domingo, 17 de marzo de 2013

La Filosofía del Límite: lo simbólico en Eugenio Trías




Preguntarse por la condición humana, el por qué nos afectan las cosas y lo que nos conviene, tratando de entender que hay más allá de la simple inmediatez, de las rutinas y cotidianeidad que nos absorbe, es una tarea que parece reservada para muy pocos. Pero sin embargo, es algo de lo que en un momento u otro de nuestra vida tendremos que ocuparnos dado que, en el fondo, el  revisar crítico de nuestra existencia va implícito con nuestra esencia racional como humanos. Hubo un tiempo en que Ser era Pensar pero en nuestra acelerada posmodernidad hemos pasado a que Ser sea Actuar olvidándonos en el camino de nosotros mismos.

A todos nos resulta duro enfrentarnos al sufrimiento y al dolor en nuestras vidas y tratamos de entenderlo dándole un sentido. La vida humana desde el punto de vista de un mero proceso natural, puede no tener sentido como no lo tienen la de los animales. Pero por otro lado, el Ser Humano es el único que puede tener una posición afirmativa ante la vida. Hacer de nuestra vida algo valioso, construir nuestra propia identidad, es una tarea que merece la pena llevar a cabo.

Los filósofos quizás han sido las personas más cercanas a dar respuesta a las grandes preguntas o a hacer cuando menos las preguntas adecuadas. Eugenio Trías, recientemente fallecido, es uno de esos grandes pensadores que con su reflexión sobre la condición humana, nos iluminan en ese a veces difícil camino de dar valor a nuestra vida. Para él, la profesión filosófica  reside en la dignidad de una condición que no se satisface con vivir sin adquirir comprensión y conocimiento de lo vivido.

La forma de entender la realidad ha sido articulada a través de lo que denominamos razón. Para Trías, la razón es el conjunto de usos verbales y de escritura mediante los cuales se puede producir significación y sentido. Esta investigación sobre el Ser mismo a través de la razón ha dado a dos caracterizaciones durante el pasado siglo que han sido dañinas para la filosofía: por un lado, una razón analítica de orientación positivista-empirista que concibe el patrón lógico-matemático como el genuino a la hora de desarrollar cualquier estudio humano; por otro lado, una razón "dialéctica" que observa en el ejercicio filosófico una herramienta ideológica promovida por intereses socioeconómicos. 

Frente a ambas, Trías establece una razón filosófica que denomina fronteriza. Tilda así la condición humana de fronteriza: en nuestra búsqueda de la sabiduría y en nuestra facultad de conocer damos con innumerables sombras en las que chocamos con un "Límite Mayor" que sólo puede ser traspasado a través de los símbolos. Nos situamos como humanos "entre el misterio y el mundo" y en ese límite, entendido como limes habitable, es donde hallamos la posibilidad de dar un sentido a nuestra existencia; por eso nuestra inteligencia "se provee de símbolos para rebasar (precariamente) ese límite, y para exponer (analógica e indirectamente) lo que le trasciende". No hay posible acceso experiencial directo e inmediato hacia el misterio de la existencia, es el límite que nos constituye. El símbolo interviene, pues, como necesaria mediación en relación al exceso del Ser del límite. Aparece la necesidad entonces del suplemento simbólico en forma de cita simbólico-religiosa con lo sagrado a través de la Religión o de formalización simbólica de mundo a través de la creación (poésis) del Arte en todas sus manifestaciones.

Trías expone que: " la filosofía es, hoy y siempre, un ejercicio de asombro siempre renovado y reiterado acerca del misterio del comienzo" . El símbolo es una unidad de concentración de sentido que requiere ser explicitado mediante narración y relato (las Humanidades siempre han sido y serán  pues afortunadamente necesarias). La razón, nuestra existencia, se encuentra con todo ello; y  en virtud de ese encuentro se encuentra al fin consigo misma en esa condición fronteriza y se entrega a la búsqueda del sentido habitando simbólicamente (a través de las artes, de la religión...) ese territorio (limes) del límite.

Hemos pensado que la identidad era una conquista que se adquiría a base de sumar experiencias, objetos, viajes, datos...luego quizás veamos claramente que no es una conquista sino un descubrimiento: las presiones en las que vivimos nos mantienen en la superficie de la vida. Tomarse el lujo de profundizar, no ir a la cantidad, sino a la calidad, de la vida y de las cosas es algo a descubrir. La visión de la vida nos la dan nuestros conceptos que nos ayudan a interpretar lo que vemos. Cuanto uno más ajuste esos conceptos (con ayuda quizás de los grandes pensadores) y más al fondo vaya en cada circunstancia, más sentido hallará en la vida. Ser también es pensar.





domingo, 10 de marzo de 2013

La ética indolora: el inmovilismo como síntoma





Parecería que estos tiempos debieran ser revolucionarios. En situaciones donde se bordean los límites de resistencia de muchas cosas que antes dábamos por inamovibles es cuando normalmente la agitación interna y social crea la necesaria amalgama que favorece el cambio. Pero a pesar de ciertos movimientos de protesta que son reflejo de un profundo y legítimo descontento, no se ven en el horizonte cristalizaciones de alternativas factibles a nuestro modelo social actual.  ¿Cuáles son las causas de este inmovilismo social?


La mayoría de los factores que pueden dar una explicación son seguramente intrínsecos a los tiempos postmodernos que vivimos: si analizamos anteriores revoluciones y hechos históricos como la Primera Guerra Mundial podemos observar que valores modernos como el honor, la familia o la patria primaban en los jóvenes de la época. Pero existía sin duda un factor existencial que también era fundamental: el aburrimiento. En aquellos tiempos, el tedio o spleen, el hastío existencial había alcanzado categoría literaria. Los jóvenes eran revolucionarios también para evitar ese vacío que causan sociedades donde la ortodoxia no alentaba nuevas oportunidades. El aburrimiento era un gran forjador de ejércitos.

En cambio los jóvenes de ahora no pueden concebir la existencia sin un teléfono inteligente lleno de aplicaciones. Las redes sociales los apartan del vacío. Se lleva todo el saber posible en el bolsillo. Quizás no tendrán ni trabajo ni futuro, pero no se morirán de hambre y están entretenidos. Lo suyo, para algunos, no es razonar o cuestionar, sino mantenerse entretenidos en un ciberespacio que a muchos les genera una falta de iniciativa más allá de sus limitadas fronteras.

Por otro lado, es necesario también observar que tipo de ética seguimos en estos tiempos postmodernos. El filósofo francés Guilles Lipovetsky en su obra  El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos analiza de forma magistral y comparativa que tipo de ética tenemos actualmente.

Lipovetsky distingue tres momentos históricos de la moral:
  • El teológico: ligado a la religión, al sentimiento de culpa y el pecado. La moral teológica cree ciegamente en Dios, en la justicia más allá de la muerte y considera valiosos el ayuno, la penitencia y la oración. Este ética se ubica entre la Edad media y la Ilustración
  • La etapa laica: es una ética fundada en la razón humana, lejos de los principios religiosos y la autoridad eclesiástica. Las nociones de deber y sacrificio continúan vigentes: por unos ideales, por la familia, por la patria.Hay una importancia preponderante al deber para autosuperarse y llegar a ser héroes desde la austeridad en busca de unos valores y creencias aceptadas racionalmente.
  • La fase posmoralista: es la ética del individuo moderno.Con sus goces privados y su búsqueda del éxito y el bienestar.Ya no importa el deber ni se trata de dar la vida por la familia, la patria o unos ideales revolucionarios. Estamos ante una moral indolora, sin sacrificios ni imposición colectiva de obligaciones. El hedonismo individualista es el motor de esta moral con valores mínimos de democracia, tolerancia y derechos humanos que le permitan subsistir. El placer desbanca al deber en busca ya no de una virtud entendida como la construcción de uno mismo, sino de algo más peligroso: la felicidad subjetiva que tiene en el consumismo desaforado el instrumento de dependencia.
Dentro de este contexto de ética indolora, el individuo postmoderno ha abandonado todo interés por los asuntos sociales centrándose en su preocupaciones personales, todo lo social le parece banal. En éste neonarcisismo el Yo es el centro de atención pero al mismo tiempo se ha producido un vaciamiento del Yo en esta nueva ética hedonista y permisiva que se define esencialmente por el encierro sobre si mismo.

Lipovetsky reflexiona que en esta vida light, tolerante e indulgente, se engendran muchos valores solo a nivel superficial que en realidad esconden frustración y ansiedades y  fragmentados dan una sensación de absurdidad a la vida. En este punto empieza a perfilarse lo que identifica como la amenaza al capitalismo desde el interior mismo de sus dinámicas: el placer se ha vuelto más que otro producto de consumo, un estilo de vida donde para alcanzar la calidad de vida deseada el individuo hedonista tiene que trabajar menos y en la medida que menos trabaja, menos le gusta hacerlo. La lucha por el reconocimiento disminuye, hasta el punto en que los individuos son menos competitivos y más indiferentes.

En un sistema como el capitalista donde el crecimiento y el dinamismo son la parte vital para la supervivencia del mismo nos queda  ver si  paradójicamente sus propias contradicciones lo hacen cambiar: el spleen y la indiferencia pueden volver a ser motor de cambio.



domingo, 3 de marzo de 2013

Explorando nuestra contemporaneidad: el Postmodernismo



Inmersos en nuestra cotidianidad  vivimos casi como autómatas. Nos es difícil quizás hacer un alto en el camino para intentar pensar reflexivamente si lo que hacemos lo llevamos a cabo por voluntad propia o simplemente nos dejamos llevar por una marea de sobrentendidos, objetivos y actividades que a base de parecer que todo el mundo acepta, nos arrastran hasta ocupar toda nuestra experiencia vital en un conformismo que resulta muchas veces paralizante y angustioso.

Necesitamos seguramente volver a ser exploradores de nuestra contemporaneidad: tratar lo que nos rodea como una nueva tierra ignota y desconocida para en la admiración y curiosidad que toda novedad nos trae,  ganar una nueva perspectiva que nos ayude a  ver que hay detrás del tiempo que nos ha tocado vivir  y conquistar así con nuestra mirada lo importante y de este modo elegir lo que realmente queremos ser en el futuro para vivir con consciente plenitud. 

En esa conquista y nueva forma de hacer habitable el mundo tener una perspectiva amplia, macro y multidisciplinar puede sernos  de gran ayuda, algo que la macrofilosofía  nos ofrece. A nuestra contemporaneidad, a los tiempos que vivimos, la macrofilosofía los denomina como postmodernos.  

¿Y que caracteriza la postmodernidad? Sin duda algunas cuestiones que nos resultan muy familiares:

  • En primer lugar, la pérdida del sentido: se han deslegitimado muchos de los discursos religiosos, morales o políticos que conformaban la modernidad. Ha existido una voluntad disolutiva en la cual la descreencia ha sido la consecuencia fundamental. El saber ya no es principalmente narrativo: no es sistemático, ni coherente ni explica o da un sentido global a nada, más allá de referenciarse a si mismo. La fragmentación, los impactos publicitarios, la inmediatez, la precariedad laboral, la fulgurante sucesión de acontecimientos y experiencias hacen que hayamos perdido cualquier previsibilidad en lo que nos va ocurrir y ha hecho imposible el dar un sentido personal a nuestra trayectoria vital. Hemos caído en un nihilismo en el que "todo vale, porque nada vale".
  • Hemos abandonado lo social y nos hemos individualizado: lejos de la modernidad donde la rebelión social y el disentimiento eran parte fundamental, hemos cambiado de actitudes en una consciente ceguera hacia lo político y lo colectivo. Se ha apoderado de nosotros un pensamiento débil que niega cualquier posibilidad de ideal o utopía por ser sospechosas de totalitarismo. A cambio la apatía, la deserción, la soledad  y la búsqueda del bienestar egoísta e individualista se han impuesto al principio de convicción y progreso social con el que se intentaban llevar a término anteriormente las cosas. Es el fin de los grandes relatos.
  • Privilegiamos la estética por encima de la ética y de la verdad: la estética lo domina todo: la publicidad, nuestras relaciones, los discursos. La belleza ha adquirido valor por sí misma, imponiéndose a la verdad y el bien. Hemos pasado de la cultura de la realidad a la cultura del espectáculo y el  simulacro. Creamos individuos narcisistas donde el principio de seducción domine dentro de una nueva edad que podemos calificar como vacía y banal en sus pretensiones.

¿Cómo podemos entonces conquistar de nuevo la habitabilidad de nuestra época? Sabiendo que las nuevas miradas y perspectivas que podemos ofrecer en esta parada exploratoria al conformarse en nuevas ideas, cultura y palabras tienen por naturaleza un importante efecto performativo: tienden a realizarse, a hacer reales, a crear formas de sociedad efectivas y diferentes. 

Quizás también necesitemos volver la vista atrás y ante tanto espectáculo exterior y banalidad refugiarnos en un neoromanticismo que nos recuerde que la gente tiene una vida interior: la vida no son los últimos gadgets electrónicos o el consumismo, sino la conciencia de uno mismo, eso es lo que le da valor, lo que hace a cada uno insustituible y lo que consigue que merezca ser vivida. Hemos de pasar de la metafísica de las ideas a la metafísica de la vida: el sentido esta en la manera en que nos preguntamos quiénes somos, qué nos pasa, de qué va todo esto. Seamos pues conscientes exploradores de la Ontología de este en el fondo fascinante presente.


domingo, 24 de febrero de 2013

La sabiduría del amor: aprendiendo a amar pensando


¿Cómo he de vivir? ¿Qué puede ayudarnos a llevar una mejor vida? Todos experimentamos que a veces la vida se nos hace tan difícil que tenemos necesidad de utilizar nuestra inteligencia para vivir un poco mejor. En el esfuerzo de pensar subyace el intento de pensar mejor para vivir mejor. Y por eso tenemos la necesidad de filosofar. El amor a la sabiduría (la filosofía) consisten en el fondo en intentar vivir de manera un poco menos estúpida, un poco más inteligente, para ser más felices.

Como expone el filósofo francés André Comte-Sponville, quizás todos somos infelices porque le pedimos a la vida cosas que no puede proporcionarnos. Si la filosofía nos enseña algo es que, si la vida no se corresponde con nuestras esperanzas, no es por culpa de la vida, sino de lo infundado de nuestras expectativas. La filosofía nos enseña a esperar un poco menos y a actuar, y a amar, un poco más. Porque, en el fondo, la esencia del hombre es el deseo.

Y una de las grandes formas del deseo es sin duda el amor: es un deseo que dirige a lo que existe, a lo real. Y seguramente todos necesitemos aprender a amar pensando: Comte-Sponville explica que se pueden distinguir entre tres tipos de amor, que se designan con los tres nombres griegos que los antiguos dieron a estos tres amores: eros, la pasión amorosa; philia, la alegría de amar, que normalmente se traduce por amistad y finalmente agape, el amor de caridad o amor al prójimo.

La pasión amorosa, eros, es el amor según Platón: el amor es deseo y el deseo es lo que falta. Estar enamorado significa descubrir que alguien nos falta terriblemente. Y se intenta seducirla. Eso puede suceder o no. Si no sucede, la falta continúa y aparece el "mal de amores". Si se consigue seducir, vendrá la vida en pareja, el compartir, tener hijos y la persona que faltaba, ya no falta, con lo que con la vida en pareja suele acabar la pasión amorosa.

Pero puede aparecer entonces otra forma de amar: ya no será eros, sino philia, amistad.Ya no es el amor según Platón, es el amor según Aristóteles: "Amar es alegrarse". No es el amor como falta, sino amor como alegría. La que nos hace feliz es la existencia gozosa. No se trata de menos amor, sino de más: amar no es echar en falta a alguien, amar es alegrarse por la existencia del otro, por la presencia del otro. Es fácil amar lo que a uno le falta, pero alegrarse porque otro existe, es mucho más difícil. La principal causa de la alegría de la vida, es la existencia de tu pareja. No hay mayor declaración de amor. Un sentimiento que no se vive desde la falta, sino desde la alegría y el goce.


Y debemos también lúcidamente considerar que aunque intentemos guiarnos por el pensamiento, la vida en el fondo es más preciosa que la sabiduría, que lo que da sabor a la vida no es la serenidad, sino el amor. Y el amor, nos hará sufrir, como seres mortales y frágiles que somos. La  máxima que nos puede ayudar: esperar un poco menos, actuar y amar un poco más.




domingo, 17 de febrero de 2013

El placer de existir: el Hedonismo




Somos lanzados a la existencia, a la materialidad del mundo. En ese afán diario de habitar nuestro territorio a todos nos toca la construcción de uno mismo, de nuestra subjetividad, estilo e identidad. Somos conscientes que partimos sin duda de unas bases materiales que son nuestro cuerpo y el entorno que nos rodea. Somos en el fondo íntimamente materialistas dado que la naturaleza que nos constituye lo es.

Pero paradójicamente el denominado materialismo ha tenido muy mala prensa desde el comienzo de la tradición filosófica. Como expone el filósofo francés Michel Onfray en su obra "La fuerza de existir. Manifiesto hedonista" ya desde Platón todo lo que encarna lo sensible es una ficción. Su pensamiento se basa en el rechazo de la materialidad del mundo primando un apriorismo que encumbra la Idea platónica y la persecución de ese mundo ideal externo a nuestra realidad la cual se considera como una mera distracción de ese ideal a seguir. Esta historiografía idealista se refuerza con el pensamiento cristiano y su ideal ascético y  posteriormente con el Idealismo alemán. Se rechaza todo lo relacionado con nuestra corporalidad como vía de conocimiento y construcción personal tratándolo de pecaminoso, inmoral o egoísta.

Durante siglos se denigra una forma de pensamiento como el hedonismo que vive en el materialismo frente al idealismo, que propone un ideal hedonista frente al ideal ascético, que descubre la inmanencia de este mundo frente a una prometida trascendencia en otros pretendidos mundos y que frente al odio de sí (de lo corporal) aventura la escritura del yo y su construcción y el potencial liberador del placer desde la corporalidad que nos constituye. El hedonismo pretende una perspectiva existencial con una meta utilitarista y pragmática. El imperativo categórico hedonista sería: “goza y haz gozar, sin hacer daño a nadie ni a ti mismo: ésa es la moral”.


Onfray sigue explicándonos que es necesaria un Contrahistoria de la filosofía frente a la dominación idealista del pensamiento, que valorice en su justa medida corrientes como los epicúreos: que partiendo de la evidencia de lo que sólo existe es lo real, la materia, la vida, lo vivo, prefieren las modestas proposiciones filosóficas causales y viables a las construcciones conceptuales sublimes pero inservibles propias de los idealismos en que aún vivimos.

Frente una moral basada en la “pulsión de la muerte”, la negación de la vida, el miedo y la creencia comunitarias en quimeras o trascendencias oponen el deber ético de la construcción personal del Yo: la "pulsión de la vida", la inmanencia y el querer la felicidad en la tierra. Rechazan el dolor y el sufrimiento como vías de acceso al conocimiento y a la redención personal. Disminuyen los Dioses, los temores y las angustias y se procuran el placer, la felicidad, la utilidad compartida, la unión alegre. Dominar las pasiones y las pulsiones, los deseos y las emociones y no extirparlos brutalmente de sí. ¿Cuál es la aspiración del proyecto de Epicuro? El puro placer de existir.

Estas corrientes de pensamiento como el hedonismo adquieren pues la importancia que deben merecer ya que no debemos olvidar que como dice Onfray: en el fondo filosofar es hacer viable y vivible la propia existencia allí donde nada es dado y todo deber ser construido. Y no debemos renunciar a nada: cualquiera de nuestras palabras, sensaciones, acciones y pensamientos quedan recogidos en un tejido maravilloso y ancho unido por un invisible hilo que da sentido a la vida sea cual sea su desarrollo. Ninguna existencia ha sido demasiado pequeña y el más pequeño acontecer se despliega como un sentido en ese puro placer de existir que todos tenemos la fortuna de experimentar.




domingo, 10 de febrero de 2013

Macrofilosofía del capitalismo: buscando nuevas coordenadas

En los tiempos que vivimos actualmente donde multitud de diversos acontecimientos ocurren simultáneamente nos vemos muchas veces sobrepasados al intentar comprender el significado y el alcance de los mismos. El conocimiento se ha parcelizado de tal forma que nos hemos convertido en meros superespecialistas de alguna materia dejándonos por el camino la posibilidad de comprender muchas cosas y de forma global la esencia de lo humano. Necesitamos sin duda nuevas y grandes coordenadas para divisar un mundo como el nuestro tan diverso y cambiante.

El profesor de filosofía Gonçal Mayos recoge esa necesidad de un pensamiento multidisciplinar que aglutine todos los saberes en su concepto de Macrofilosofía: frente a la actual perspectiva del saber científico que a pesar de tener un gran poder explicativo solo se ejerce como suma de yuxtaposiciones sin dar una imagen global, la macrofilosofía (al igual que la macroeconomía frente la microeconomía) sería un saber que recompondría el todo contra el, en ocasiones, pensamiento reductivo científico. Tendría una perspectiva transversal, multidimensional, multidisciplinar y holística por vocación. Es el estudio de los procesos, estructuras y sistemas sociales, económicos de largo alcance significativo y temporal (industrialización, revolución...). También grandes conceptos agregados significativos (mentalidades sociales, grandes líneas culturales, ideas fuerza,...)

¿Por qué necesitamos la macrofilosofía? Como expone Mayos: Porque no somos griegos. Confundidos por bosques de imágenes, impactos, noticias o simultaneidades fragmentadas, no vivimos en una época como la griega preocupados por el conjunto de la condición humana sino que simplemente tratamos de sobrevivir en nuestra pequeña parcela de actuación. Todo el saber remite a una realidad y a una sola Humanidad que compone el saber (episteme griega). Nos encontramos como seres humanos lanzados a la existencia y es ante esta situación vital cuando debemos buscar nuestra condición. Esto supone una búsqueda para encontrar la esencia y dar cuenta de todo lo que conforma lo humano.

En Grecia la episteme (y la filosofía) era un saber omnicomprensivo al servicio del conjunto del conocimiento. Una visión global del saber que expulsó por un lado a otros saberes, como la poesía y  la mitología  y por otro a otros no-saberes, dignos de esclavos, como la doxa (mera opinión) y el pragmatismo o techne. Con la macrofilosofía se pretende recuperar lo que era la filosofía para un griego en una época que no es griega. Todo nuestro saber debe ponerse en relación a cómo contestamos a la pregunta kantiana de ¿qué es el hombre?: ¿Qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?¿qué debo esperar?. Detrás de la aventura del conocimiento radica en el fondo la búsqueda del sentido de lo humano. Algo que la macrofilosofía sin duda persigue contestar.

¿Qué aplicación práctica tiene la macrofilosofía? Puede ayudarnos por ejemplo a entender de forma multidisciplinar cual es la lógica de la fase actual del capitalismo que vivimos:
  • Empezando con el filósofo  Zizek y comprender que nos encontramos en la fase apocalíptica del capitalismo, el cual se ha convertido en una forma de religión donde la gente arriesga su vida para el desarrollo de la producción, de que el beneficio crezca y el capital circule subordinando totalmente a esto su felicidad. Y que estamos, aunque no lo parezca, en una época profundamente ideológica marcada aún por la desigualdad y la sociedad de clases, donde vivimos en una "ilusión democrática" que nos impide actuar y en la cual el Estado se convierte en un instrumento de la clase dominante.
  • Continuando con Richard Sennett y entender como los nuevos métodos de gestión del capitalismo (precariedad, cambio, incertidumbre) chocan con lo que conforma desde siempre nuestro carácter (lealtad, compromiso, solidez) corroyéndo ese carácter en el que nos han educado y provocando esa angustia e inestabilidad que todos podemos sentir en nuestro desarrollo profesional.
  • Siguiendo con Ulrich Beck y su sociedad del riesgo donde vemos que cada vez más los riesgos sociales, económicos o industriales tienden a escapar del control y protección de las instituciones que nos daban protección hasta el momento. Los riesgos se hacen incalculables, incontrolables por nuestros instituciones políticas e imprevisibles (como las crisis económicas). Esta incertidumbre afecta sin duda a nuestra construcción de la identidad personal desvinculándonos de las forma tradicionales de socialización (familia, trabajo,...) y tendiendo a  procesos de individualización extremos en una sociedad precaria.
  • Para finalizar con Zygman Bauman y su modernidad líquida donde la metáfora de la líquidez: en la cual los lazos entre las partículas son muy débiles, muestra un tiempo sin certezas con un carácter transitorio y volátil de las relaciones. La obligación de ser libres asumiendo miedos y angustias existenciales que tal libertad comporta o la cultura laboral de la flexibilidad que arruina toda previsión de futuro.
En la aventura del conocimiento y en nuestra búsqueda individual de cual es nuestra esencia y sentido como humanos, la macrofilosofía y la perspectiva multidisciplinar puede sernos de gran ayuda en ampliar las coordenadas con las que divisamos el mundo y  también pueden "empoderarnos" como ciudadanos para actuar con convicción y criterio. Quizás no deberíamos nunca olvidar la frase de Terencio: "Hombre soy; nada de lo humano me es ajeno"