuenta de que el capitalismo esta dentro de nosotros.

Tenemos discursos muy críticos con el Capitalismo, pero el Capitalismo somos todos y no lo vemos. Hablamos de transformar la sociedad pero en el fondo no estamos transformando nuestras actitudes, expectativas, costumbres, a lo que estamos dispuestos a renunciar y a hacer . Debemos asumir nuestra parte de responsabilidad: aquí nos han metido, pero también nos hemos metido; no nos están dejando salir, pero quizás debemos hacer algo más para salir.

Una de las principales características que marcan la actual globalización es que aunque estemos en crisis, es una crisis interna del Capitalismo: se resolverá dentro de su propia lógica y sin prever un cambio de sistema. Como nos advierte clarividentemente el filósofo alemán Jürgen Habermas, es poco serio fundar una teoría alternativa en la expectativa de un big bang, de una explosión revolucionaria que nos devuelva al comunismo o sistemas similares. No se debe despreciar la capacidad de aprendizaje del Capitalismo. Lo esencial del Capitalismo es que se trata de un sistema dinámico a modo de artefacto que debe moverse para funcionar (crecer, desarrollar, destruir, extenderse) y que es  capaz de transformarse y seguir. Es una economía del tiempo.

La crisis económica actual refleja la incapacidad estructural del orden capitalista para eliminar las injusticias sociales (exclusión, precariedad...), pero una de las ventajas del Capitalismo es que en su dinámica temporal podría ser deformado desde dentro hasta hacerse irreconocible. En el fondo es seguramente la falta de una amplia acción política de las élites y de una base social la que este provocando gran parte de las consecuencias negativas actuales de la crisis.

Vivimos en un tiempo en que lo político carece de prestigio, estamos en la época de la despolitización: el lenguaje debe ser neutro y políticamente correcto; la moralidad debe ser al estilo kantiano: homogénea y universal, sin atender a las diferencias y despolitizando la acción humana; cuestionamos la representación y nuestros representantes políticos como espacio legitimo para hacer política, fragmentamos la acción individual hasta hacerla irrelevante.

Necesitamos seguramente politizar de nuevo muchas de nuestras problemáticas: discutir sin restricciones en el ágora pública lo que consideremos importante. No dejar que la economía se repliegue en supuestas ortodoxias técnicas de modelos económicos a aplicar sin discusión por instituciones no elegidas democráticamente. Utilizar  y exponer todo lo importante sin miedo al diálogo público, no como una mera negociación, sino como una conversación que se compromete con la experiencia, a veces difícil,  del otro a la hora de buscar soluciones.


Afortunadamente, están surgiendo a raíz de esta crisis, unas diferentes culturas económicas que desde dentro del Capitalismo lo pueden cambiar o al menos modelar y que están unificadas bajo el objetivo de una superación del consumismo: redes de producción agroecológica, moneda social, redes de intercambio, cooperativas, universidades  libres. Culturas económicas creadas por masas de ex-consumidores que ya no pueden consumir nada más que a sí mismos y que buscan en esta nueva cultura una forma de vida diferente, más humana e incluyente.

Aristóteles ya nos decía que lo que nos caracteriza como humanos es que somos animales políticos (zóon politikon): la política, el diálogo, la discusión en el ágora pública es lo que nos hace realmente humanos. El animal que hay en nosotros saluda al Dios que hay dentro de nosotros en el momento de la politicicidad. Es nuestra responsabilidad prestigiar de nuevo la política como forma de cambiar las cosas y de ejercer realmente como Seres Humanos comprometidos. La política también somos todos.



domingo, 24 de noviembre de 2013

El precariado: ¿una nueva clase social?


Desde una perspectiva macrohistórica podemos decir que las sociedades humanas han ido construyendo de forma lenta sus identidades estables y esferas de seguridad rígidas a su alrededor para protegerlas. Algo que en la actualidad ha quedado desplazado con nuestro sistema actual que fomenta un modo de vida basado en la competitividad, la meritocracia y la flexibilidad. Y sabemos por experiencia que los grandes cambios sociales han provocado siempre, sin excepción, sus damnificados con nuevas formas de exclusión e incluso la aparición de posibles nuevas clases sociales como el precariado.

El economista Guy Standing analiza en esta fase de desarrollo del Capitalismo en su libro "El precariado: una nueva clase social" la aparición en el mundo laboral de una posible nueva clase social que denomina precariado : no es solo una cuestión de empleo inseguro, de duración limitada y con una protección laboral insuficiente: es quedar anclado en un estatus que no ofrece una posibilidad de carrera profesional, ningún sentido de identidad ocupacional seguro y pocos derechos o prestaciones sociales.

En el proceso de globalización anterior se dio un pacto fáustico: existiría un contrato social en el que se pedía a los trabajadores que aceptaran la flexibilización a cambio de medidas que preservaran el empleo total, manteniendo el nivel de vida a través de un consumo que excediera los ingresos y el valor de lo producido a través del endeudamiento. Con el crash del 2008 empezó la nueva etapa: los ingresos disminuyeron y cayeron por debajo del repago de la deuda, rompiéndose el contrato social y lanzando a gran parte de la población (y los Estados) hacia la bancarrota y la precariedad.

La precariedad significa quedar encadenado a un estilo de vida en el que las tareas realizadas no proporcionan una sensación de desarrollo profesional. El lugar de trabajo es cualquier lugar,difuso, no familiar, una zona de inseguridad. Además el precariado se ve sometido a una gran presión sobre el tiempo que dispone. Debe estar siempre disponible y dedicar una cantidad cada vez mayor al trabajo sin que esto le suponga una fiable seguridad económica.

La precariedad implica también la ausencia de una identidad basada en el empleo seguro sometidos a un estilo de vida terciario que implica la multitarea sin control sobre el uso del tiempo, sin una vinculación hacia el futuro construida desde el pasado. Además de su inseguridad en el trabajo y en los ingresos, los miembros del precariado carecen pues de identidad basada en el trabajo. Carecen de ciertos compromisos morales o de comportamiento que definen una identidad profesional. Parecen más forzados nómadas humanos o residentes que ciudadanos plenos. Impelidos a una multitarea que reduce la productividad en cada y cualquier actividad, habituándose a un pensamiento fragmentado que dificulta realizar trabajos de concentración o reflexión; siendo la interacción interrumpida (tareas, internet, smartphones, videojuegos) el nuevo opio del precariado como lo fue la ginebra o la cerveza en la primera generación del proletariado industrial.

El precariado puede ser una nueva clase emergente que no vea ante sí un futuro de seguridad o identidad y que sienta el temor y la frustración, entrando en una nueva guerra consigo mismos al considerarse (injustificadamente) culpables de su suerte. Pero ¿quiénes forman o pueden formar parte del precariado? Como explica el profesor Gonçal Mayos: la evolución última de las sociedades avanzadas hacia la postindustrialización y la sociedad del conocimiento está provocando que prácticamente todo trabajador sea en gran medida un trabajador coginitivo y que el el precariado (o nuevo proletariado) está más representado que nunca por el cognitariado: los tradicionales obreros tienden a ser substituidos por un nuevo tipo de trabajado intelectual o cognitivo, justificado por el neologismo "cognitariado".

Mayos expone que en la actualidad el sector productivo más poderoso y efectivo es el basado en el saber, o más bien, en la ciencia con aplicaciones técnicas y valor económico. Actualmente el hecho de que el trabajo que se tenga que desempeñar sea más bien intelectual o más bien manual no cambia la condición de proletario. Se asociaba, sin mucha reflexión, a los trabajadores cognitivos a la burguesía, clases pudientes y propietarios, cuando en realidad y por principio dependen sólo de su fuerza de trabajo, su cognición. El profesor Mayos nos recuerda que el proletariado era la clase que se caracterizaba por no tener capital: no tenía propiedades y solo se tenía a sí misma, a su familia (prole) y a su fuerza de trabajo. El cognitariado como tal se caracteriza por poseer sólo su cognición: sus capacidades y habilidades cognitivas, es decir, el resultado de su elaborada educación y formación que es ahora su fuerza de trabajo puesta a la venta en el mercado.

Las sociedades avanzadas postindustriales y cognitivas convierten la precariedad en su característica más definitoria con la desaparición de las tradicionales garantías y seguridades (familiares, de clase...), el desmantelamiento del Estado de Bienestar y la obsolescencia profesional y cognitiva que amenazan con la precariedad a una parte cada vez mayor de la sociedad (incluidos antiguos ejecutivos y miembros de la clase alta). El precariado no es ni víctima, ni villano, ni héroe: somos la mayoría de nosotros.

Posiblemente un paliativo a esta situación es analizar la macrohistoria del Capitalismo, donde vemos que en un momento determinado de su evolución se sustituyeron los lazos familiares y comunitarios, por el Estado y el Mercado ante la promesa de un individualismo emancipatorio que ha resultado seguramente fallido. Volver  el enfoque a los lazos comunitarios, a la familia, a la solidaridad, a la fraternidad, a la intimidad de lo ordinario compartido, es quizás la nueva mirada con perspectiva histórica que proporcione una identidad equitativa a todos sin excepción.


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miércoles, 13 de noviembre de 2013

¿Hacia dónde va la clase media?: de la excepción a la norma


A raíz de esta crisis que vivimos  una de las preguntas que han surgido con bastante preocupación es ¿hacia dónde va la clase la clase media?. Observamos que una parte de nuestros ciudadanos que vivían dentro de lo que parecía el seguro entorno que proporcionaba las sociedades avanzadas, ahora se ven abocados a una precariedad que ha desestabilizado, para muchos de forma sorpresiva, proyectos de vida que parecían siempre progresar dentro de una estabilidad que conformaba un hábitat confortable.

Desde el mundo de la historia económica se ha planteado que quizás la aparición de la clase media sea una mera anomalía dentro de la macroevolución del Capitalismo. Para el economista James K.Galbraith, la clase media fue la respuesta dada por EEUU del siglo XX a la Europa decimonónica; la respuesta dada por Roosvelt y Lyndon B. Johnson a David Ricardo y Karl Marx; la respuesta a un mundo polarizado entorno a las realidades del capital y el trabajo. El conflicto canónico entre el capitalismo y el mundo obrero organizado se resolvió con la era del sindicalismo industria (Detroit) lo que aceleraría el "New Deal" e impulsaría la "gran sociedad" de Lyndon B. Johnson, confirmando a EEUU como bastión de la clase media.

El período entre 1945 y los años 90 del siglo pasado pudo haber sido una etapa "excepcional" para el Capitalismo; ahora hay argumentos suficientes para considerar que vuelve a sus características "naturales" donde la polarización entre privilegiados y desposeídos sea la norma. Existe un aumento constante de trabajos profesionales bien pagados junto al aumento del empleo mal remunerado y la caída de los sueldos medios. Una poderosa élite financiera y empresarial sostiene las riendas del poder y no muestra signos de ceder en desgaste de su riqueza. Los beneficios del crecimiento están colonizados por grandes empresas y pequeña élites. El objetivo del neoliberalismo seguramente no tenía nada que ver con el aumento de la productividad ni con el crecimiento económico, sino con el reforzamiento (o establecimiento en China y Rusia) de una nueva superélite extractiva, la restauración del la class power. En definitiva: la plutocracia de nuevo.

Y puede que estemos ante una nueva vuelta a la tuerca dentro de la macrohistoria del Capitalismo: la de un Capitalismo sin trabajo que derriba varios mitos: en primer lugar el mito de la impenetrabilidad: en el que resulta ficticio el mundo conceptual del pleno empleo; el derribo del mito de los servicios: que no generan suficientes puestos de trabajo y pueden desplazarse a otros lugares y finalmente el mito de los costes: donde la disminución de los costes no nos saca de la plaga del paro existiendo pocos puestos bien pagados.

Con la posible desaparición de las clases medias (un segmento de la población en condiciones de acceder a los bienes de consumo) desaparecería también un mundo bastante predecible y corriente. Aún así, es muy poco probable que el supuesto "choque" derivado del declive de las clases medias provoque conflictos internacionales, pero sí entre grupos y entre inmigrantes y residentes. Las clases medias en los países emergentes que no encuentran salidas profesionales acordes con su formación, ponen sus miradas en la emigración o la revolución. Algo similar esta ocurriendo en los países desarrollados...

Y con seguridad lo importante es que seamos capaces de detectar  y definir críticamente estas macrotendencias para de este modo intentar influir y cambiar su desarrollo.La Economía y la Política se han convertido directamente en unas doctrinas, en Teologías donde no hay espacio para la discusión y el debate. Han dejado de lado toda su intención científica, toda esperanza de bienestar, toda función instrumental. Esta en nuestra mano cambiar esto mediante el debate y el pensamiento en una sociedad que tenemos que lograr que continué siendo abierta a todos .

Un primer paso puede darse, el próximo 29 de Noviembre donde tiene lugar de forma abierta, en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona, el Tercer coloquio macrofilósofico con el tema: Política y conflictos contemporáneos organizado por el profesor Gonçal Mayos y el grupo GIRCHE


http://girchenews.blogspot.com.es/2013/11/iii-colloqui-macrofilosofic.html

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Economía del bien común: generando nuevas alternativas


Muchas veces sentimos que caminamos por senderos ya trazados y de cuyos bordes no podemos salir. Nos parece, normalmente por falta de tiempo, que en nuestro fluir diario no existen mejores alternativas de las que ahora ya recorremos. Pero si miramos con detenimiento a nuestro alrededor, podemos darnos cuenta que mucho de lo que vemos quizás no nos guste. Así, lo que conocemos como mundo económico es un entorno atrincherado en una supuesta complejidad técnica que gestionan solo expertos y cuyas políticas parece que no se puede discutir a pesar de la existencia real de alternativas.

Sentimos con pesar que hay cada vez  una mayor parte de la población que sufre los ajustes de una política económica que excluye a muchos ciudadanos de la posibilidad de intentar llevar una vida digna. Con seguridad nos preguntamos apesadumbradamente si no hay alternativas a esta situación difícil que a muchos les toca vivir. Pero: sí existen modelos económicos alternativos que, a pesar de las críticas y debilidades que técnicamente pueden recibir, llevan implícitos como forma positiva a tomar en consideración esos deseos de mejora y de cambio que todos en nuestro interior tenemos ante una situación que a muchos les parece, con razón, agobiante.

La denominada Economía del bien común del profesor Austriaco Christian Felber es un modelo económico alternativo que se basa en los valores fundamentales que hacen que las relaciones tengan éxito y hacen más felices a las personas: confianza, aprecio, cooperación, solidaridad y voluntad de compartir.

  • La búsqueda del beneficio y la competencia se transforman en esfuerzo hacia el bien común y la cooperación.
  • El éxito económico no se mediría con indicadores de valores de cambio (monetarios) sino con indicadores de utilidades (no monetarios): a nivel macro se sustituye el PIB por el Producto del Bien Común. A nivel micro se sustituiría el balance financiero por el balance del bien común (social, ecológico, democrático y solidario)
  • El beneficio pasa de fin a medio y sirve para lograr el nuevo objetivo de las empresas: la contribución al bien común. El crecimiento económico ya no es el objetivo, las empresas deben buscar un tamaño óptimo y después se liberan de la obligación del crecimiento por el crecimiento para poder cooperar con otras compañías a mejorar el aprendizaje solidario.
  • Se propone una reducción de la jornada laboral a 30/33 horas semanales que permitan a las personas realizar otros aspectos de trabajo comunitario o político. Habría un año sabático cada 10 años de trabajo para dedicarse a temas de interés personal y dejar así puestos de trabajo a desempleados.
  • El liderazgo ya no será de racionalidad con los números, sino de personas que actúan con responsabilidad social, que son compasivos y empáticos y que vean en la participación una oportunidad y un beneficio pensando siempre en la sostenibilidad a largo plazo.
  • Existirían bienes comunales democráticos (commons) a modo de empresa pública en educación, salud, servicios sociales, movilidad y energía.
  • Existiría también un parlamento económico regional y una banca democrática que financiaría en un primer momento al Estado.
  • Habría una dote democrática que limitaría la desigualdad de ingresos y riqueza. Existirían unos ingresos máximos y el exceso se distribuiría a un fondo como dote democrática en forma de fondo intergeneracional.
Estas propuestas, que pueden parecernos utópicas, han recibido una serie de fundamentadas críticas en su mayoría por los defensores del mercado libre. Así por ejemplo, exponen que toda división del trabajo que comporta la economía de mercado libre tiene ya un componente esencialmente cooperativo. Es en el fondo una red de contratos e intercambios de cooperación voluntaria y pacífica.

Además, cualquier persona en una economía de mercado solo es capaz de satisfacer la inmensa mayoría de sus fines si previamente genera riqueza para los demás (contribuye a satisfacer los fines de los demás). Antes de obtener cualquier renta, tenemos que contribuir a fabricar bienes y servicios no para nosotros, sino para los consumidores (y esto consideran que ya es en sí pura cooperación social).

Finalmente, argumentan que determinar las grandes preguntas de la economía: ¿qué producir? ¿quién produce? y ¿Cuándo producir?, no es una cuestión que se pueda decidir asambleariamente por unos pocos. La única forma de averiguar si todos estamos saliendo ganando en cada momento (si cada unidad empresarial acierta o yerra) son los beneficios en competencia y la fijación de precios libre. El mercado es un proceso continuo de prueba y error para descubrir los cursos de acción colectivos más adecuados. Las empresas que no emplean los recursos satisfaciendo a los consumidores simplemente desaparecen dejando paso a empresas eficientes, con beneficios, exitosas y generadoras de valor económico y por tanto, aceptado socialmente.

Quizás el aprendizaje que debamos extraer de todas estas propuestas es que, en primer lugar, la economía no es una ciencia exacta sino una ciencia social que debe centrarse en lo cualitativo, en las personas y no tanto en modelos teóricos cuantitativos a aplicar sin ninguna flexibilidad y  alejados de los deseos y la voluntad de vivir dignamente que a toda persona debemos dar la oportunidad de conseguir. En segundo lugar, y seguramente lo más importante: afortunadamente está inherente en el ADN del espíritu humano el deseo de mejorar y generar creativamente nuevas alternativas. Eso nos garantiza no sólo un futuro mejor, sino el mantenimiento de algo que todos tenemos:  la esperanza y confianza en nosotros mismos como forma de enfrentarnos a cualquier situación difícil que podamos pasar.