domingo, 13 de noviembre de 2016

La dominación simbólica: Pierre Bourdieu y la sociología de la vida cotidiana


Una de las funciones  que proporcionan las disciplinas humanísticas como la sociología es la de ser herramientas de combate para cambiar el mundo y luchar contra las desigualdades. Uno de lo más grandes ejemplos lo tenemos en el sociólogo francés Pierre Bourdieu que desarrolló un estudio del poder y de las distintas formas de dominación, mediante el análisis de las prácticas culturales y la vida cotidiana. 

Bourdieu desarrolla una ciencia de la práctica humana que alimenta la crítica de la dominación bajo todas sus formas. El concepto de dominación simbólica es una de sus más conocidas aportaciones: la dominación sobre el otro empieza por la palabra, el lenguaje se convierte en un instrumento de poder. La violencia simbólica es ejercida mediante nuestra colonización mental con formas de percepción y categorías de pensamiento impuestas sutilmente desde fuera (quiénes debemos ser, qué nos caracteriza, cuál es nuestra posición en el mundo). 

Para Bourdieu actuamos normalmente de manera ajustada al mundo, sin por tanto reflexionar en nuestra acción ni cuestionarlo. ¿Por qué? Porque hemos incorporado las regularidades del mundo social como forma de disposiciones duraderas de actuar, pensar y sentir, como un habitus ajustado al mundo. Bourdieu define habitus como el conjunto de disposiciones (gustos, aspiraciones, formas de pensar) que los individuos adquieren a través de los medios sociales donde viven.

Introduce también el concepto de campos sociales que son las configuraciones de las relaciones sociales donde los grupos se ven y se relacionan. Son dinámicos y promueven una jerarquización entre quienes detentan el poder y aquellos que aspiran a tenerlo. Los dominados piensan con las categorías mentales heredadas de los dominantes.

El campo social es el espacio de juego donde se establecen luchas (por el capital simbólico de la legitimidad, el prestigio o la autoridad)  entre los participantes (agentes que luchan, crean, participan en el campo). Así por ejemplo, el campo laboral es un espacio institucional con reglas, donde los agentes participantes (empleados) compiten estableciendo luchas y estrategias por el capital simbólico que es un cargo o puesto que da prestigio y autoridad.

En el espacio social existen diferentes tipos de capital que configuran el capital global de una persona y la clase social a la que pertenece: el capital económico (tierras, bienes, trabajo, propiedades), el capital social (conjunto de relaciones sociales, contactos, conocidos, parientes) y el capital cultural (consumos refinados, reconocimientos y títulos académicos). La lucha de clases es una lucha por estilos de vida. Las clases sociales no se explican solo por el proceso de producción o el nivel educativo: las clases sociales surgen de una red de relaciones que abarcan desde donde se estudia, que música se escucha o cual es el lugar de vacaciones.

La sociología de Bourdieu incorpora tres conceptos de sociólogos y pensadores anteriores: 1) una síntesis de las aportaciones de Marx: con la sociedad como teatro de una lucha entre grupos sociales de intereses antagonistas; 2) Max Weber:  donde las relaciones de dominación son también relaciones de sentido que son percibidas como legítimas y 3) Emile Durkheim: al exponer que hay un vínculo entre las categorías mentales y categorías sociales.

La suma de la violencia simbólica (colonización mental de las formas de percepción y categorías de pensamiento) más la violencia física y la economía garantizan la continuidad de las desigualdades. Afortunadamente, el análisis sociológico de Bourdieu, al explicar estas relaciones y conceptos, se convierte en una herramienta útil que puede permitirnos combatir la desigualdad y el poder de la dominación (simbólica) que podemos percibir como legítima si no la cuestionamos.



jueves, 27 de octubre de 2016

La Escuela de Economía Austriaca: el subjetivismo de la acción humana


Dentro de las corrientes de pensamiento económico existe una visión radicalmente diferente a las Escuelas dominantes  como la Neoclásica o la Keynesiana  y es la de la Escuela Austriaca, desarrollada por autores como Menger, Mises o Hayek, que define la economía ya no como una ciencia objetiva y constante sino como una teoría de la elección y la acción subjetiva humana.

El paradigma austriaco parte de una "teoría de la acción humana" entendida como un proceso dinámico y creador continuo. En este proceso los fines a alcanzar y los medios para conseguirlos no están dados ni pueden ser fijados de antemano ya que son siempre cambiantes por la continua acción y reacción de los agentes económicos. Critica el estéril objetivismo clásico anglosajón siempre obsesionado por la supuesta existencia de entes externos de tipo objetivo (clases sociales, agregados, factores materiales de producción). Consideraban que el científico de la economía debía situarse siempre en la perspectiva subjetiva del ser humano que actúa.

La economía tiene, como la matemática y la lógica, carácter apriorístico y no hipotético-deductivo, como las ciencias naturales. Los fenómenos empíricos son continuamente variables, de manera que en  los acontecimientos sociales no existen parámetros ni constantes, sino que todos son variables, lo cual hace muy difícil, si no imposible, extraer leyes históricas o realizar predicciones. La Escuela de Economía Austriaca es una teoría de la acción del ser humano, y no de un análisis objetivo de bienes y servicios, el cual crea continuamente nueva información y modifica las variables de un sistema que nunca estará en equilibrio.

En la ciencia económica no existen constantes o relaciones funcionales, porque estamos analizando el comportamiento humano, la acción humana que tiene una capacidad creativa innata e infinita. Como dejó dicho Newton: "puedo calcular el movimiento de los cuerpos celestes, pero no la locura del hombre". Desde el punto de vista formal, se postula por la lógica verbal (abstracta y formal, que da entrada al tiempo subjetivo y a la creatividad humana) frente al formalismo matemático (como lenguaje simbólico propio de los análisis de fenómenos atemporales y constantes).

El hombre que actúa es el empresario creador  que intenta aprovechar las descoordinaciones del mercado para obtener un beneficio ofreciendo un producto o servicio con el coste más reducido posible. Con ello contribuye a coordinar los procesos de mercado en dirección a un equilibrio que naturalmente nunca se alcanza del todo.

Los postulados de esta Escuela Austriaca han tenido realmente una aplicación práctica en el funcionamiento de gestión bursátil de inversiones, como expone el inversor y gestor de carteras Francisco García Paramés en su libro "Invirtiendo a largo plazo: Mi experiencia como Inversor", donde enumera  una serie de principios para realizar una inversión:


  1. Los mercados funcionan, por definición. Los mercados son millones de personas interactuando entre sí, emprendedores con unos fines y unos medios para conseguirlos que  sólo ellos conocen.
  2. Los mercados nunca están en equilibrio. Los mercados están inmersos en un proceso continuo e incabable, y siempre habrá un emprendedor intentando aprovechar un conocimiento nuevo o una descoordinación temporal para ofrecer un producto a un precio atractivo y con un coste razonable. Esto significa que las compañías con ventajas competitivas duraderas son muy escasas y estas ventajas limitadas en el tiempo.
  3. El crecimiento económico está basado fundamentalmente en el incremento de la productividad derivado de la división del trabajo, todo ello con la financiación del ahorro.
  4. La explicación austriaca del proceso productivo como el del sacrificio inmediato para desarrollar una capacidad productiva más profunda e incrementar la productividad, tiene como elemento fundamental el tiempo.
  5. Existe un tipo particular de intervención en el mercado del dinero de especial trancendencia: la manipulación de la moneda mediante el control de los tipos de interés por los bancos centrales.
  6. Si no aumenta artificiosamente la cantidad de dinero en circulación, el estado natural de una economía es el deflacionario. Los incrementos de productividad permiten producir más bienes con el mismo dinero.
  7. La falta de una moneda respaldada por el oro o algo similar independientemente de una decisión política, implica que ésta se depreciará permanentemente frente a los activos reales. La presión de los gobiernos para depreciar la moneda es permanente.
  8. Los precios de los productos, que dependen de lo que están dispuestos a pagar por ellos los consumidores, determinan sus costes y no al revés, como muchos creen. El precio acaba determinando los costes. Primero se calcula la demanda; después se calcula el coste necesario para satisfacer esa demanda. El precio del petróleo es un ejemplo de esta mecánica de funcionamiento.
  9. Los costes de producción son subjetivos, por lo que cualquier estructura de producción es susceptible de variar dependiendo de las circunstancias. No hay una estructura de costes fijos inamovible e indefinida. Coste es igual a una mejor alternativa.
  10. Los modelos económicos son prácticamente inútiles para modelar el impredecible comportamiento humano y la ingente cantidad de decisiones cambiantes.






lunes, 17 de octubre de 2016

El porqué de la necesidad de las Ciencias Sociales


¿Sirven para algo las ciencias sociales? El cuestionamiento del carácter científico de la economía u otras ciencias sociales es uno de la asuntos más discutidos en la filosofía de las ciencias. Las diversas teorías, muchas veces contradictorias, el error en sus previsiones o la incapacidad a veces de evitar las crisis han provocado que esta rama de conocimiento esté siempre en el punto de mira de los defensores de las denominadas ciencias duras como la física o la química.

Como expone el filósofo César Rendueles en su libro" En bruto", quizás el enfoque que deberíamos dar a las ciencias sociales es la de elaboraciones redifinidas de nuestras prácticas rutinarias. Serían praxeologías, es decir, saberes cotidianos, no científicos.

Pertenecerían al mismo territorio epistemológico que la retórica, la cocina, la práctica deportiva o la interpretación musical. En todos estos ámbitos hay conocimiento e ignorancia, distancia entre el acierto y el error, pero no se puede confundir con la ciencia. Se descubren técnicas y acumulan conocimientos, pero no existe una teoría científica de la sociedad. El objetivo de la ciencias sociales es el conocimiento.

Así por ejemplo, la escuela de economía austriaca entiende la economía como una praxeología o una teoría de la acción humana subjetiva en un proceso dinámico y creador continuo. La economía no se trataría de bienes o servicio objetivables en una teoría, sino que trataría en cambio: de la práctica de la elección subjetiva y la acción humana.

Como expone Rendueles, el nacimiento de las ciencias sociales tiene que ver con la extensión de un sentimiento de perplejidad ante la aparición de nuevas regularidades sociales tan penetrantes como opacas. Necesitamos pues desesperadamente la ciencias sociales dado que vivimos en un mundo social muy oscuro, donde hay dinámicas ocultas que nos impiden plantearnos cambios políticos urgentes que podrían estar en nuestra mano con el conocimiento adecuado.

La aparición de las ciencias sociales fue contemporánea de los movimientos de democratización modernos. Se fueron gestando al mismo tiempo que el interés por explicar la naturaleza de los grandes procesos sociales y políticos subterráneos que acaban por moldear en uno u otro sentido nuestras vidas.

Si aspiramos a la emancipación personal y social necesitaremos sin duda las ciencias sociales más allá de su pretendida cientificidad, dado que nos aportan sus procesos de esclarecimiento de las adherencias de subordinación heredadas del pasado, el descubrimiento de las nuevas formas de desigualdad y sumisión y la propuesta de nuevas posibilidades de libertad y desarrollo colectivo. Seguramente el porqué de la ciencias sociales es más importante que el cómo se definen.





domingo, 4 de septiembre de 2016

Los siete continentes del pensamiento



En el libre ejercicio de nuestra imaginación, que es una de las características positivas que pueden aportar los filósofos, podemos pensar nuevas clasificaciones que aborden un mismo concepto.

La revista francesa "Philosophie Magazine" para celebrar sus 100 números ha realizado una original clasificación de la historia de la filosofía en siete continentes del pensamiento interrelacionados, lo cual nos puede permitir tener un mapa  de ruta que nos oriente  en el camino en este, a veces, espinoso mundo en que se convierte la filosofía como forma de conocimiento de todo lo que nos rodea, pero que bien estructurados nos puede abrir nuevos caminos a habitar.


1) Continente SISTEMA: en la tierra de los topógrafos y los arquitectos 

Esta familia reune a los metafísicos de alto vuelo. La ambición de estos topógrafos es la de encontrar puntos de anclaje para el pensamiento y trazar líneas, delimitar fronteras del conocimiento. Estos también arquitectos, edifican verdaderos sistemas, algunos de ellos son capaces de contener la totalidad de lo que existe.

Filósofos del continente Sistema son entre otros: Platón, Spinoza, Kant, Hegel o Wittgenstein.

2) Continente SOFÍA: en la tierra de los buscadores de la sabiduría

Vivir es una cosa, vivir bien es otra: en esta tierra se interrogan por las condiciones de la felicidad o, al menos, de la serenidad. Llegar a la verdad, estar en armonía con el mundo y los otros, preocuparse de sí mismo para perfeccionarse: cada uno tiene su receta, su brújula para orientarse en la existencia.

Filósofos del contiene Sofía son por ejemplo: Confuncio, Epicuro, Seneca, Marco Aurelio, Montaigne o Camus.

3) Continente MOLOTOV: en la tierra de los subversivos 

Con ellos el escándalo llega seguro. Con un agudo sentido de la provocación, estos elementos subversivos desafían el orden establecido, derrocando las ideologías dominantes. Muchas veces solitarios, dinamitan el tiempo y su sociedad proponiendo maneras diferentes de actuar y pensar.

Filósofos del continente Molotov serían algunos como: Rousseau, Marx, Nietzsche o Sartre.

4) Continente PISTA: en la tierra de los investigadores


Su pasión es conocer, desencriptar lo real. Los sujetos o los enigmas de los que los investigadores se apoderan, son muy diversos, así como su forma de tratarlos: por un desvío de la historia o yendo directamente al terreno. Pero, siempre, es necesario imaginarlos como reporteros con un bloc de notas en la mano.


Filósofos del continente Pista serían Aristóteles, Maquiavelo, Hume, Foucault o Arendt.

5) Continente MORALIA: en la tierra de los críticos de las costumbres humanas


Fundar una moral no es realmente su tarea. Estos pensadores son más bien los cronistas de las costumbres y los valores de su tiempo, que  ellos auscultan. Señalar las concepciones artificiales de la vida, localizar las hipocresías sociales: este es su credo, expresado con mucho estilo, ácido o desencantado.


Filósofos del continente Moralia fueron Gracián, Pascal,Voltaire, Diderot o Cioran.

6) Continente EUREKA: en la tierra de los creadores de conceptos


A veces es una palabra del vocabulario común, a veces se trata de un descubrimiento terminológico: en todos los casos, el nombre de cada uno de estos filósofos está asociado a una noción que ellos han forjado o impuesto, sea metafísica, ética o política. Es su logo, su firma.


Filósofos del continente Eureka serían Demócrito, Bergson, Derrida, Deleuze, Lyotard, Bauman o Habermas.

7) Continente INCOGNITA: en la tierra de los exploradores


Detrás de las apariencias y de las evidencias se esconde un sentido: es por eso que los exploradores se lanzan a su descubrimiento con la voluntad de abrir una luz inédita sobre las cosas. Sumergiéndose en territorios desconocidos, encuentran nuevas vías para comprender lo que somos y lo que nos rodea.


Filósofos del continente Incognita serían Descartes, Kierkegaard, Freud, Husserl , Heidegger o Lacan.



martes, 23 de agosto de 2016

Economía política: la regulación como transformación.


Se hace necesario remarcar en estos tiempos que la economía no es más que una abstracción de la realidad. Aunque parezca que vivimos en un realismo capitalista donde se identifica lo que es real y deseable a lo que marque las necesidades económicas, la economía no es sino un conjunto de categorías que forman parte de un discurso al que denominamos realidad y que como tal es contingente, falsable o como mínimo democráticamente discutible.

Al comienzo de su existencia como ciencia autónoma se definía a si misma como economía política, pero con la pretensión de parecerse a las ciencias naturales, en la ansiada naturalización del nomos económico, perdió la política para denominarse economía, consiguiendo el estatus (seguramente inmerecido)  de ciencia social fuerte. Pero si lo reflexionamos más profundamente, la economía como tal no es nada si no es política, sino puede crear sociedades mejores, más justas o más desarrolladas.

Dentro de las diferentes corrientes del pensamiento económico existen todavía escuelas que defienden ese carácter político, transformador y de perspectiva macro y global del fenómeno económico, como la economía política regulacionista: cuyo objeto de estudio no es el sistema de mercados, el consumidor o la empresa sino el capitalismo entendido como una configuración institucional variable en el tiempo y el espacio. Lo que existen son diferentes capitalismos, caracterizados por la forma particular de su régimen monetario y financiero, por sus relaciones laborales y salariales, del Estado y sus intervenciones, etc.

La regulación que propone esta escuela no designa una acción gubernamental exógena sino el conjunto de instituciones que regulan y acomodan las contradicciones fundamentales del capitalismo. Que el capitalismo sea regulado significa que solo encuentra estabilidad temporalmente, dado que se puede decir que sus contradicciones pueden ser reguladas pero no solucionadas, siendo todos los niveles de arquitectura institucional (desde las normas micro de colaboración en las empresas hasta las formas macro de organización estatal y las finanzas) la forma de políticamente regular esas contradicciones para que en definitiva no dañen nuestras vidas.

Para esta escuela el principal hecho no es la desigualdad monetaria (como expone Piketty) sino la desigualdad política que crea el capitalismo. En otros sistemas económicos  previos al capitalismo ya existía la desigualdad de riqueza. El capital no tiene que ver con la riqueza, el capital es una relación social. 

De este modo es paradójico que en una época donde se esta orgulloso de la "igualdad democrática", se tolera que las personas pasen la totalidad de su vida profesional en relaciones de subordinación. Esta desigualdad política es un ejemplo de la forma política particular que toma la vida del trabajo bajo las relaciones sociales de los asalariados en el capitalismo. No deja de ser extraño que en nuestros centros de trabajo aceptamos condiciones de subordinación que en cualquier otro ámbito de nuestra vida nos resultarían repugnantes. 

En cambio, si tomamos en consideración  esta perspectiva política regulacionista, y no solo los análisis técnicos y modelos econométricos, siguiendo el régimen de regulación salarial actual (precariado, desempleo, capitalismo sin trabajo) entenderemos las consecuencias políticas del mismo (subordinación, desmovilización, dislocación de planes de vida) y este sea quizás un primer paso para políticamente regular la contradicción, con el objetivo de tratar  de crear nuevas alternativas y formas de politizar nuestra realidad y de este modo crear vidas vivibles. Sin la vuelta  a la economía entendida como política, seguiremos seguramente perdidos entre categorías muchas veces irreales.



lunes, 18 de julio de 2016

¿Está perdiendo el Capitalismo la batalla cultural?




¿Vivimos en un Realismo capitalista donde es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo?

El neoliberaliberalismo al quedarse sin el contrapoder comunista, se ha vuelto absoluto. Ni fabricas, ni máquinas: la autenténtica apoteosis del capitalismo es hacer dinero con dinero: su estado radical es la burbuja pura. Por el camino van surgiendo crisis que se interpretan como molestas interrupciones de su lógica cíclica donde los seres humanos estorban.

El capitalismo parecería que está perdiendo la batalla cultural: provoca una crisis de valores. Pasa de un sistema deseable, vencedor en la lucha histórica por la libertad (fin de la historia) a una visión actual donde  la hegemonía del poder ya no descansa sobre una cultura compartida, sino fríamente sobre la imposición. Se sabe de dónde venimos (de un poder financiero que ha endeudado el mundo). Pero no adónde vamos. La bandera populista  (“el pueblo contra el capital financiero”) es un instrumento de la batalla cultural.

En los setenta se captó la sensación ambiente de que habitar el capitalismo global podría ser peligroso, injusto o incomprensible, pero, en cualquier caso, era inevitable y, desde cierto punto de vista, resultaba fascinante e incluso divertido. Lo que estamos comprendiendo de manera gradual son las posibilidades destructivas, hasta la autoliquidación de la propia humanidad, si se da carta blanca a la lógica capitalista.

El famoso eslogan de Margaret Thatcher, según el cual “no hay alternativa”, situó al neoliberalismo económico y con ello al libre comercio y la desregulación del mercado como el mejor y único modo para organizar las sociedades modernas.

El Realismo capitalista genera numerosos efectos nocivos que una “ontología de los negocios” tiene para la vida pública, dejando al desnudo que el capitalismo puede ser todo menos un orden natural inevitable y siempre eficiente.

La precarización del trabajo, la intensificación de la cultura del consumo, la expansión de la burocracia y de los mecanismos de control social, la gerencialización de la política, la mercantilización de la educación y el aumento de  padecimientos mentales como el estrés, la depresión y los desórdenes de atención parece que se muestran ya no como “errores honestos”  de un sistema que tiende al bien común, sino como dispositivos orientados a bloquear toda capacidad colectiva de transformación.

¿Contiene el capitalismo antogonismos lo suficientemente fuertes como para impedir su reproducción indefinida?

Podrían existir tres antagonismos y una contradicción:

·      la catástrofe ecológica.
·      la propiedad privada resulte inadecuada para la propiedad intelectual.

·      nuevas formas de apartheid: nuevos muros y ghetos.

La gran contridicción del neoliberalismo moderno es la sustitución del humanismo liberal (el sometimiento de los mercados y de los agentes económicos a unas leyes de funcionamiento preocupadas por las condiciones de la gente/ libre mercado) por el darwinismo social (defender el privilegio de los más fuertes como un requisito para el bien de toda la sociedad / oligopolios). 

Aún así nos parece que  a día de hoy el Realismo capitalista (a modo del históricamente impuesto Realismo socialista en el cual no había opción alternativa para sus habitantes) sigue siendo dominante: donde es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. El fin del mundo supondría el fin de nuestra historia, mientras que para imaginar el fin del capitalismo, se habría de plantear un sistema alternativo que ofreciese resultados y no solo utopías, lo cual nos parece sin duda más difícil.

La madre de todas las batallas que puede librarse en nuestros días, si queremos cambiar el sistema, es la batalla cultural: de propuesta de nuevos valores, formas de hacer política  y modos de vida; contra lo que parece el incontestable "no hay alternativa" del Realismo Capitalista: basado en la imposición con doctrinas de shock de una ontología de los negocios. De quién gane esa batalla cultural por lo que es deseable para el Ser Humano , dependerá en gran parte lo que seremos en el futuro.




domingo, 10 de julio de 2016

Los modelos económicos en la crisis: del modelo de demanda al de oferta


Si queremos tratar de determinar qué es lo que ha ocurrido con la crisis y cuál es su posible evolución, nos lo facilitará entender los cambios históricos del paradigma de modelo de económico que se ha producido en las últimas décadas. Como expone el economista Santiago Niño-Becerra es su libro "La economía: Una historia muy personal" la principal evolución histórica ha sido pasar de un modelo económico de demanda a uno de oferta:

El modelo de demanda: buscaba el máximo crecimiento posible a base de dinamizar todos los factores productivos e introducirlos en el entorno a través de todos los agentes económicos posibles (fuesen públicos o privados) y regular e intervenir la economía desde las instancias estatales y utilizar todos los resortes posibles con el fin de ir siempre a más.

Pone el acento en el consumo, en la demanda y en la plena ocupación del factor trabajo sin que le preocupase una inflación que no se produciría si no se imprimía más dinero del que realmente se necesitaba.

El modelo de oferta surgió como un paso en la evolución de la dinámica histórica. Abocado el planeta a una inflación de costes como consecuencia de la crisis de la energía del petróleo de 1973-1979, y de la impresión descontrolada de dólares por parte de Estados Unidad a fin de financiar su política de expansión internacional, empezó entonces a entrar en barrena el Estado del Bienestar.

Existían dos problemas contra los que había que luchar con todos los medios: uno era la inflación, y el otro, los impuestos. Trajo consigo la búsqueda a la desesperada de la competitividad en un entorno de cambios constantes.

El modelo de la oferta acabó en poner el acento en que los propietarios del capital aumentasen su particular crecimiento lo más posible en un entorno de inflación lo más reducida posible; el crecimiento vendría de la suma de todo lo que consigue cada individuo de los que integran el conjunto.

Internet ha introducido un nuevo giro al modelo de la oferta: la productividad iba a poder crecer verdaderamente en un entorno en el que el papel regulador del Estado iba a menos, como también la necesidad del factor trabajo.

Los logros de productividad se deben básicamente a tres factores: el uso de una tecnología crecientemente eficiente, la implementación de una organización cada vez más depurada, y la incorporación de un factor trabajo idóneo para las tareas que debían realizarse.

Para resumir lo anterior: lo importante para el modelo de demanda fueron dos aspectos: por un lado, remuneración con bastante eficiencia dal factor trabajo y por el otro realizar auténticos esfuerzos para reducir la desigualdad en la distribución de la renta a través de una política fiscal muy agresiva.

Con el modelo de oferta todo esto quedó atrás: lo importante pasó a ser el control de la inflación y la remuneración del capital y de aquellos profesionales que obtuvieran el mayor valor para el accionista. La tendencia a la menor remuneración del factor trabajo fue amortiguada por la creciente concesión de crédito con la consecuencia del incremento enorme del nivel de deuda,  desembocando finalmente en la crisis que hemos sufrido.

Vemos pues que la crisis de endeudamiento, la precarización del factor trabajo debido a su menor importancia o la gran afectación en las clases medias  de la crisis, son consecuencias que podemos entender mejor si comprendemos este cambio de modelo y las circunstancias históricas a las que respondieron cada uno de ellos. De su posible evolución es el debate que debemos continuar.

El sábado 16 de Julio a las 11 horas en el Ateneu Barcelonès se realizará una conferencia abierta en la 


domingo, 5 de junio de 2016

Capitalismo depredador: la necropolítica neoliberal


¿Qué nos queda cuando los valores que han conformado la construcción de lo humano quedan relegados en favor de la instrumentalización y pragmatización de todo persiguiendo el beneficio a corto plazo? Nos queda el regreso de los monstruos depredadores egoístas del primer capitalismo que en sus inicios fue canalla de explotación industrial y colonial. 

Una depredación que podemos ver en la sobrexplotación de los recursos, en la precarización de las relaciones laborales, en una desigualdad de rentas alarmante o en la expulsión de familias enteras de sus hogares, ahogadas por una deuda gestionada como un mero activo financiero más.

La realidad del desamparo en que se ha convertido el sistema de bienestar que se había tratado de construir en Europa unida a la conciencia de temporalidad y frenesí de la vida acelerada moderna, que con la imposición de la lógica pragmática e instrumental cortoplacista y a la falta de transcendencia o búsqueda de un bien más allá de nuestra esfera hedonista personal: han dado un vuelco a la moral como algo intersubjetivo de construcción de una vida en común, pasando a percibirse solamente como una opción personal, donde lo bueno y lo malo no son más que opciones complejas sobre las que elegir.

La transgresión de los límites últimos, la ausencia de valores y la pérdida de la moralidad promueven la acción depredadora sustentada en el individuo y el derecho inalienable a la propiedad. Es el retorno  al mito del cowboy como héroe solitario que busca su lugar en el mundo. El hiperindividualismo, el sentimiento de depender de uno mismo (manager de sí mismo), el uso de la fuerza para dominar, todas esas cosas promueven una especie de egoísmo y codicia profundamente arraigada en la sociedad americana y cada vez más en otras sociedades.

Este capitalismo depredador nos deja un relato muy diferente al relato moderno que se basaba en una promesa de futuro. El nuevo relato que se impone es el que se ha denominado como el de la condición póstuma, el cual se basa en la constatación de nuestro no futuro. La caracterizada por algunos autores como necropolítica neoliberal que deja morir a la gente con las políticas de austeridad y exclusión. A los cuerpos que no son rentables, que no producen ni pueden consumir, se les deja morir. Como exponen lúcidamente: "con la dictadura nos mataban. Ahora nos dejan morir".

La nueva condición póstuma del capitalismo depredador es no futuro: precarización, agotamiento de recursos, malestares anímicos y de la salud. La postmodernidad obviaba la muerte en favor del disfrute hedonista del momento, pero hay una nueva experiencia de la totalidad que se concreta en un necrocapitalismo, que en su depredación, lleva inherente la posibilidad de nuestra destrucción.

El discurso de los valores ha parecido muchas veces un relato meramente estético en ámbitos como el económico o el empresarial. Desgraciadamente nada más alejado de lo que estos ámbitos necesitan: un liderazgo fundamentado en una trascendencia que vaya más allá del beneficio a corto plazo, fuertemente enraizado en unos valores personales reflexionados, que antepongan la construcción intersubjetiva de equipos de trabajo en búsqueda de un bien común, a la  mera conquista depredadora  egoísta que está arrasando con el futuro de todos.