martes, 16 de julio de 2013

Filosofía de los derechos: recuperando la buena vida.





Nuestra sociedad y sistema económico están dirigidos por un pensamiento que prioriza la gestión técnica y científica de nuestra actividad diaria. Una de las denuncias que se han hecho desde el campo de la Filosofía Política es que el liberalismo moderno y el pensamiento capitalista se mantiene estrictamente en el campo factual positivo entre lo que es y lo que debe ser, apartando los valores en la política y la economía.


El pensador Leo Strauss expuso clarividentemente que lo que es necesario es un profundo conocimiento filosófico del sentido del Ser Humano y los conceptos como la Justicia, la Nobleza o la Buena vida. Entre las diferentes libertades de las que el estado liberal está tan orgulloso, debería existir la libertad de no vivir estereotipadamente como un típico burgués urbano. La sociedad moderna y el pensamiento capitalista que se originó con Hobbes y Locke están fundados en los valores más bajos de la humanidad: el deseo, el egoísmo y la codicia. Nuestra modernidad debería incorporar la discusión del verdadero valor de la vida que prevaleció en la antigüedad.

Antes los acontecimientos de corrupción que tristemente padecemos, la política debería volverse otra vez hacia el conocimiento de la naturaleza humana y su valor, permitiendo a cada persona el suficiente espacio para su desarrollo intelectual y autorealización. Este pensamiento tiene una visión conservadora donde el principal llamamiento que se hace es hacia una revolución ideológica y no material. No se quiere cambiar la forma en como los bienes se distribuyen sino desplazar la gestión, la tecnología y el progreso como los principales valores de la sociedad moderna. Y descubrir mediante la educación cuales son los elementos personales que nos garanticen una buena vida, justa y noble. Algo que parece que ha quedado antiguo ante el mandato del éxito y la acumulación material a los que nos vemos continuamente sometidos y al cual nuestros políticos no son ajenos como sabemos.

Hay una fascinante relación entre la Filosofía Moral y la Teoría económica. Aunque parecen que las fronteras están claras y distantes, en realidad, aunque nos resulte extraño,  la economía surge de la Filosofía Moral en su consolidación como conocimiento científico autónomo en el siglo XVIII. En esa presunta cientificidad y positividad analítica es donde la economía se fundamenta e intenta controlar la realidad mediante la prescripción de políticas que llegan a abarcar todos los ámbitos de nuestra vida. Pero este cientifismo positivo en el fondo tampoco es válido como única forma válida de gestión social y más si esta basado en pseudovalores como la codicia o el egoísmo. Los criterios normativos  que democráticamente nos demos, como por ejemplo una Filosofía de derechos que haga de la búsqueda del bien común su principal principio, sólo por el mero mérito interno de una discusión participativa y comunicativa  pueden ya ser válidos como forma de gobierno social.


Estos criterios normativos no consecuencialistas forman parte del rescate que la Filosofía moral debería hacer sin complejos de la economía y la sociedad que esta creando. Criterios técnicos tan interiorizados por nosotros como la eficiencia económica o el coste-beneficio son también intrínsecamente criterios tan  normativos como los de una Filosofía de derechos y el bien común democráticamente decididos . La economía positiva en última instancia, solo puede ser capaz de descubrir paradojas en los criterios normativos, pero no crearlos. Por eso se hace tan necesaria la formación en Humanidades que desarrolle el sentido crítico de nuestros dirigentes y políticos y amplíe la perspectiva hacia lo que realmente nuestros clásicos ya supieron sabiamente ver: la buena vida y el bien común. Y normalmente esto tiene poco que ver con elementos materiales y más con la relación con los demás y la activa formación del propio carácter para llegar a Ser lo que uno Es. Bienvenido sea pues este tipo de realmente necesarios rescates.




domingo, 7 de julio de 2013

Capitalismo emocional: la pareja como última utopía.


Una de las cuestiones que han tomado más relevancia últimamente en nuestro espacio social y cultural es sin duda la temática de las emociones y los sentimientos: su comprensión, predictibilidad y gestión ocupan cada vez más áreas de conocimiento, como la economía, que habían estado alejadas de una de las características que encajaban menos con un sociedad, que buscaba racionalmente el progreso y debía superar, por tanto, sentimentalismos irracionales que sólo generaban desordenes personales y sociales.

Históricamente el Romanticismo supuso el contrapunto y el refugio en las propias emociones ante una revolución industrial, en la que existía una racionalización excesiva que destruía lo emocional en pos de la búsqueda del beneficio instrumental. Lo interesante es que quizás actualmente hayamos dado una nueva vuelta de tuerca a la intromisión del mercado y el capitalismo en un temática tan personal y cultural como son las emociones. No solo las emociones se piensan desde la economía sino que también la economía trabaja las emociones en sus nuevos modelos, ya que se ha descubierto que buena parte de las decisiones económicas tienen una base emocional.

La socióloga de origen judío Eva Illouz con su término Capitalismo emocional define un tipo de cultura postindustrial donde las utopías de la felicidad son mediadas por el consumo. Los problemas emocionales se piensan y se gestionan según la lógica económica, como si se tratara de una inversión, que conlleva un análisis estratégico, un posicionamiento en el mercado, una perdida o ganancia. Ha dejado de ser significativo el ideal romántico, hecho de gratuidad y pasión. Hoy los sentimientos se construyen y se entienden según el modelo instrumental del capitalismo. La cultura del amor romántico ha sido substituida por la cultura de la terapia en la creencia, acientífica, en que todo lo que nos sucede debe necesariamente significar "algo". Esto resulta coherente con la lógica productiva del capitalismo donde todo debe ser aprovechado en la búsqueda del beneficio. Con Freud se realiza una construcción científica de la sentimentalidad como objeto de problematización y terapia psicológica y con la pirámide de Maslow, uno parece que no es nadie sino busca su propia autorealización.

Como expone Illouz, uno de los ámbitos sociales que se ven más afectados por este capitalismo emocional es el mundo de la pareja que pasa por ser la última utopía moderna en donde dos personas están unidos por elección, no por deber. Sus sentimientos están defindos por la libertad. Cada parte es depositaria de la confianza, confidencias y bienestar de la otra, esperando la continuidad de la fusión, con objetivos comunes. Pero esta unión de la pareja, gestada en la libertad resulta difícil llevarla a la realidad en una cultura actual como la nuestra que prioriza otros valores.   

¿Por qué es tan difícil vivir en pareja? Según Illouz existen claros factores explicativos:

  • La actual cultura psicológica nos lleva a centrarnos en nuestro ego, su cuidado y su desarrollo. Esta sobrevaloración de los intereses personales puede hacer de la relación amorosa una empresa utilitaria que busca la maximización del placer individual.
  • La modernidad se rige por la igualdad, y ello genera nuevas tensiones, dado que lleva a hombres y mujeres a medir lo que cada uno da y recibe. Es difícil convivir con una continua evaluación del debe y el haber.
  • El enemigo del aburrimiento: la fuertes sensaciones y experiencias nuevas se han convertido en aspiraciones permanentes alentadas por la publicidad. La ausencia de continuas novedades puede resultar deprimente a la pareja.
  • La cultura dominante nos promete y exige el cambio y el desarrollo personal. Se parece obligado a alcanzar una vida feliz donde nuestro Yo evolucione. Esta permanente ansiedad por la evolución desestabiliza a la pareja cuando la estabilidad es una de sus condiciones necesarias.
  • La cultura actual nos impulsa hacia la independencia. También esta tensión presiona a la pareja; la exigente reivindicación de autonomía se enfrenta a la realidad del amor, que es la aceptación de la dependencia del compromiso y la simbiosis.
Para Illouz la pareja monógama es la última organización social que resiste ante los principios del capitalismo y debe ser defendida como resistencia a la ideología dominante. El concepto de pareja se sitúa contra la maximización de la continua elección, contra la cultura del yo que demanda nuevas sensaciones sin cesar. La pareja funciona como economía de la rareza; requiere virtudes y el carácter que la sociedad actual no nos inculca. La pareja implica ser capaz de hacer del otro un ser singular; renunciar al cálculo utilitario, no centrarse en el interés, soportar el aburrimiento, preferir el compromiso a la inseguridad. Ante un mundo necesitado de nuevas miradas, devolvámosle pues de nuevo la mirada romántica como forma de resistencia y compromiso.





domingo, 30 de junio de 2013

Regalando experiencias: la nueva sensibilidad postmoderna

Si paseamos por nuestras calles, navegamos por internet, vemos la televisión y sus ofertas publicitarias o simplemente conversamos hay un nuevo aspecto de la sensibilidad actual que puede llamarnos la atención en como de diferente, comparado con otras épocas, percibimos nuestro mundo : valorizamos cada vez más las experiencias o vivencias y las relaciones con las cosas que la posesión de esas cosas y su valor económico intrínseco.

Vivimos seguramente en una época en la que afectados por una crisis que material y moralmente nos ha empobrecido, tendemos a hablar de forma diferente de lo que percibimos, dejando más de lado los objetos externos y dando mucha más importancia a lo que nuestra conciencia percibe y las relaciones que positivamente crea. Los especialistas en marketing han sido la avanzadilla en captar esta nueva sensibilidad postmoderna con el lanzamiento del  nuevo concepto en boga que es el  marketing experiencial: consiste en vender no productos, sino productos elegidos en el seno de experiencias e incluso experiencias a secas: una estancia en un spa relajante en lugar de un objeto, como  por ejemplo un bolso.

Si tomamos perspectiva histórica podremos reflexionar que hace unos siglos la economía era básicamente subsistencia. Con la llegada de la revolución industrial la palabra clave fue eficiencia: cómo hacer las cosas más baratas para que la gente se las pudiera permitir. Ahora se da un nuevo cambio, que pone el foco en cómo hacer las cosas más placenteras, agradables, divertidas. Es un cambio natural en sociedades con significativamente más recursos que sus predecesoras históricas.

La consecuencia de todo esto es que nos enfrentamos ahora a un sujeto débil que se sumerge en las experiencias hasta que no se distingue a sí mismo con el fin de gozar mejor de ellas. Se deja llevar y si todo va bien, encuentra el placer buscado sin desplegar esfuerzos, viviendo sin más la experiencia, entregándose a las vivencias que engendra. Los científicos nos indican que el cerebro humano no está hecho para la multitarea sino para concentrarse plenamente en algo, de aquí el éxito de las nuevas prácticas modernas denominadas mindfulness que se traduciría como la conciencia plena o atención consciente: se trata de recuperar lo que los niños hacen de forma natural: tomarse el tiempo para ser conscientes de todo lo que nos rodea, absorber imágenes, sonidos, olores, personas, emociones y experiencias de un modo nuevo y apasionante.

Pero ya es el filósofo Rousseau que, con su sensibilidad prerromántica, inagura este tiempo de las descripciones de las vivencias pasivas que se corresponden perfectamente con la experiencia contemporánea. En su obra Las ensoñaciones del paseante solitario describe en diversos pasajes ese goce presente de las viviencias en sus paseos de su retiro forzado. Son pensamientos y ensoñaciones, como él las denomina ,donde "con mi leve existencia llenaba todos los objetos que veía". Liberado de ruido, normas y obligaciones se dejaba llevar por el flujo, la concentración en los sentidos ,en un presente que ya no pasa y en la uniformidad de un movimiento continuo que suspende el tiempo.

En las vivencias y las ensoñaciones de sus paseos, Rousseau nos describe magistralmente el goce de sí mismo en tanto que existente: "¿De qué goza en semejante situación? De nada externo a uno, de nada sino de uno mismo y de su propia existencia; en tanto tal estado dura, uno se basta a sí mismo, como Dios.". En un mundo que ha priorizado el éxito entendido como la posesión de cargos, objetos o simplemente dinero, debemos quizás retornar a esa sensibilidad romántica que Rousseau inauguró: donde lo importante es nuestra conciencia y el  goce de estar vivos: en el fondo la vida es lo que nos pasa, como nos afecta, como lo sentimos y compartimos. Recuperemos pues la  pasión y la mirada fascinada de los niños ante un mundo que cada día les parece nuevo y que de la misma forma cada día también se abre ante nosotros.




viernes, 21 de junio de 2013

Ejemplaridad Pública: la necesidad de nuevos ideales


Una de las sensaciones que se manifiesta con mayor intensidad en la época de desestructuración que vivimos es seguramente la pérdida de referencias individuales: las actuaciones de  parte de nuestros representantes públicos han sido objeto del legítimo cuestionamiento por parte de la ciudadanía. Podemos decir que no han sido actuaciones ejemplares. Nuestro tiempo pasa ahora por convertirse desgraciadamente en un época sin referentes. Pero, debemos pues resignarnos a esta situación o, podemos en cambio, proponer alternativas de comportamiento que dignifiquen y orienten no sólo nuestras acciones, sino también el ideal a perseguir como sociedad.

El escritor y pensador Javier Gomá es uno de las personas que han realizado una reflexión más afinada en su obra sobre el concepto de ejemplaridad pública. Así, expone que la separación entre la vida pública y la privada, aunque desde el punto de vista estrictamente legal es una parcelación de la vida legítima, en cambio no lo es desde el punto de vista moral ya que permite comportamientos privados que no aprobaríamos en un espacio público. La famosa fábula de las abejas de Mandeville, en la cual vicios privados son virtudes públicas, no sería admisible.

Debemos reconocer que si adoptamos una amplia perspectiva temporal histórica, afortunadamente vivimos en la mejor de las épocas conocidas : uno de los grandes logros de la democracia ha sido el establecimiento de unos principios básicos de igualdad y libertad que como dice Gomá, en positivo han permitido una vulgarización social: el vulgo, que lo domina todo, es libre, igualitario y nivelador. No deberíamos asociar siempre vulgaridad con mal gusto porque uno de los pilares básicos de la democracia en las sociedades abiertas ha sido la igualación en libertad de sus ciudadanos. Esta nivelación, sin duda, ha traído también prácticas que quedan lejos de lo que antiguamente era considerado como virtuoso.

Gomá nos continua diciendo que el cumplimiento de la ley en nuestra vida no es suficiente sino que hay que utilizar el concepto de ejemplaridad. Debemos simplemente hacernos la pregunta:¿Qué tipo de persona eres? ¿Se puede confiar en tí? La respuesta es sencilla: simplemente hay que ser una persona digna de confianza. ¿Cómo hacerlo? Los valores como por ejemplo la honestidad o el respeto a la dignidad de los demás en el fondo se aprenden mucho más dando ejemplo práctico de ellos que en los grandes discursos escritos en sesudos manuales.

Ser ejemplar para Gomá es haber pasado de una fase estética adolescente y pasar a una fase ética donde se han desarrollado dos especializaciones: la del corazón, a través de la creación de una familia y la posible reproducción; y la del trabajo con el desarrollo de una actividad de producción y utilidad social. Ser ejemplar es dejar de autopertenecerse para servir y pertenecer a los demás. Y en una sociedad donde las relaciones mútuas e interacciones son enormes y en diferentes medios, hay que ser conscientes que, inevitablemente, nuestras actuaciones, tanto públicas como privadas, van a servir de ejemplo positivo o negativo a las personas con las que interactuamos.

Por lo tanto, son necesarios imperativos de ejemplaridad : "Vive de tal manera que causes un impacto positivo en tu circulo de influencia". "Que tu vida sirva de guía a los demás". "Prioriza aquel comportamiento que si se generaliza suponga un efecto positivo a los que te rodean". Desde nuestra humilde experiencia vital, hay que tratar de ser ejemplares, de ser honestos, de respetar la dignidad de los demás. Es la mejor forma para que nuestros hijos adquieran los valores a los que nosotros damos importancia y que pueden dar un vuelco a esta época sin referentes. Y  para atemperar todo esto, hay que ser conscientes también de que, como sabiamente expresa Javier Gomá: la madurez no es sino un proceso de aprendizaje en el que debemos aceptar la imperfección, primero la del mundo y después la nuestra propia. Ni el mundo es como quisiéramos, ni nos va a dar todo lo que queramos y nosotros tampoco vamos a ser mejores que los demás siempre.

Lejos de la queja sistemática y desencantada, dignificar nuestra época está en nuestra mano: siendo ejemplo de ciudadanos libres, comprometidos consigo mismos y con sus semejantes; siendo personas maduras, padres y madres consecuentes y trabajadores honrados. Siendo en definitiva "humanos" en el sentido de Montaigne: "las vidas más hermosas son las que se sitúan en el modelo común y humano, sin milagro ni extravagancia". Aquí radica en el fondo la verdadera grandeza humana.



domingo, 16 de junio de 2013

La literalidad del mundo: la imaginación como vida verdadera

Vivimos en un mundo desencantado: influenciado por el positivismo y ante la imposibilidad de obtener nociones absolutas, nuestra realidad es solo vista como una sucesión de leyes y relaciones que hay que tratar de comprender para apropiarse así de sus réditos. La explicación de los hechos se reduce así a sus términos reales dejando de lado cualquier otro tipo de explicación no científica o a la sensibilidad artística como forma de vivir nuestra vida.

El escritor Patrick Harpur en su obra La tradición oculta del alma, nos expone que quizás detrás de la crisis actual del Capitalismo postdemocrático se desvela su habilidad para achatar el mundo con un visión lineal y unidimensional de una realidad de la que lo que hay que hacer es, apropiarse o sacar rendimiento. La mayor de las amenazas que pende sobre el ser humano es el literalismo: la hybris de un ego incapaz de aceptar cuanto no alcance a ser iluminado por su razón. Todo lo que este fuera de la razón (los sentimientos, lo poético e imaginado, nuestro inconsciente, lo oculto sin explicación) debe no ser solo rechazado, sino también denostado. No existe una naturaleza ni un alma del mundo que imaginar ,sentir y en la que confiar;sólo hay que apropiarse de ella en nombre del progreso.

Hay explicaciones magistrales en la mitología sobre el problema de la literalidad:  así el mito griego de Orfeo,que mientras conduce a Eurídice fuera del inframundo, no puede evitar volverse para asegurarse de que es ella, es decir adopta la perspectiva literal sin confiar y no puede evitar de este modo perderla, dejar que Eurídice se repliegue de nuevo al inframundo del Hades. O el de Perseo que, precavido, se acerca a la Medusa caminando hacia atrás y provisto de un escudo pulido, a modo de espejo, que le permita mirarla de manera indirecta y eludir así su mirada petrificante. Confrontado de forma literal, el rostro de la Medusa es mortal, pero tratado con la cautela que hilvana las imágenes indirectas del escudo, mirando sesgadamente, la Medusa se vuelve dúctil y vulnerable.

Y es  en esta dura realidad  que sólo es vista de una perspectiva de literalidad económica donde debemos retornar con confianza al alma del mundo, a su poliédrica naturaleza. La imaginación es la facultad que inscribe lo humano en la naturaleza y despliega el vocabulario con el que a lo largo de los siglos se ha manifestado el alma del mundo. Debemos luchar contra el desencantamiento del mundo: no debemos romper, como decía Plutarco, la cadena que une al mundo con los dioses. Los mitos y la imaginación liberan a la psique del angosto recipiente del ego, rellenado ahora  por ansias de apropiación y éxito a toda costa que, bien pensado, en el fondo no nos definen. Sólo así quizás podamos dar una nuevo enfoque a un capitalismo, que con su literalidad  del éxito económico que pone todo al servicio del mercado, se ha apropiado de nuestra visión de la realidad.

La lectura literaria, el escribir nuestros pensamientos, la poética creadora, el sentir artístico o el escuchar relajado nos acercan mucho más a la real naturaleza de las cosas y al alma del mundo. La verdadera vida en el fondo está oculta y es una cuestión de Fe y Confianza en los demás y el mundo que nos rodea. Como sabiamente nos decía Borges: la verdadera vida, es la vida imaginada.



lunes, 10 de junio de 2013

El consentimiento con las interpretaciones: el Pensamiento Débil

Hablamos muchas veces que los hechos son los hechos. Que no hay lugar a discusión posible cuando tenemos un dato o un factor objetivo relevante. La dura facticidad de las cosas nos es impuesta a pesar de que en muchas ocasiones no estemos de acuerdo con ello. Pero ¿hay realmente hechos? ¿Hay una verdad unitaria que se manifiesta en hechos?

El filósofo italiano Gianni Vattimo nos puede servir de orientación mediante su denominado pensamiento débil: es una teoría filosófica que, enmarcada en la posmodernidad en que vivimos, critíca los grandes sistemas metafísicos disolviendo los absolutos y las abstracciones. Ya no hay un metarrelato que de sentido completo a lo que vivimos y además hay una disolución progresiva de la idea de objetividad.

No existe una verdad unitaria. La verdad se corresponde con unos criterios de verificación, pero estos no son siempre los mismos, sino que varían según las diferentes épocas y culturas. No hay, como decía Kant, unos a priori iguales para todo el mundo sino que las diferencias culturales implican diferentes formas de acercarse a la realidad.

El pensamiento débil se llama así porque tiene una visión de la evolución de la historia humana que tiende a la reducción de la objetividad, de la dureza de la realidad. La antropología cultural se hace relevante. El pensamiento débil intenta reconstruir una racionalidad humana que no se base en unos principios absolutos que no podemos poner en duda. No hay hechos solo interpretaciones. La verdad no es una cuestión de encuentro con los hechos, sino de consentimiento con las interpretaciones.

Esta idea del carácter interpretativo de la experiencia humana es realmente un descubrimiento de nuestra libertad: lo que nuestras autoridades, políticos o economistas llaman realidad no es más que en el fondo una cuestión de consentimiento nuestro con su interpretación interesada para mantenerse en el poder o presionarnos para hacer algo. Y es que afortunadamente hay veces que de la debilidad surge nuestra fortaleza para ser libres.




domingo, 2 de junio de 2013

Haciendo del tiempo un aliado interno


Si de algo tenemos mayor sensación es de la falta de tiempo. Hemos hecho de nuestra vida diaria una contrareloj de actividades que acaban por agotarnos. Además, al fomentar en nuestro sistema económico el endeudamiento, hemos provocado que gran parte de la población haya ya vendido su tiempo futuro para poder devolver esas deudas. Pero: ¿Qué es en realidad el tiempo? ¿Existe el tiempo? ¿La forma en como concibamos el tiempo puede ayudarnos en nuestra vida cotidiana?

Desde ámbitos en principio tan dispares como la Física y la Filosofía podemos encontrar respuestas que nos hagan reflexionar sobre cómo hacer del tiempo un aliado interno. Para la Física lo que existen son los procesos que conforman una realidad. Se habla de la flecha del tiempo refiriéndose a los procesos irreversibles que se dan en el mundo físico. Nuestra vida es un proceso irreversible que se va construyendo en nuestro devenir vital. En cambio para Einstein nos decía que el tiempo no existía porque el mundo físico no era un proceso y hablaba de una realidad absoluta. Los acontecimientos son la percepción humana y relativa de esta realidad absoluta.

Pero ya desde la Filosofía griega Presocrática existía esta conceptualización diferente de la realidad del tiempo con los filósofos Heráclito y Parménides y que ha continuado vigente hasta nuestros días:
  • Para Heráclito la realidad tiene un carácter asombroso en lo que a su diversidad se refiere. El fluir continuo de todo lo concreto y el cambio constante son condiciones fundamentales de la experiencia sensible humana. La realidad es una armonía de tensiones opuestas cuyo principio es el devenir. Todo fluye (panta rei). En China también se entiende la realidad como un proceso de transformaciones.
  • Parménides defiende la unidad de lo real. Lo común a la existencia es la persistencia del Ser. Mas allá del Todo nada existe, porque el Todo es el Ser y más allá del Ser no hay nada. Nos topamos con una llamativa negación del devenir. El Ser es increado, imperecedero, inmóvil e ilimitado. El universo ha de ser necesariamente un continuo repleto del Ser. Parménides estaría muy cerca de Einstein al concebir una realidad absoluta que nosotros sólo percibimos relativamente sin poder cambiar su naturaleza.

Estas dos concepciones pueden ayudarnos: primero a saber que el tiempo es entendido como un proceso de transformación en el que nosotros tenemos la afortunada oportunidad de intervenir para cambiar. Pero seguidamente,debemos hacerlo con conciencia que nuestra posición en la realidad es relativa y humilde y que debemos respetar la naturaleza de las cosas sin forzarlas.

La diferenciación entre el sentido objetivo y subjetivo del tiempo es algo que podemos aprender de nuestros vecinos del continete Africano como nos decía Kapuscinski: así, los Europeos estamos convencidos que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y constantes, los cuales no podemos controlar. Los Africanos perciben el tiempo de manera bien diferente: para ellos el tiempo es una categoría más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso. El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear.


Ser pues conscientes de esta naturaleza polimórfica que el tiempo tiene: de su oportunidad de transformación y cambio; que nuestra posición relativa debe respetar la naturaleza de las cosas: que el tiempo es algo también interior y subjetivo que nosotros podemos crear, debe ayudarnos a posicionarnos antes esa sensación de escasez de tiempo que todos en algún momento vivimos. Sabemos que el ego es una ficción creada para dar solidez y continuidad a una civilización Occidental como la nuestra,que mediante el dominio, control y la organización del tiempo y nuestros egos ha escrito su historia de dominio que ha llegado ahora a un punto crítico.

Hagamos pues de nuestro tiempo subjetivo, que nosotros creamos para lo que realmente nos da sentido, un aliado interno y motor de cambio de una sociedad que hace de su escasez un elemento de dominio y control.


domingo, 26 de mayo de 2013

Del enjuciamento a la comprensión: la verdad moral



Estamos acostumbrados en los diferentes ámbitos de nuestra vida a realizar consideraciones, dar opiniones, a juzgar en definitiva. Y al mismo tiempo, a estar continuamente recibiendo aprobaciones o desaprobaciones, juicios de otros y en el mundo empresarial el conocido como  feed-back como forma de evaluar nuestras actuaciones profesionales. Este enjuiciamiento continuo, nos parece algo natural  que aceptamos casi inconscientemente, a pesar de que muchas veces nos produzca internamente sufrimiento y malestar, porque detrás se esconden situaciones de dominio de la voluntad y búsqueda del servilismo productivista como en el caso empresarial, donde todo, incluida nuestra vida, debe ponerse al servicio de una burda y manipulable ficción contable como es el beneficio.

Cabe preguntarse si existe una legitimidad fundamentada que nos permita realizar esos juicios del valor sobre los otros o sobre lo que nos rodea. ¿Existe un orden moral del mundo que nos permita enjuiciar a los demás a través de sus premisas? ¿Y quién está legitimado para juzgar? Desde la filosofía una de las respuestas más clarividentes vienen del filósofo holandés Spinoza: su doctrina niega el orden moral del mundo. No hay una teleología, una causa final que de sentido a lo que hacemos. Denuncia  así el orden moral del mundo: el bien y el mal no existe, son solo inventos para someternos a un poder ya sea sacerdotal, político o empresarial. Bueno es lo que proporciona placer o alegría y malo lo que nos produce sufrimiento y tristeza. Culpabilizarnos ante los juicios de otros es una pasión triste, negativa e inútil.

¿Qué debemos hacer entonces si no hay un orden moral que justifique los juicios? Al contrario de lo que pueda parecer, Spinoza propone una ética afirmativa de la vida: la alegría de vivir siguiendo el conatus del querer ser. El libre albedrío es una ficción. Estamos determinados pero la libertad es autodeterminación: hay que actuar por el propio impulso y no como respuesta a la acción de otro. Ser capaces de decidir por nosotros mismos y no por la presión de los otros. Es nuestra determinación interna contra la determinación externa de nuestros sacerdotes, políticos o jefes. No hay una voluntad libre: hay voluntad fuerte y voluntad débil. Hay que distanciarse serenamente de los condicionamientos externos e internos y seguir nuestras pasiones. Nadie tiene legitimidad para juzgarnos.

Nietzsche, que consideraba a Spinoza como un precursor de su pensamiento, nos decía que el mundo es lo que es y no puede ser otra cosa: hemos de querer las cosas como son porque es lo que hay (amor fati). En esta autodeterminación al que nos empele un mundo sin orden moral, quizás nos quede fundamentarnos en tener un compromiso ético con la verdad en todos los ámbitos de actuación de nuestra vida, incluyendo la profesional. Y como también nos dice el filósofo Slajov Zizek: la verdad está siempre del  lado de la víctima, de los que sufren el poder de unos pocos, de los excluidos del sistema. Hay siempre una verdad moral.

Hay que ser conscientes de esta falta de legitimidad del sistema actual. Que vivimos inmersos en una ideología de la apropiación de recursos por unos pocos, que mediante un sistema de representaciones y discursos repetitivos como el de la eficiencia, el consumo y los beneficios, intentan justificar un estado de cosas y ocultar así los conflictos reales, como la exclusión y el desamparo de gran parte de nuestra población, que por pura frustración comienzan a explosionar en los extrarradios de las grandes ciudades.

En la búsqueda de esa verdad moral quizás también nos lleve a interiorizar que en vez de juzgar y muchas veces despreciar y excluir a los otros basados en premisas ilegítimas, hay que tratar de escuchar, comprender, incluir y ayudarles con nuestras capacidades. En esta autodeterminación reside nuestra verdadera libertad ejercida como una voluntad fuerte y una afirmación inclusiva en positivo de la vida como palanca para cambiar el mundo.


lunes, 20 de mayo de 2013

La incertidumbre como mejora


Si hay algo a lo que todos hemos tenido que enfrentarnos con la situación de crisis actual es a la incertidumbre: al no saber con seguridad como va a evolucionar nuestra actividad laboral, si vamos a poder desarrollar nuestra carrera profesional como desearíamos o si nuestras apuestas personales van a poder cumplirse según nuestras expectativas. El tipo de entorno que vivimos actualmente ha intensificado sin duda esa sensación de pérdida de control sobre cuestiones de las que anteriormente no nos preocupaba su evolución porque eran más previsibles.

Si analizamos la incertidumbre desde una perspectiva más macro veremos que en la naturaleza existen ambientes que cambian mucho sus condiciones (fluctuantes) y otros que son más estables. La diversidad más alta se da precisamente en los ambientes más estables, mientras que los ambientes más fluctuantes son más pobres en especies. La vida parece preferir la tranquilidad, pero también es capaz de adaptarse a los grandes cambios. De aquí surge la gran diversidad de estrategias de los seres vivos para disminuir la presión del entorno y ser capaces de sobrevivir.


La ciencia siempre se ha balanceado entre el determinismo y el caos: así la mecánica clásica es una ciencia determinista: es decir, el comportamiento de un sistema está unívocamente determinado una vez fijadas las posiciones y velocidades iniciales, y conocidas las fuerzan que actúan en él. Sin embargo, esto no significa, necesariamente, predictibilidad.


Los sistemas caóticos son aquellos que son extremadamente sensibles a las condiciones iniciales. Como es imposible repetir con absoluta exactitud las condiciones iniciales, los resultados pueden ser siempre diferentes. Los fenómenos naturales obedecen a leyes deterministas, pero, en general tienen un comportamiento caótico. Por eso es imposible predecir con exactitud el tiempo, la migración de poblaciones o la economía. Afortunadamente, la naturaleza es poco predecible (y por eso los economistas caen en el error  y soberbia epistemológica de ver su función como predictores privilegiados del futuro, pertrechados con herramientas cognitivas que se ven superadas continuamente por la propia realidad).


Para sobrevivir y mejorar en todo tipo de entornos usamos lo que denominamos inteligencia entendida como la capacidad de un ser para procesar información (interior o exterior). La inteligencia ayuda a mantener la independencia respecto a la incertidumbre del entorno. En ambientes seguros no hace falta un nivel de inteligencia demasiado grande. Pero cuando el medio se vuelve más incierto, un grado superior de inteligencia permite una mayor posibilidad de supervivencia. Vemos así  la incertidumbre es un catalizador para mejorar a través de nuestra inteligencia.


El ensayista Nassim  N. Taleb en su obra Antifrágil. Las cosas que se benefician del desorden expone que hay cosas que se benefician de la crisis, ya que prosperan si se exponen a la volatilidad, al desorden y a los estresores, y a las que les encanta la aventura y la incertidumbre porque poseen una característica especial: la antifragilidad que es aquello que poseen los sistemas naturales que les permite mejorarse enormemente gracias a la exposición al azar. Así ocurre por ejemplo con el genio humano y la inteligencia que surge de la dificultad de verse obligado de salir de situaciones complicadas. Nos cuesta mucha más gestionar la abundancia que la escasez. Según Taleb, acabamos acomodándonos y tratando de construir entornos estériles y seguros, y así perdemos de vista todo aquello que nos hace florecer. El dolor, los estresores y los errores son en el fondo información, pero en lugar de aceptarlos e incorporarlos como forma de mejora personal preferimos fragilizarnos al tratar de protegernos.


En una situación de crisis como la actual donde el conocimiento predictivo es tan débil y todos los intentos de controlar el entono generan más problemas;  y ante un sistema que tiene la incertidumbre como constante, estamos quizás ante un momento que los antiguos griegos llamaban Kairós: un momento oportuno, un instante privilegiado en el que de repente se abren nuevos horizontes y posibilidades y seamos capaces de visualizar la incertidumbre como una forma de mejorar y dar paso a nuevas inteligencias: relacional, emocional, holística o existencial que acaben con el dominio de inteligencia lógica, racional y literal propia de sistemas deterministas y que ha quedado afortunadamente superada por los nuevos e inciertos entornos que nos van a tocar vivir.


viernes, 10 de mayo de 2013

Hacia la conquista colaborativa de nuestra plenitud


Cuando tenemos que gestionar nuestras capacidades dentro de una organización o en nuestro entorno personal surge la pregunta de qué tipo de competencias se han de desarrollar en esta nuevo época que vamos a vivir. Nos han aleccionado, siguiendo la la teoría económica clásica, que la competencia y el homo economicus egoísta son los motores de toda economía, empresa o sociedad que quiera progresar. También sabemos por nuestra experiencia que esta radicalidad fanática en los planteamientos nos ha llevado a una situación social de exclusión no sólo explosiva sino indigna para muchos de nuestros conciudadanos.


Es necesario quizás revisar estos conceptos que la economía considera inamovibles y que tanto daño estan haciendo. Así desde ámbitos de conocimiento afines como la sociobiología podemos aperturarnos a nuevas formas de pensar: el sociobiólogo E.O. Wilson expone que la selección individual es el resultado de la competencia para la supervivencia y la reproducción entre los miembros del mismo grupo. Modela en cada miembro instintos que son fundamentalmente egoístas en referencia a los demás miembros. Por el contrario, la selección de grupo consiste en competencia entre sociedades mediante conflictos y modela instintos que tienden a hacer que los individuos sean mutuamente altruistas. En la evolución social genética existe una regla de hierro: los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, mientras que los grupos de altruistas ganan a los grupos de egoístas. Aunque nunca hay una victoria completa; si tuviera que dominar la selección individual, las sociedades se disolverían.

También hemos descubierto que las viejas competencias típicas de la sociedad industrial como la competencia y el egoísmo racional necesarias para conseguir trabajo o aumentar la productividad no sirven en la nueva economía del conocimiento: estaban demasiado jerarquizadas y no daban suficiente valor a algo tan necesario actualmente como la creatividad.Y esta solo se fomenta desarrollando el aprendizaje social y emocional, conciliando entretenimiento y conocimiento y primando la colaboración en lugar de la competitividad para crear el adecuado clima de trabajo.

Si seguimos ampliando miras y completamos nuestra visión con la solvencia que nos dan nuestros clásicos del pensamiento podremos empezar a vislumbrar como se puede poner en práctica desde nuestra propia trayectoria vital esta nueva forma de pensar; Aristóteles decía algo muy inteligente: la naturaleza suele dotar a los individuos de capacidades suficientes para llegar a su perfección, a su madurez. Una planta, simplemente con desarrollar su principio interior, alcanza su plenitud y su esplendor. Lo mismo para un animal. Y en el caso del hombre, nuestros principios interiores nos llevan a una madurez que es descubrir nuestra dignidad compartida. La perfección humana se alcanza con el desarrollo de nuestros principios interiores a través de unas capacidades que las personas con responsabilidades de dirección deben saber potenciar en sus colaboradores de forma empática.

Y vemos que tanto a nivel individual como social la colaboración  no sólo es la vía para tejer sociedades consistentes,con futuro en la nueva sociedad del conocimiento sino la forma de alcanzar la plenitud individual y devolver la dignidad a muchas personas que la merecen de origen. Hay sin duda algo indigno en la competencia y el egoísmo que provocan  la exclusión laboral y social. La conquista colaborativa es quizás el nuevo camino a tomar sino nos queremos disolver como sociedad.