"Compendio de reflexiones sobre las Humanidades y las Ciencias con vocación expresiva integradora"
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Acto de Fe: la sustancia de las cosas esperadas
Solemos focalizar nuestro pensamiento en el futuro. De aquí surgen los mejores propósitos que se materializan en acciones que planificamos en detalle pero a su vez esta voluntad proyectada más allá de las vivencias actuales es fuente de dudas, preocupaciones y ansiedades dado la difícil predicibilidad de la consecución de los resultados que deseamos. Lo importante quizás hasta ahora ha sido que siempre nuestro sistema nos ofrecía una posibilidad de futuro deseable por el que valía la pena esforzarse. Un futuro que con los críticos acontecimientos que vivimos queda cuestionado sino esta siendo en el fondo desmantelado a marchas forzadas.
Y para que haya futuro antes tiene que haber Fe: un acto de Fe en las posibilidades de la vida. La Fe es sustancia de las cosas esperadas, es el crédito (Fe o pistis en griego significa crédito) que nos dan y nos damos para pensar que vamos a tener un futuro (y que este debe ser mejor). Un concepto el de Fe que ya el antiguo cristianismo utiliza para pedir los mayores sacrificios terrenales para prometernos ganar una eternidad futura dichosa. Fe, crédito, esperanza en el futuro y redención han movido el mundo Occidental desde tiempos inmemoriales.
Con la fase actual de desarrollo del capitalismo ya poca gente habla de futuro: en el deseo de aferrarse a un poder que se desvanece surge la pregunta de qué más se puede comprar cuando nuestro sistema se ha apropiado del futuro propio y ajeno. En el capitalismo, como el cristianismo, existe un pecado original denominado crematística, un término de raíz griega que invoca el lado oscuro de la economía: la especulación, la mera acumulación de riqueza, la apropiación desaforada de los recursos que desenboca en la exclusión y condena a la inanidad a una gran parte de la población. El consumo da forma de culto al capital y tiende a denegar cualquier realidad externa apropiándose del futuro propio y de aquellos que nos rodean.
Dicen que el dinero ha perdido sus cualidades narrativas: ya no habla de otra cosa sino sólo de si mismo. De acumulación, especulación o desaforado malgasto. El dinero es la única forma de generar tiempo actualmente y ha hecho que dejemos de pensar en la eternidad o en construir a largo plazo. El sistema mediante los bancos juega sin escrúpulos con el crédito, o lo que es lo mismo, secuestran nuestra Fe y destino particular, nuestro futuro. Con la abdicación de funciones del Estado, las agencias de calificación, las primas de riesgo, los índices de confianza son contadores de Fe (de la mala Fe) y han tomado la soberanía para disponer de nuestro futuro y de nuestra redención como individuos. La masa ya no es una amenaza para el Yo sino que el Yo absoluto del capital se ha convertido en un peligro para nuestra propia individualidad, en un sistema como el capitalismo para el que las crisis lejos de debilitarlo, las utiliza para destruir y crearse de nuevo con más fuerza.
Puede haber un fuerte componente ideológico en la crisis actual que nos aleja de interesadas explicaciones técnicas: la creciente desigualdad de rentas que aparece con las políticas de corte radical liberal en los ochenta y que posteriormente intenta mantener artificialmente la demanda de parte de la población excluida mediante el crédito (o las denominadas hipotecas basura), acaba por explotar en una realidad donde de nuevo el capital mal repartido y acumulado en pocas manos y los bancos se convierten en exclusivos detentores de un crédito hecho de la sustancia de nuestro futuro y deseos. Pero nos queda quizás lo más importante: no vender a crédito nuestra esperanza de algo tan humano como el poder de reinventarnos con la sustancia de las cosas esperadas y redimir un sistema que necesita sin duda de una mirada más humana.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Creando capacidades como forma de desarrollo humano
Uno de los grandes temas de lo humano es la fragilidad que nos constituye como esencia. Desde la perspectiva más amplia de las Ciencias Sociales en nuestro vivir en sociedad como parte integrante de un sistema, estamos expuestos a la vulnerabilidad de las circunstancias que pueden sernos desfavorables en algunos periodos de nuestra vida. Es legítimo pensar que como sociedad hemos de poder dar una respuesta eficaz y reconfortante a las personas que sufren circunstancias adversas porque en ello nos va lo que realmente nos da valor como seres humanos: nuestros ideales. Y la justicia social es sin duda uno de los más dignos.
Como expone la filósofa norteamericana Martha C. Nussbaum en su reciente obra "Crear capacidades" sabemos que en democracia los mecanismos mediante los que se articula una respuesta social a un desafío residen en la acción política: ya desde el pensamiento ético y político de Aristóteles se creía que los planificadores políticos tenían que entender qué necesitan los seres humanos para llevar una vida próspera. Su ética estaba pensada como guía para futuros políticos que podrían ver así cuál es el objetivo al que deberían aspirar con sus decisiones. Y no recomendaba que obligaran a sus ciudadanos a realizar una serie de actividades supuestamente deseables. Los animaba a que produjeran capacidades u oportunidades para sus gobernados.
Afirmaba que la búsqueda de riqueza no es un objetivo general apropiado para una sociedad digna y aceptable porque no es más que un medio y degrada y deforma la acción política. Un plan político tiene que fomentar un conjunto de bienes diversos e inconmensurables que supongan el despliegue y desarrollo de unas aptitudes humanas diferenciadas. Además, deberá aspirar a promover esos bienes no sólo en aras de una cifra agregada global, sino por todas y cada uno de los ciudadanos. Aristóteles comprendía bien la vulnerabilidad humana y era consciente que el Estado está obligado a abordar cuestiones que compensarán esta debilidad humana esencial.
Y el pensamiento clásico también nos enseña con el estoicismo que todo ser humano, por el simple hecho de serlo, es poseedor de dignidad y merecedor de reverencia dado que tenemos la capacidad para percibir distinciones éticas y formular juicios éticos. Esta idea de igualdad de respeto para la humanidad en general es uno de los elementos fundamentales de la llamada "ley natural", la ley moral que debe guiarnos. Así pues, dignidad humana y desarrollo de capacidades deberían ser la guía de la acción política ya fijados desde la antigüedad.
Debemos ser conscientes que durante muchos años, el modelo reinante en la economía del desarrollo medía el progreso de un país fijándose únicamente en su crecimiento cuantitativo que reflejaba su PIB por cápita. Consideramos el desarrollo como algo deseable y como concepto normativo: significa que las cosas están mejorando con la suposición implícita de que el PIB medio por habitante se tomaba como indicador de la calidad de vida de un país. La política económica estaba pues enfocada al crecimiento de la riqueza midiendo la calidad de vida en términos estrictamente monetarios de renta y riqueza. Un enfoque apropiativo alejado del humanismo clásico y una acción política limitante que explica en cierta medida la situación de crisis actual.
Nussbaum relaciona las capacidades centrales que hacen que una vida sea digna de ser vivida y que debe perseguir toda acción política:
- Duración normal de la vida,
- Salud física,
- Integridad física y seguridad,
- Capacidad de poder usar los sentidos la imaginación y el pensamiento,
- Sentir emociones y poder expresarlas,
- Razón práctica como forma de poder planificar reflexivamente qué vida llevar,
- Afiliación e interacción social en grupos elegidos libremente,
- Relación respetuosa con otras especies y el mundo natural,
- Poder reir, jugar y disfrutar de actividades recreativas,
- Control sobre el propio entorno: político con la participación democrática y material con la propiedad y derecho al trabajo en plano de igualdad.
A nosotros a nivel personal todo esto quizás nos debería servir para ampliar nuestro enfoque y reflexionar hasta que punto hemos basado nuestra medición del progreso en la vida en el simple bienestar y desarrollo económico material de renta y riqueza sin tener en consideración otras capacidades que se nos ofrecen. Reenfocar nuestra acción a lo que realmente marca la calidad de vida con el desarrollo global de las capacidades humanas nos hará progresar de verdad y a su vez menos vulnerables ante circunstancias adversas.
martes, 6 de noviembre de 2012
La pasión por el pensamiento: Montaigne y la perspectiva interior
Encontrar lo que nos apasiona no suele ser una cuestión fácil. El camino a realizar suele ser un recorrido a veces sinuoso durante el cual tenemos la necesidad de experimentar y descartar muchas opciones. Pero el hallar un objeto de nuestras pasiones nos da la plenitud de sentir que la vida vale la pena vivirla desde nuestra particular e insustituible perspectiva personal, contestando así a una de las grandes preguntas de la filosofía.
Tenemos grandes pensadores como Pascal o Montaigne que han hecho de la búsqueda personal de sus propias pasiones materia de su filosofía. Son los inventores de la denominada filosofía aplicada: huyen de las abstracciones metafísicas y se limitan a lo tangible de su propia experiencia. Y es que hay algo más serio que la filosofía: nuestra propia vida. Ya para Platón y Aristóteles llevar una vida buena era más importante que engendrar una gran filosofía. La problematica existencial de qué vida llevar debería estar pues en el centro de cualquier sistema filosófico.
Son en estos azarosos tiempos que vivimos cuando se hace más necesaria esa perspectiva vital que ofrece el reflexionar sobre lo que nos ocurre y como nos afecta desde la confianza que en nuestro devenir vital toda experiencia puede tener sentido si encontramos nuestra pasión y propósito. Así para Montaigne su gran hobby era su libre vida interior. Un espíritu cultivado que solo se apasiona por el ejercicio del pensamiento que plasma magistramente en sus Ensayos: escritos como un discurso errante, mezcla temas e ideas a salto de mata. Con ese estilo personal conciso y desordenado rompe con el discurso retórico y estructurado clásico. La materia de estudio es él mismo escribiendo en primera persona, sin preocuparse de su imagen y aceptando con humor sus defectos.
Defensor del Humanismo, opinaba que ante tiempos violentos o fratricidas (no muy diferentes de los actuales) había que hacer una apuesta seria por la pedagogía no violenta, por el diálogo y el conocimiento de los otros teniendo aún un alto concepto del ser humano y del respeto que se le debe.En su vida pública se comporta con discreción, deja que los demás fanfarroneen, amenacen o se agrupen. El solo quiere ser juicioso, humano en una época de inhumanidad, libre en medio de una locura colectiva. Y quién no desea algo similar en una época como la que estamos viviendo actualmente.
Encontrar nuestra propia pasión como forma de buscar la vida buena, reflexionar y no lamentar nada, reservarnos nuestra libertad interior y lo mejor de nuestro Ser para prestarlo posteriormente a los demás en la forma que mejor sepamos expresarnos, nos llevará a ampliar nuestros horizontes y a poder dar respuesta sin ansiedad a las vicisitudes con que nuestros tiempos nos retan sobre cómo vivir: debemos dejar que la vida sea su propia respuesta.
domingo, 28 de octubre de 2012
La necesidad de la verdad: creando nuestras propias normas
¿Existe una verdad?¿Está a nuestro alcance? ¿Podemos tener un conocimiento seguro del mundo? ¿Se puede dudar de todo?. Estas han sido desde siempre unas de las grandes preguntas que desde varios ámbitos del conocimiento han preocupado al ser humano y de cuya respuesta se deduce una manera de ver y habitar el mundo.
Desde el ámbito filosófico con su rama de estudio denominada epistemología, han sido muy variadas las interpretaciones al problema de que puede ser considerado como verdadero y cuales son los criterios para determinar la verdad. Lo verdadero suele ser definido por la correlación entre nuestras ideas y la realidad. Pero no está garantizado que exista una correlación entre las representaciones que uno pueda tener y la realidad, aunque esta última es concebida como algo independiente de toda representación.
Puede ser que lo que consideramos verdadero sea un concepto a eliminar a pesar de estar omnipresente en nuestra vida cotidiana. Cada día decimos convencidos "es verdad" o "no es verdad". La verdad es a lo mejor simplemente el acuerdo de nosotros mismos con nosotros mismos porque al no poder distinguir entre lo verdadero y lo falso, nuestra representación del mundo se volvería caótica.
Siempre el objeto real y la representación (mental) que nos hacemos de él serán diferentes. Los hechos y la representación que nos hacemos de ellos a través de la percepción no serán nunca de la misma naturaleza y por lo tanto no serán comparables. Entonces, ¿No habría que contentarse con hablar de coherencia? Podemos llegar a juzgar alguna afirmación como falsa si es incoherente. Por ejemplo: los perros urbanos son rosas. Sería una frase incoherente con nuestra experiencia y por tanto falsa. Pero aquí de nuevo lo que es juzgado verdadero en un tiempo no lo es necesariamente en otro. No se creía que existieran cisnes negros en el mundo occidental hasta su descubrimiento en el siglo XVII.
Al descartar el sentido fuerte de correlación y el de coherencia como criterios para determinar qué es verdadero surge la opción pragmatista de otorgar la verdad el criterio de utilidad: "es verdad porque es útil". La verdad no es solamente lo que es coherente, sino lo que es más ventajoso en un plano cognitivo. Una teoría científica sería una creencia verdadera cuando es resultado de una búsqueda racional y permite predecir y controlar el mundo mejor que sus rivales. Pero aquí volveríamos al concepto de correlación con la realidad para ver que opción es más útil.
Entonces ¿qué es la verdad? A lo mejor se trata en realidad de algo muy banal y superfluo que no añade, como dicen los deflacionistas, ninguna información adicional: así decir que una afirmación verdadera como "el azúcar se deshace en el agua" encuentra ya su explicación en los mecanismos químicos.No hay ninguna esencia de verdad que buscar. Todo esta ya explicado por las propiedades de los objetos y no nos aporta nada definir que es verdad.
En definitiva, a lo mejor la verdad no es un concepto o una propiedad sino, como algunos filósofos defienden, es una norma: la forma en que buscamos el conocimiento de las cosas mediante una metodología (científica) que ha hecho lo posible para establecer una correlación entre las entidades (electrones, colores, agujeros negros,...) y la realidad tal y como es, salvando incoherencias y contradicciones. En este sentido, la verdad como norma juega un papel fundamental dado que nos permite evitar la ilusiones metafísicas (y sus nefastas ideologías asociadas) y el caos conceptual.
Y seguramente lo más interesante sea las consecuencias que desde el punto de vista social de todo esto se derivan: para la filosofía de Platón y Kant el conocimiento seguro del mundo es inalcanzable y de aquí surge en gran medida el relativismo que influye fuertemente en la forma en que nos comportamos y organizamos nuestra sociedad y que es atacado desde el pensamiento religioso al filosófico: así por ejemplo para el objetivismo de Ayn Rand este relativismo provoca los cultos al "término medio", al compromiso, al consenso que son sintomáticos de inseguridad en los propios valores y en las propias decisiones. Para Rand el extremismo es bueno: si partiendo de las premisas correctas y siguiendo la epistemologia correcta uno identifica algo como bueno, lo moral es llevarlo hasta sus últimas consecuencias. El objetivismo considera al ser humano como heroico creando sus propias normas en la búsqueda absoluta de la felicidad.
Ante tiempos de crisis como los actuales, quizás lo que necesitamos entonces es crear las normas para encontrar nuestra verdad como forma de encontrar la felicidad más allá de la realidad que nos toque vivir o las verdades que nos pretendan imponer.
domingo, 21 de octubre de 2012
La Sociedad del riesgo: eligiendo nuestra identidad
Cada día nos debemos enfrentar a una actualidad que se forma con noticias de crisis financieras, despidos masivos, catástrofes ecológicas, terrorismo o guerras. Hemos ido renunciando poco a poco a una seguridad en la que en mayor o menor medida basábamos nuestras vidas y que el marco institucional actual ya no puede garantizarnos. Nos vemos impelidos a intentar desarrollar nuestro devenir vital en medio de la incertidumbre y ese caos en que aparentemente se convierte a veces el entorno que habitamos. Debemos en definitiva asumir que el riesgo forma ya parte de nuestras vidas y que a consecuencia de ello se esta formando una nueva sociedad a la que tendremos que irnos adaptando.
El sociólogo Ulrich Beck en su obra La sociedad del riesgo mundial realiza uno de los mejores y más lúcidos análisis de esta nueva sociedad en la que desarrollarnos nuestras vidas. Beck define la sociedad del riesgo "como la fase de desarrollo de la nueva sociedad moderna donde los riesgos sociales, políticos, económicos e industriales tienden cada vez más a escapar a la instituciones de control y protección de la sociedad industrial". La segunda modernidad que estamos viviendo actualmente se esta confrontando con las consecuencias no deseadas de sus acciones: el desarrollo industrial y financiero no regulado por el sistema político produce riesgos de una nueva magnitud que se hacen incalculables, imprevisibles e incontrolables por la sociedad actual que había sido creada como una empresa para la construcción del orden y el control.
En la primera modernización se creó la sociedad industrial, basada en una estructura estamental, identidades fijas (basadas en la etnia, la religión, la familia, el trabajo...) y un empleo fijo, regulado y rutinario. Con la llegada de la segunda modernidad y la sociedad del riesgo, las fuentes colectivas que dan significado a la sociedad se agotan y el individuo, busca de forma independiente, una identidad en la nueva sociedad. La globalización, el neoliberalismo y el excesivo peso del mercado toman la posición central. Como dice Beck "en las situaciones de clase el ser determina la conciencia, mientras que en situaciones de riesgo es al revés, la conciencia determina el ser". Con el retorno de la incertidumbre y la aparición del riesgo como reconocimiento de lo impredecible, la sociedad se convierte en un problema para sí misma y provoca un proceso de individualización a través de la desvinculación de las formas tradicionales donde las personas deben construir trayectorias vitales de forma reflexiva, escogiendo trabajos, parejas y formas de vivir. Y todo esto, dentro de un entorno con empleo desregulado y precario y crisis económicas recurrentes.
En esta nueva sociedad sometida a fuertes riesgos y a procesos de individualización tenemos que ser conscientes que se hace muy difícil intentar realizar una planificación controlada de una trayectoria personal y profesional. Deberemos ser capaces de adaptarnos a múltiples identidades y tareas que coexistirán en cada uno de nosotros. Nos ayudará superar las concepciones localistas y tener un enfoque cosmopolita donde el espacio de las experiencia de los otros sea importante y se vincule a todo el globo. Y como forma de disminuir la incertidumbre y para contrarrestar el excesivo poder del mercado, debemos ampliar nuestro circulo social y cultural, abriéndonos a nuevas formas de pensar y de interpretar la vida que equilibrarán esa ansiedad en que a veces somatizamos riesgos que subjetivamos y engrandecemos irracionalmente. Nuestra misión en definitiva quizás sea evitar que la identidad nos la construyan sobre el olvido de lo que somos o queremos ser.
domingo, 14 de octubre de 2012
La ética del trabajo: saliendo de la deriva
¿Qué significa hacer un buen trabajo? En nuestro actual entorno laboral a nadie se le escapa que se ha tendido a diluir cualquier medida de desempeño en la inmensa vorágine de la supervivencia en el día a día. Parece que escasean las medidas objetivas para definir claramente cuando nuestra dedicada aportación a una empresa es reconocida como positiva y en algún momento será recompensada al menos con una cierta permanencia en la misma.
Como señala el sociólogo y profesor de la London School of Economics Richard Sennett, parece que el éxito en una empresa consiste en mantenerse alejados del desastre y dejar a los otros la patata caliente. En la nueva economía el registro de fracasos de una persona cuenta menos que sus contactos y capacidad para trabajar en red. En situaciones inciertas como las que vivimos, la gente tiende entonces a centrarse en las minucias de los sucesos cotidianos, busca en los detalles algún indicio, un significado que lo confirme o desahucie para siempre: cómo te saludo el jefe por la mañana, a quienes invitaron a una reunión, quien asistio a la cena de trabajo, etc.
Las empresas parecen que operan de una manera misteriosa a la hora de evaluar a sus trabajadores y nos exponen constantemente al riesgo quizás con la intención de desgastar nuestra sensación de carácter y debilitar cualquier protesta o respuesta contraria. Cambio, oportunidad, movilidad, proyecto nuevo, flexibilidad son palabras con las que constantemente nos bombardean en nuestro entorno laboral resaltando cada vez más la incertidumbre como compañera diaria de nuestras actividades. Esta intencionada ambigüedad en las que nos movemos resulta en una prueba a nuestro carácter: los individuos menos fuertes que intentan explotar la ambigüedad acaban sintiéndose exiliados o descartados por su entorno.
Como Sennett no explica en su libro La corrosión del carácter: "en el nuevo capitalismo, la concepción del trabajo ha cambiado radicalmente. En lugar de una rutina estable, de una carrera predecible, de la adhesión a una empresa a la que se era leal y que a cambio ofrecía un puesto de trabajo estable, los trabajadores se enfrentan ahora a un mercado laboral flexible, a empresas estructuralmente dinámicas con periódicos e impredecibles reajustes de plantilla, a exigencias de movilidad absoluta. En la actualidad vivimos en un ámbito laboral nuevo, de transitoriedad, innovación y proyectos a corto plazo. Pero en la sociedad occidental, en la que "somos lo que hacemos" y el trabajo siempre ha sido un factor fundamental para la formación del carácter y la constitución de nuestra identidad, este nuevo escenario laboral, a pesar de propiciar una economía más dinámica,puede afectarnos profundamente, al atacar las nociones de permanencia, confianza en los otros y nosotros mismos, integridad y compromiso, que hacían del trabajo rutinario fuera un elemento organizador fundamental en la vida".
Influidos por la ética protestante, estabamos acostumbrados al uso disciplinado del tiempo con una más que absoluta abnegación y dedicación a nuestras funciones y empresa y a postergar una recompensa que al final siempre llegaba, normalmente a modo de ascenso social. En la actualidad la ética de la responsabilidad individual ha quedado lejos. La movilidad descendente genera una condición flotante, ambigua en la que en primer lugar, uno parece que no es una persona tan buena como pensaba, y luego, terminar sin saber quién es o qué eres. Parece que sólo nos queda la ironía como defensa. El problema al que nos enfrentamos es cómo organizar nuestra vida personal ahora, en un capitalismo que dispone de nosotros y nos deja a la deriva.
Y quizás sea hora de que comencemos a asumir con mayor conciencia nuestra propia biografía para intentar dejar de ser víctimas pasivas de un sistema que nos utiliza e ignora después. Desapegarnos del devenir continuo, de riesgos y cosas encontradas e improvisadas, de un collage de cambios, de sensaciones y accidentes que otros programan para nosotros. Debemos desarrollar nuestra propia narrativa vital con objetivos personales elegidos por nosotros a largo plazo para salir de la deriva a la que este sistema nos somete. La curación viene del compromiso con la dificultad. Una buena narrativa vital reconoce y prueba la realidad de las muchas formas erróneas en que puede salir nuestra vida para luego encontrar en este carácter de autodisciplina con objetivos vitales a largo plazo, la manera de salir seguro hacia adelante.
domingo, 7 de octubre de 2012
El carácter como identidad: el vértigo de la libertad
Se ha instalado en muchos de los aspectos de nuestra vida una sensación de provisionalidad. En el ámbito laboral este sentimiento de inestabilidad esta adquiriendo sin duda una forma paradigmática. En el complicado entorno que ahora vivimos percibimos en nuestro desarrollo profesional una especie de aplazamiento diletante desde el cual, y como aprovechándose de esa espera, se adueña de nosotros un sentimiento de precariedad que en el fondo no deja de corroer nuestro carácter y actitud diaria.
Nos hemos quedado sin referencias ejemplares, a largo plazo, trascendentes o sin la promesa de un futuro mejor y es aquí cuando se corroe el carácter como dimensión ejemplar social y se busca en la personalidad individual la manera de afirmarse. Se busca algo rápido y gratificante, una satisfacción narcisista que encuentra en el consumo desaforado la manera de autoafirmarse antes los demás, intentando enmascarar una angustia que se hace cada vez más consustancial a nosotros. Y deberíamos pensar que significado adquiere esa angustia en nuestra vida diaria para intentar diluirla dado que, el sistema capitalista en el que vivimos, la promueve como algo esencial a su dinámica.
Desde la Filosofía, encontramos en el pensador danés Soren Kierkegaard una de las mejores descripciones de la angustia: para Kierkegaard es un concepto amplio, casi un proceso, relacionado con la inocencia, el pecado y la libertad, especialmente la libertad de elegir. La angustia sería el resultado de sumar libertad y culpa, cuando tenemos la posibilidad y responsabilidad de elegir. Kierkegaard describe entonces tres tipos de existencia que el ser humano puede llevar: la estética, la ética y la religiosa:
- La estética es la de aquellos que buscan el placer. Ese, junto con la intención de alejar el dolor lo más posible, se convierte en el valor supremo. Arquetipos de este estadio son el Don Juan de Mozart o podemos encontrar también bastantes en nuestra sociedad capitalista actual que viven una existencia impresionista trazada a base de pinceladas gozosas que nuestro sistema ofrece.
- El estadio ético, por contra, tiene vocación de durabilidad. En él, el individuo se compromete a llevar a cabo un proyecto estable, ordenado dentro de las instituciones. El esposo es el personaje que mejor materializa esta opción y el deber y la fidelidad a los valores supremos.
- El último estadio que el ser humano puede alcanzar en su perfección es el religioso. Está reservado a unos pocos que reconocen la presencia de Dios en sus vidas y quieren vivir de cara a él, de acuerdo a sus normas. Abraham encarna el ideal de esta etapa.
Y si a raíz de todo esto reflexionamos y lo pensamos bien, aunque nos parezca lo contrario siempre nos queda afortunadamente el vértigo de la libertad que para Kierkegaard es el hijo natural de la angustia: una especie de página en blanco desde donde abarcar las infinitas posibilidades que nuestra existencia insustituible nos ofrece en sus diferentes estadios y que ningún sistema por mucho que se organice va a conseguir diluir.
domingo, 30 de septiembre de 2012
Pensando el futuro: ser excelsos como utopía
No parecen estos tiempos favorables para preguntar por cómo será el futuro. Nos estamos acostumbrando a intentar sobrellevar un presente líquido que absorbe todas nuestras energías y que parece que a veces se nos escapa de las manos. Pensar más allá del corto plazo, del día a día, es ahora más una quimera que una necesidad que desde siempre ha tenido el Ser Humano.
La visión prospectiva que mira más allá de lo que existe aquí y ahora es una condición necesaria para no dejarnos limitar por esquemas mentales que en la mayoría de los casos pueden ser superados. Recrear un ideal futuro de sociedad, de vida o de comportamiento resulta vital para poder seguir hacia adelante. Por muy difícil que nos parezcan las circunstancias, no debemos perder el estado de apertura en el que cuestionamos el status quo actual como forma de superarlo. La historia la escriben los vencedores o poderosos pero se cambia con nuestras pequeñas acciones cotidianas.
Y los tiempos de crisis que vivimos son sin duda uno de esos momentos críticos donde no debemos dejarnos encorsetar por esquemas técnicos como las recetas económicas que se aplican sin discusión haciendo sufrir a gran parte de la población. Debemos entender que la democracia y nuestra convivencia, sólo pueden ser salvadas si somos capaces de dar a todos un futuro digno por el que luchar. Ninguna política económica debe funcionar por encima de la dignidad de las personas y su derecho a trabajar y sentirse parte integrante y útil de una sociedad. La supuesta ortodoxia solo lleva al agotamiento y al desencanto y de aquí a la indignación. Nuestro sistema capitalista no puede estar basado en la desafección mutua: en no considerar al otro como igual más allá de su capacidad de consumo. La denostada Utopía se hace cada vez más necesaria.
Nuestra forma de actuar diaria (y las políticas de nuestros dirigentes) deberían hacer una apuesta seria hacia lo moral entendido como una forma de intentar reducir el sufrimiento y mejorar la vida de los demás. Y podemos encontrar propuestas desde la utopía y las humanidades: en vez de personas competitivas y excelentes que se dan codazos y excluyen desde la apropiación en exclusiva de los recursos , necesitamos personas excelsas: amantes de lo verdadero, bueno y bello. Hay que educar para la bondad, la belleza y la verdad . Hay que trascender lo inmediato. Nadie puede quitarnos nuestro derecho de pensar en un futuro mejor. Hay que educar para la Humanidad.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
La voluntad de Ser: a la mitad del camino de la vida
A mitad del camino de la vida podemos encontrarnos, como Dante magistralmente escribió, en una selva oscura habiendo extraviado la ruta. A pesar que como dicen el tiempo y su percepción es relativa, hay fechas como los aniversarios que son significativas porque nos interpelan a realizar una parada para reflexionar, volver la vista atrás y coger esa altura de miras que nos permita seguir mirando hacia adelante con confianza, porque siempre nos quedará nuestra voluntad vital de encontrar la ruta que deseamos.
Muchas veces basamos nuestras actuaciones en el sentimiento vivencial que tengamos en ese instante. Y aunque hemos aprendido que la razón es esclava de las pasiones solemos dejarnos llevar en ciertos momentos señalados de nuestra vida por una sensación de abrumo: una inapelable percepción de algo que nos sobrepasa ante lo que podía haber sido y no fue o de como debería ser en el futuro. Casi por una ley inmutable, el candencial paso del tiempo se lleva siempre por delante querencias, aspiraciones o deseos causando ese sentimiento de melancolía que muchas veces nos sobreviene en algunas fechas. Y quizás lo que necesitamos en esos momentos no son explicaciones del mundo o su diseño sino informaciones sobre lo que es y puede significar a nuestra pequeña escala humana ante lo inabarcable de todo lo que nos rodea.
De la filosofía de Arthur Schopenhauer y en su obra "El mundo como voluntad y representación" podemos extraer, desde la melancolía, enseñanzas de ese optimimismo vital que en ocasiones todo el mundo necesita. Para Schopenhauer el mundo es mi representación, nadie puede salirse de sí mismo. Todo lo exterior a él carece de existencia real fuera de la representación que cada uno tiene del mundo. Existe así por un lado el sujeto de la representación, que es el que conoce y por otro lado el objeto, lo que se conoce que esta condicionado o estructurado por las formas (tiempo, espacio, causalidad) en que el sujeto conoce. Así pues cada uno de nosotros ve, percibe y en el fondo representa y crea interiormente un mundo diferente.
Por otro lado lado esta el mundo objetivo exterior a nosotros que Schopenhauer identifica a una voluntad: una fuerza que actúa sin motivo aparente, irracionalmente como un motor ciego de la historia. La voluntad incluye todas las energías y fuerzas de la naturaleza, las motivaciones, los instintos, tendencias o apetitos. Esa voluntad no tiene que ver con los objetivos que nos marcamos y los medios que ponemos para alcanzarlos. Tampoco se limita, en absoluto, al individuo, sino que su campo de acción es tan vasto como lo es todo lo que existe.
Ante el sobrepasamiento muchas veces de nuestros anhelos vitales por la voluntad que rige el mundo, Schopenhauer expone como obligación del hombre la compasión para con el sufrimiento de sus semejantes y propone el liberarse conscientemente del yugo de la voluntad mediante la experiencia estética del mundo:
el arte, la literatura o la música son recursos para soportar la, en ocasiones, penosa tarea de existir. Pero no son simples vías de escape o subterfugios de los que el ser humano echa mano para olvidarse de sus penas sino al revés: son caminos privilegiados de conocimiento que se acercan más a la voluntad y a la verdad de lo que consigue nuestra propia conciencia humana.
En el mitad del camino de la vida y ante esa melancolía que puede sobrevenirnos en estos momentos, ser conscientes que muchos objetivos y aspiraciones se pierden naturalmente con frecuencia en el vasto avanzar de una voluntad inabarcable para nosotros, puede, con la ayuda de nuestra experiencia estética, permitirnos sonreír interiormente. Y con nuestra voluntad de Ser, cambiar libremente la representación que hagamos de nuestro mundo, para crear nuevas rutas y lograr en el futuro metas mayores. Sirva como ejemplo nuestro admirado Dante: en esa selva oscura de la mitad del camino de su vida, logro hallar la ruta que le permitió escribir una obra maestra universal: la Divina comedia.
"De razones vive el hombre, de sueños sobrevive"
Unamuno
domingo, 2 de septiembre de 2012
La ansiedad por el estatus: de marcos sociales a mentales
En nuestra actividad diaria y en nuestro comportamiento y trabajo: ¿hasta que punto creamos cosas nuevas o simplemente lo que hacemos es reproducir patrones estándar de comportamiento?. La previsibilidad en nuestras sociedades es algo que no esta sólo valorado sino que es deseable. No soportamos bien la incertidumbre y tendemos a tratar por todos los medios: técnicos, estadísticos o científicos a reducirla para minimizar los riesgos en nuestras actuaciones. Quizás si conociéramos más nuestra naturaleza y lo que nos rodea, sabríamos que el hecho de que haya cambios imprevisibles es signo de evolución y de que estamos vivos. La incertidumbre nos proporciona la oportunidad de dejar de lado antiguos patrones y usar nuestra libertad al tener que buscar y aplicar nuevas respuestas.
Nos hemos acostumbrado en el fondo a actuar en nuestras sociedades dentro de un marco (frame) social que nos ha tocado del cual se deriva normalmente un encorsetamiento mental que nos dicta lo que debemos pensar, hacer o desear. Parece a veces sorprendente como de ciertas profesiones, como por ejemplo las que se desarrollan en el mundo empresarial, se deriven patrones de individuos que reproducen comportamientos y deseos idénticos, vivan y pasen sus vacaciones convencionalmente en los mismos lugares o conduzcan los mismos modelos de coches.
De estos marcos sociales y mentales se ha derivado en nuestra modernidad la nueva enfermedad que el filósofo Alain de Botton ha denominado ansiedad por el estatus: actualmente es quizás más fácil que antes llevar una buena vida con un alto grado relativo de bienestar; pero es quizás más difícil que antes mantenerse calmado y estable, libres de la ansiedad por tener una carrera profesional exitosa. A eso añadimos que en el mundo moderno la referencia es uno mismo, en unas sociedades que tienden claramente hacía el individualismo utilitarista y donde ya en la práctica casi no existen algo mayor transcendente como Dios para ampararnos. Por lo tanto y al contrario que en épocas precedentes, en los tiempos modernos que nos ha tocado vivir, la posición en la vida es merecida y al estar bajo tu control la gente se toma muy personalmente lo que le pasa generando la desgraciadamente tan repetida ansiedad.
En el fondo esa ansiedad por el estatus no es sino la necesidad de dignidad, reconocimiento y amor que ahora trasladamos al ámbito más en boga que es el mundo laboral. Y se da la paradoja de que al anhelo de actuar con sentido en el trabajo se contrapone la banalidad de un trabajo especializado y desconectado de las cosas que consumimos y producimos donde todo el mundo es prescindible como ley no escrita. Según Alain de Botton por su naturaleza el trabajo no nos permite otra cosa que tomárnoslo demasiado en serio. Es gratificante no ser más que lo que suponen los compañeros de trabajo dentro del marco social y mental que nos atribuyen en vez de ser obligados a considerar en la soledad de las primeras horas del día todo lo que podía haber sido y nunca será. Funcionamos a base de una necesaria miopía siendo capaces de hacer las tareas con una profunda determinación y seriedad incluso cuando es evidente su amplio sin sentido.
Pero a nuestro lado para intentar salir de estos tortuosos marcos mentales afortunadamente tenemos nuestra tradición cultural y humanística: no estamos condenados a ser prisioneros perpetuos del mismo raquítico universo de practicidades que es una rústica aglomeración de clichés adornados con anuncios. La cultura es una pausa necesaria en la cotidiana carrera de locos de nuestros entornos caóticos. Y la tragedia griega es una forma de salir de la presión del éxito dado que en ellas no se culpabilizaba al héroe trágico que se veía expuesto a los embates de la fortuna (Tyche), sino que lo importante era la respuesta que se daba a esa incertidumbre en forma de desgracia.
Nuestros antiguos clásicos griegos trataron de crear una ética desligada del concepto de culpa que tan interiorizado tenemos nosotros. Para ellos el orden de la fortuna o el azar tienen como base un orden completamente distinto al racional y que nosotros no podemos controlar, de ahí nuestra fragilidad. Pero de ellos también aprendemos que en la soledad del individuo que enfrenta exiliado el árido y ruidoso mundo que la modernidad a veces crea, tenemos en nuestra manos, al igual que el héroe clásico, la libre respuesta de no sentirnos culpables por la mala fortuna que como frágiles humanos todos nos encontraremos. Y por el contrario, reafirmarnos en algo tan intrínsecamente humano como es el optimismo de la voluntad: desarrollar pausadamente, lejos de presiones, culpabilizaciones y marcos impuestos nuestra intransferible condición humana que libremente elijamos creando así nuestro propio marco vital.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





























