"Compendio de reflexiones sobre las Humanidades y las Ciencias con vocación expresiva integradora"
lunes, 23 de abril de 2012
Buscando espacios de libertad: leer para ensanchar nuestra vida
Nos preguntamos si quizás sea necesario intentar cambiar nuestra relación con las cosas como forma de hacer el mundo más habitable. Una mirada desinteresada a veces lírica, a veces melancólica, apasionada o simplemente cariñosa con lo que nos rodea puede ser sin duda el inicio de un cambio que nos permita salir de esa instrumentalización perseguidora de objetivos a corto plazo que es en lo que se ha convertido nuestra relación con la realidad y los demás.
La lectura y los libros son una de las formas más potentes para iniciar ese cambio de relación. Y es que leer puede tener una capacidad sanadora, puede romper las barreras de la realidad, ensanchar la vida, concedernos el engaño de creer, viviendo otras vidas en los personajes de los libros para no estar limitados a una sola existencia. Los libros son una escuela magistral de la condición humana: de sus pasiones, pérdidas, alegrías, miedos o sueños, algo de lo que como humanos no debemos ser nunca ajenos.
Además nos dicen desde la Universidad Sueca de Lund que sin un lenguaje bien estructurado no puedes avanzar. Las palabras son tu instrumento de trabajo, si no lees no consigues dominarlo y entiendes menos de lo que ves y de lo que oyes. El gusto por la lectura es uno de los índices más claros de éxito académico, muy por encima del nivel sociocultural. El nivel de instrucción que da la lectura es un excelente indicador de la calidad de vida (no sólo material) de una población.
Y en épocas totalitarias los únicos espacios de libertad muchas veces sólo se podían alcanzar a través de la lectura. En ese espacio propio e intransferible, la elegancia y la calidez de ese recogimiento personal que es leer, contrasta y apacigua esa dureza de un exterior que con frecuencia nos sobrepasa. Celebrando y participando en días del libro como el de hoy, es quizás la mejor forma de renovar la esperanza de una vida que tiene que ser por convicción, de más calidad humana.
Como sabiamente decía Cicerón: "Si junto a la biblioteca tienes un jardín, ya no te faltará nada".
martes, 10 de abril de 2012
Una mente bien ordenada: el conocimiento como virtud moral
Si nos preguntamos por cómo alcanzar la excelencia moral en nuestra época moderna, casi con total seguridad lo asociaremos más a la eficacia en nuestro desarrollo profesional que a una virtud del espíritu humano. Cuantas veces vemos que ciertas prácticas profesionales de éxito no son correspondidas con un comportamiento en lo personal acorde con ese estatus en lo laboral. Ya sabemos que virtudes publicas a veces llevan parejas vicios privados.
No se trata de hacer moralismo fácil, pero esa falta de exigencia moral en la vida personal y el trato a los demás es quizás uno de los signos más visibles de una modernidad que ha trasladado exclusivamente al éxito profesional la idea antigua de perfección personal a través del cultivo de la virtud. Nos acostumbramos cada vez más a tratar de vivir dignamente nuestra cotidianeidad entre escándalos, abusos y expolios de toda índole.
Mucho de este status quo actual en crisis viene quizás dado por la evolución que al ámbito de la concepción del conocimiento hemos ido dado a través de nuestra historia como seres humanos: de concebir el conocimiento como el cuidado virtuoso de sí mismo, el saber como medio para mejorarnos y cuidar de nosotros y de los demás, hemos pasado al conocimiento como forma de poder y mero instrumento productivo transformador de objetos que hacen que la riqueza sea vista como una mera acumulación material a todas luces compulsiva.
Y quizás sea ya tiempo de volver a trasladar de nuevo esa excelencia a la concepción clásica del cultivo personal del conocimiento con el único objetivo de mejorar en nuestras capacidades (nuestro carácter o ethos) para después intentar mejorar a los demás (mediante la política) y tratar de dar así un nuevo giro al tiempo circular de lo humano.
Todo esto no será posible sino buscamos conscientemente tener una mente bien estructurada como nos decía el pensador Edgar Morin: los grandes desafíos de la enseñanza contemporánea es originar mentes bien ordenadas antes que bien llenas, enseñar la riqueza y la fragilidad de la condición humana, iniciar en la vida, afrontar la incertidumbre, aprender a vivir en esa condición a través de la literatura, la poesía, la filosofía para después cultivar un pensamiento racional, analítico y técnico que permita buscar adecuadamente los medios de subsistencia que como ciudadanos formados debemos también perseguir.
En los tiempos desencantados que corren, debemos volver a comenzar a pensar que una persona rica o de éxito no es quien acumula meros objetos o posiciones profesionales sino aquel que tiene experiencias y trabaja pacientemente en el conocimiento para después compartirlo desinteresadamente con los demás. La verdadera excelencia moral radica en esta concepción clásica de la virtud personal basada en el cultivo de uno mismo que no deberíamos quizás haber abandonado nunca.
jueves, 29 de marzo de 2012
Lectura recomendada: De Dios y del ateísmo
Hay preguntas a las que sólo podemos contestar personalmente. Hay también grandes cuestiones que nos acompañan durante toda una vida. Una de ellas sin duda es nuestra concepción del hecho religioso: una comprensión que puede venir desde el sentimiento hasta la razón. Quizás para muchos la vía más segura es el pausado reflexionar desde nuestra limitada racionalidad sobre una cuestión, Dios, que casi por definición escapa a la aprehensión en nuestro mundo. Pero ello no es óbice para que mediante el esfuerzo personal y el cuidadoso estudio histórico intentemos dar alguna luz, aunque sea a breves fogonazos, sobre una de las principales cuestiones de nuestro existir.
El libro De Dios y del ateísmo del economista Pere Costa es uno de los grandes ejemplos de como desde fuera de un mundo académico, muchas veces encorsetado, la esforzada reflexión personal sobre Dios desde la razón, como uno de nuestros elementos esenciales como Seres Humanos, hagan que paradigmáticamente la importancia este en el proceso personal y no en las respuestas que muchas veces sobre la cuestión religiosa no se encuentran en el sendero de la razón sino más bien en el del sentimiento.
Un libro que recoge ordenadamente las perspectivas históricas, antropológicas, filosóficas sobre Dios y el hecho religioso y que cede también la palabra a la Ciencia como actor fundamental en nuestra modernidad. Una obra que nos acercará al hecho religioso pero que, como dice el autor, no pretende un esclarecimiento definitivo sobre la cuestión ya que "al creyente ninguna explicación le es necesaria, y al no creyente, ninguna explicación le es suficiente".
La misma palabra religión viene del verbo latino religare: re (de nuevo) ligare (ligar o amarrar). Religión significaría pues ligar de nuevo: un ser humano que nace con la mitad de la frase y que busca la otra mitad en el arte, la literatura el pensamiento y la religión. Una reflexión personal sobre Dios y la religión ineludible para nosotros como humanos y que con el libro de Pere Costa podemos abrirnos camino ya que como decía Wittgenstein: " Hay… lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo”,es decir, existe lo místico, y que esto místico se muestra de algún modo, aunque no en el lenguaje usual". En el fondo, nos rodea el misterio...
viernes, 23 de marzo de 2012
Viviendo cerca de los por qué: el perspectivismo de Ortega y Gasset
Podemos adoptar diferentes actitudes ante la vida: desde verla como una cuestión meramente de supervivencia operativa privilegiando en nuestras elecciones el cómo, hasta intentar comprender el por qué de lo que hay detrás de esa inmediatez en la que en muchas ocasiones no nos queda más remedio que vivir. Lo que es común a estas actitudes es que van a depender sin duda de la visión personal que tengamos del mundo y nuestro acontecer personal, es decir, de nuestra perspectiva de las cosas.
Desde la filosofía es el pensador español Ortega y Gasset quien mejor desarrolla las lineas maestras que afirman que las distintas concepciones del mundo dependen del punto de vista circunstancial de los individuos mediante el denominado perspectivismo: para Ortega la realidad era suma de la existencia humana individual y su circunstancia, considerada como el ámbito de los problemas a los que tenemos que enfrentarnos como sujetos. Así por ejemplo para nuestra concepción la esencia de la Tierra no está en su definición astronómica o geológica sino en las dificultades y facilidades que nos ofrece: lo que nos sostiene, lo que a veces tiembla, lo que nos separa de nuestros seres queridos.
De esta filosofía Ortega proclama un principio dinámico: "la vida no tiene un ser fijo y dado de una vez para siempre, sino que está pasando y aconteciendo". El ser principal de un hombre, un pueblo o una época es su sistema de creencias. Ortega ponía la plenitud de la vida y la cultura en el cambio de valores y la recuperación de la vida espontánea como valor mediante el vitalismo. Cualquier circunstancia objetiva puede matizarse y superarse con nuevos conceptos circunstanciales desde nuestro Yo-Circunstancia en su devenir vital.
Y es en la educación con el fomento dinámico del crecimiento interior a partir de nuestra perspectiva y experiencia personal donde podemos extraer ese vitalismo que forma parte esencial de lo que nos conforma como seres humanos. El desarrollo personal solo se produce a partir de nuestra experiencia plena y directa de la realidad por más difícil que ésta pueda llegar a ser, como ocurre en la época actual. De aquí debe surgir una fuerte voluntad de querer estar bien fomentada por nuestra capacidad de interrogación.
Vivir diariamente cerca de los por qué será sin duda la mejor garantía de que cualquier circunstancia vital nos ayudará a ampliar esa perspectiva personal que los tiempos actuales necesitan de cada uno de nosotros para poder avanzar.
jueves, 15 de marzo de 2012
La vida como respuesta: la sensación de fluidez
Se hace difícil pararse a reflexionar porque esta falta de actividad es vista como una pérdida de excelencia personal. Nuestras empresas buscan más perfiles de utilidad dirigida, repetitiva y de usar y tirar a personas y directivos que entiendan la vital importancia de tomarse su tiempo para estructurarse y dirigir su mirada hacia una trayectoria personal y profesional consciente y responsable no sólo con uno mismo, sino también con los que te rodean.
Quizás sea importante respetar el proceso de las cosas: hay que invertir tiempo en aprender, interiorizar las reglas de juego, afinar los detalles y redescubrir la tenacidad natural que todos tenemos. Tampoco hemos de dejar a otros la posibilidad de inmovilizarnos: el miedo puede llevarnos a esperar que todo vaya a seguir siendo igual.
Sentir la sensación de fluidez que esta en la esencia de la vida nos ayudará sin duda. Heráclito ya nos decía sabiamente que todo fluye (panta rei). La clave está en el cambio como constante: ninguna situación es inmutable para siempre.
Esta nueva visión puede conseguirse ejercitando conscientemente:
- La fluidez mental: dejando que surjan ideas inesperadas.
- La fluidez emocional: dejando que el miedo, el odio o la ira simplemente pasen.
- La fluidez social: aportando motivación y creatividad
- La fluidez cultural: formándote en todo aquello que suponga entender mejor lo que te rodea.
Se trata simplemente de intentar no sucumbir a modelos sociales que se convierten en modelos mentales. Apostar por uno mismo, mediante la reinvención en la fluidez constante, evitará el inmovilismo que causa el miedo a un futuro a todas luces incierto para todos. Como decía Montaigne: hay que dejar que la vida sea su propia respuesta.
sábado, 3 de marzo de 2012
Maestros en la vida: tomando decisiones con los clásicos
Hay momentos cruciales en nuestra vida en que se hace necesario aventurarnos y tomar caminos que no sabemos donde pueden llevarnos. Hay también significados cuya alcance no acabamos de entender hasta que los ponemos en práctica. Se trata en el fondo de un proceso inverso a la reflexión donde pasamos de ver la realidad a través de las ideas a ver las ideas a través de la realidad. Un proceso sin duda necesario para evitar prejuicios o sesgos cognitivos en el proceso de la información.
Conocer es actuar: la incertidumbre, la discrepancia y la inconsistencia constituyen a veces la moneda de cambio de cualquier toma de decisiones o disciplina de conocimiento. Eso no debe paralizarnos sino que al contrario, forma parte irrenunciable del proceso. Hay que tener también en cuenta los efectos y que no hay discurso o actuación ideológicamente neutro: habrán siempre implicadas personas que no deberíamos considerar como meros objetos sino como sujetos. No se puede pretender adecuar la realidad a nuestro pensamiento.
Y dónde buscar el coraje para actuar correctamente es uno de los principales retos que tiene cualquier persona o directivo. En el mundo moderno a este coraje lo llaman competencias que tienen los directivos excelentes: pensamiento analítico, integridad, autocontrol, inteligencia emocional... Pero ya nuestros clásicos se habían preocupado de como hacer viable la propia existencia allí donde nada es dado y todo debe ser construido.
Para muchos pensadores antiguos la verdadera libertad estaba basada en la virtud: así para Platón en su mito del auriga o del carro alado considera que el hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro (placer) y acompasarlo con el blanco (deber) para correr sin perder el equilibrio. Y para ello la utilización de su alma racional y las virtudes como la prudencia, la fortaleza, la justicia y la templanza son la guía esencial en esa carrera en que a veces se convierte nuestro devenir vital.
Pero la aportación más interesante en el concepto de virtud la realiza Maquiavelo que la considera una energía interna y activa del hombre, la cual podía vencer a la suerte (fortuna). La virtud no es ya una cualidad interna o inherente al gobernante, sino que ésta depende también de la acciones exteriores, de los acontecimientos y el devenir de la historia. La virtud es también la capacidad de gobernar, proporcionar estabilidad y orden.
Quizás en la sabia y equilibrada combinación de esa energía interna reflexiva con nuestras acciones exteriores radique la verdadera esencia de lo que significa tener competencias para realizar una función. Y tomar decisiones revisitando nuestros clásicos puede ser una apuesta segura. Ya nos decía Aristóteles: los discursos generan menos confianza que las acciones
martes, 21 de febrero de 2012
El personalismo: el ser humano en construcción
Intuimos por nuestra experiencia que la construcción de la vida está mucho más en manos de los hechos que en la de las convicciones. Vivimos en unas organizaciones empapeladas de visiones y principios éticos de actuación cuya función muchas veces no deja de ser la de meramente decorativa. Y en ellas las personas que dedican gran parte de su vitalidad al desarrollo de los objetivos de estas organizaciones son tratadas como meros recursos prescindibles (eso sí, eufemísticamente denominados humanos) . Como decía la filósofa española María Zambrano: "Nada hay que degrade y humille más al ser humano que el ser movido desde fuera de sí mismo".
Dicen sabiamente que dirigir es educar: los directivos con responsabilidades de dirección de personas quizás deberían reflexionar sobre lo que significa en esencia su función. Su capacidad de juzgar debería basarse en la cohesión de sus principios y ser conscientes que ellos son responsables de los juicios y actuaciones que realicen sobre sus colaboradores para así actuar con criterio, elevando la inteligencia que se les supone a categoría moral.
La concepción que tengan del Ser Humano será sin duda determinante a la hora de comportarse con sus iguales. A veces viven subyugados por un prisma conceptual que confirme sus actuaciones dudosas eligiendo selectivamente de la realidad aquellos hechos o cifras que casan con sus propósitos sin dar una coherencia global de lo que significa vivir en comunidad.
La corriente filosófica denominada Personalismo representada por Mounier considera al Ser Humano como persona que no es una cosa o sustancia en contra del pensamiento griego y el de Descartes. La persona no es un dato o un fenómeno, sino un proceso (el de personalización) que nos hace madurar moralmente. La persona humana es una actividad espiritual (no psicosomática) que proporciona lo mejor a todos desde la propia singularidad y su acciones (opus operans). Cada persona sin excepción es intencionalidad, compromiso histórico, abertura a los otros, búsqueda trascendente y comunicación.
Como directivos lo que hacemos en el fondo es dirigir personas y en el proceso de consecución de unos objetivos educamos y nos educan para comprometernos por la libertad y desarrollo de todos. Aquí radica la verdadera madurez moral. Alinear esta coherencia interna de concepción del Ser Humano como Persona con mayúsculas con los objetivos que a veces tan trivialmente se promueven en cúpulas empresariales impersonales, es en esencia lo que significa realmente dirigir responsablemente.
En este camino no hay atajos. Nuestra libertad a veces es reducida pero siempre subsiste la capacidad de elegir no hacer sufrir a ninguna Persona. Con este compromiso nos adueñaremos de nuestra propia experiencia porque nuestro negocio nos el de las cosas ni los números sino el de la gente, sirviéndoles.
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jueves, 9 de febrero de 2012
El miedo como moral: la ética de la libertad
Si tomamos en sentido estricto el evolucionismo biológico quizás podemos concluir que no venimos a este mundo a ser mejores cada día. Tampoco traemos un mandato de ser hostiles y peores cada día. Intuimos que venimos simplemente a sobrevivir: para ello, a veces es mejor ser peor y viceversa. Parece que la cualidad dominante de los genes es su egoísmo despiadado pero sabemos también, por experiencia de unos millones de años, que nuestra especie ha definido un código de conducta más bien justo, amable y cooperativo entre los individuos. Altruismo y egoísmo cooperan e interactúan en el éxito evolutivo.
Y ¿hasta que punto somos moralistas como forma de dominación de los demás? Nos convertimos a veces en policías morales si los hechos no se adecuan a nuestras expectativas. Realizamos con tremenda facilidad teorías y valoraciones normativas (lo que debe ser) en todas nuestras actuaciones cotidianas desde un perspectivismo que adolece de cualquier mínimo de voluntad objetiva de tomar en consideración la personalidad y circunstancias del otro.
No creer en ideales morales absolutos o revelados divinamente no significa que se puede rechazar la ética porque es relativa. Principios insultantemente simples como "haz lo que aumente la felicidad y disminuya el sufrimiento" tienen una aplicabilidad universal. Reflexionando quizás haya que aceptar que mis propios intereses no pueden simplemente porque sean míos o de mi corporación contar más que los demás. En algún momento de nuestro razonamiento moral debo elegir el modo de actuar que tenga las mejores consecuencias para todos los afectados. Y esto es especialmente relevante para aquellos que tienen la responsabilidad de dirigir personas.
El discurso que libre y fundamentadamente adoptemos a partir de los hechos creará nuestra identidad y la forma en que los demás se relacionen con nosotros. Combinar sabiamente la libertad de los antiguos (las virtudes cívicas como la justicia, tolerancia y el altruismo) con la de la modernidad (la libertad personal) es una titánica tarea a la que todos estamos llamados en nuestra vida diaria. Entornos de crisis que derivan con frecuencia en actuaciones de mera supervivencia no son en el fondo capaces de esconder la radical pregunta que se nos plantea como Seres Humanos: si no tuvieras miedo ¿qué harías?
miércoles, 1 de febrero de 2012
Ocuparse del presente como utopía
Algunos tiempos traen un tipo de mirada diferente que desde la incertidumbre de intentar asomarse a un horizonte final, pueden llevar a cierta tristeza interiorizada en forma de desasosiego por lo que pueda venir. Vemos el futuro asociado a especuladores que han puesto en peligro algo tan preciado como el presente que habitamos.
Un sistema económico y social basado en la incertidumbre como el que describe el sociólogo Zygmunt Bauman provoca que en el mundo laboral "tu último logro (no el penúltimo) es la medida de tu mérito". Se mantiene a los trabajadores en un movimiento constante en búsqueda febril de evidencias nuevas que les indiquen la prolongación de su permanencia.
Y a pesar de eso, lo importante en el fondo es ser capaces de jugar, intentando generar las condiciones operativas en nuestro entorno que mantengan nuestra condición como personas con conciencia que somos. Puede tratarse simplemente de tener la voluntad de ocuparse del presente con las cosas del presente huyendo de visiones ideológicas utópicas futuras que muchas veces sólo esconden un deseo dominante moralizador.
Pensar en buscar líneas de fugas no significa huir de la realidad de la vida evadiéndonos en un presentismo sin perspectiva, sino más bien al contrario, como decía Deleuze: huir es producir la realidad, crear vida a través de repensar el presente desde el mismo presente, sin exigencias orgullosas de excelencia apropiativa asociadas a un progreso altamente ideologizado (de carrera profesional, posición social...) como el que se desarrolla en nuestro ámbito laboral. Buscar la sostenibilidad, no sólo material sino también mental de nosotros mismos y los que nos rodean, es quizás el acto más utópico que podemos llevar a cabo.
Y la forma en cómo sintamos el tiempo puede ayudarnos en esta búsqueda de habitar el presente con lucidez: así para la modernidad y la tradición Occidental el tiempo es lineal con un propósito de progreso material y perfeccionamiento personal. Bajo esta visión, la idea de luchar por un futuro mejor subyace como leivmotiv de muchas actuaciones vitales. En cambio para nuestros clásicos griegos el proceso histórico es una reiteración cíclica que tiene sentido no en el mundo del futuro, sino en el del Ser.
Tener las perspectiva de sentir el tiempo como algo interno e intransferible a nuestra persona cuyo uso sólo nosotros podemos valorar, sin buscar proyecciones externas futuras, muchas veces impuestas, de lo que debemos ser puede darnos esa sabiduría de convivir sin ansiedades en un presente continuo.
Ya en la mirada ilustrada y triste de Jovellanos, vemos la mirada de la razón desencantada de lo irracional del mundo, la soberbia del entendimiento derrotada por la solidez y la opacidad de las cosas y no por ello en sus pensamientos consideró imprescindible el repensar y ocuparse del presente como forma de vertebrar un sueño utópico verosímil.
domingo, 22 de enero de 2012
La Belleza convulsa: el Psicoanálisis y la Subjetividad Surrealista
La necesidad de liberarnos de los límites que nos rodean hace que muchas veces los necesitemos transgredir. La problemática relación que siempre ha existido entre las palabras y las cosas hace que todo pueda depender en última instancia de nuestra valoración personal. Nuestra subjetividad surge al final en muchos casos como criterio no solo de toma de decisiones, sino como enfermedad y cura de nuestros padecimientos. Y eso a pesar de que ha sido duramente combatida por corrientes empirístas y positivistas del pensamiento y la Ciencia.
Lo que nos conforma y queda como un poso en cada uno de nosotros es nuestra propia experiencia de la realidad. Es algo en el fondo íntimo e intransferible que observamos en modo de sentimientos, lenguaje o sensaciones físicas. El resto pueden ser interpretaciones ajenas con las que podemos o no coincidir o asimilar.
Hacernos conscientes de esta fenomenología de la vida nos llevará sin duda hacia el sufrimiento, que de forma subjetiva todos vamos a padecer por el mero y afortundado hecho de estar vivos. Y surge entonces el psicoanálisis como corriente de pensamiento en Psicología que intenta dar respuesta metodológica a estas constataciones que todos hacemos como seres humanos.
Para Freud, como creador del psicoanálisis, con la palabra se puede curar la enfermedad mental, en contra del criterio de una base exclusivamente biológica de nuestros estados mentales. Además los síntomas de una perturbación pueden hacer referencia a la acción de algunas ideas sobre nosotros. Freud trata de liberar a la gente de sus padecimientos a través de la práctica psicoanalítica. Algo que ha sido a veces erróneamente despreciado desde ciertas ramas de la Ciencia que considera al Ser Humano algo así como una mera máquina biológica a la que basta medicar con fármacos de diseño para curar, si puede ser, de una forma rentable.
Freud nos aporta en positivo la idea de la subjetividad como algo irrenunciable del Ser Humano. El ser hablante no es dueño absoluto de sus actos ni pensamientos. Permanece una dimensión inconsciente en nuestra práctica cotidiana (lapsus, olvidos...).
Frente a la incertidumbre de saber lo que somos el cientificismo apunta a la extinción de lo subjetivo en nombre de una programación genético o neuronal que dejaría al hombre a merced de su cerebro, único creador de nuestras vidas. Freud piensa al sujeto como responsable de sus dichos y sus actos y su herencia genética no lo exime de las decisiones que toma, no lo hace irresponsable.
Finalmente Freud nos hace conscientes de cierta conductas adictivas en nuestra sociedad con su descubrimiento de la pulsión de muerte como algo que desdice una universal aspiración a la felicidad de todos los Seres Humanos.
Las crisis es la manera que tiene la incertidumbre para avisar de que el modelo vigente ha caducado. Algo que la corriente artística del surrealismo ya advirtió a principios del siglo pasado con el desbordamiento de la mirada y valores burgueses tras la Primera Guerra Mundial.
De acuerdo con los surrealistas, mirar objetivamente es inventar: la apariencia realista de los objetos no impide evocar la actividad profunda del inconsciente y obligan al sujeto a hacerlo de forma activa con la desvelación a través de objetos y formas corporales de belleza convulsa que desvelan impulsos y miedos del subconsciente, que la cultura reprime y sepulta.
Y del Arte podemos aprender que si a algo no deberíamos renunciar de forma consciente en nuestra manera de vertebrar la creación de nuestra vida es a nuestros propios miedos y subjetividad. Lo cual nos hará sin duda más humanos y menos dependientes en una sociedad tan mecánica y aparente como la nuestra.
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