"Compendio de reflexiones sobre las Humanidades y las Ciencias con vocación expresiva integradora"
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sábado, 23 de agosto de 2014
La Fiesta de la insignificancia: Milan Kundera vuelve con una nueva novela imprescindible
¿Y si la insignificancia fuese la esencia de nuestra vida? Si somos lo suficientemente lúcidos para comprender que no vamos a poder cambiar las cosas, las personas, las injusticias del mundo desde nuestra pequeña escala individual, ¿que nos queda entonces? El humor: no tomarnos el mundo seriamente y buscar siempre el sentido del humor es la actitud de resistencia consciente del reconocimiento de la propia insignificancia, dentro de la gigantomaquía febril y desbordante en que se ha convertido nuestra época contemporánea.
El escritor checo nacionalizado francés Milan Kundera ,mi novelista preferido, publica en español su nueva novela "La fiesta de la insignificancia" desde su publicación original en francés, después de más de diez años de silencio literario. Escrita en siete actos, a modo de una pieza teatral, pone en escena cuatro hombres: Alain que esta dentro de las categorías de personas que pide perdón y se excusan continuamente (un "excusard") y cuya madre le abandonó cuando nació. Esta obsesionado por el ombligo como nuevo y enigmático centro de la seducción femenina; Ramon, paseante ocioso (flâneur) de los jardines de Luxemburgo que adora las mujeres pero detesta hacer cola. Charles al que le gusta contar chistes incomprensibles sobre Stalin. Caliban, actor sin empleo, juega a hablar en broma en un idioma inventado en las fiestas privadas que organiza su amigo Charles para escapar de la fatiga y el aburrimiento vital.
Los cuatro amigos se encuentran y pasean por los jardines de Luxemburgo en París, liberados de cualquier búsqueda de sentido oprimente (el privilegio de su edad avanzada);viven y contemplan el mundo sin tomárselo en serio. Se cruzan con otros personajes como D'Ardelo (y extraordinario reflejo de nuestra época postmoderna): gran narcisista, hipocondriaco, contrario a cumplir años pero gran seductor y capaz de inventar una falsa enfermedad para hacerse interesante y montar una fiesta: la fiesta de la insignificancia.
En esta breve novela, que parece más una obra teatral, Kundera aborda cuestiones profundas de nuestra contemporaneidad desde la supuesta ligereza que le caracteriza donde todo parece estar escrito en broma; pero más bien al contrario, allí residen grandes cargas de profundo pensamiento: la inutilidad de ser brillante, el valor de la amistad, la búsqueda de la felicidad... todo desde una dosis de melancolía y felicidad desbordante, donde lo trágico de la historia (representada por Stalin y sus ocurrencias) bordea la hilaridad de poder haber sido una pesada broma. Será incluso capaz de divertirnos con Kant, Stalin o Schopenhauer.
Como describe Kundera magistralmente en su novela estamos en una época "civilizada" en que nos diferenciamos por "sentirse o no sentirse culpable (...). La vida es una lucha de todos contra todos (...).Ganará quien tenga éxito en hacer sentir culpable al otro"... y que se pase así la vida excusándose y pidiendo perdón. "El ser humano es únicamente soledad. Una soledad rodeada de otras soledades" y por tanto: "es solamente desde las alturas que te dan el infinito buen humor que puedes observar por debajo tuyo la eterna estupidez de los hombres y reírte".
"La insignificancia, mi amigo, es la esencia de la existencia y está con nosotros siempre y en todas partes. Está presente incluso donde nadie la quiere ver: en los horrores en las sangrientas batallas en la peores desgracias. Esto a menudo requiere coraje para reconocerla en condiciones también dramáticas y llamarla por su nombre. Pero no se trata sólo de reconocerla, tienes que amar a la insignificancia, debemos aprender a amarla "...es nuestra condición y hay que sacar provecho de ella como hace uno de sus personajes.
¿Qué nos queda a los hombres cuando el tiempo ha pasado? Los amigos, responde el narrador de la novela, un descreído postmoderno para quién "una única palabra es sagrada, la amistad"." La fiesta de la insignificancia" de Milan Kundera es sin duda una novela à decouvrir absolument.
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miércoles, 26 de octubre de 2011
Buscando una actitud vital: la vida como proyecto o el sentimiento de plenitud
Cuando uno debe afrontar la vida puede ver ésta como un proyecto: como un espacio y un tiempo donde desarrollar una serie de actividades con una finalidad determinada y en la que los valores y creencias estén siempre presentes. Esto supone a veces una dura tarea (como los doce trabajos de Heracles) pero tiene sus evidentes recompensas y satisfacciones.
Al menos también existe otra forma posible de confrontar la vida: dejando que las cosas discurran en su tendencia natural (el todo fluye o panta rei clásico). Es amar por encima de todo la vida y las cosas y esperar que éstas se muestren a nosotros tal como son, sin tratar de instrumentalizarlas. Supone al modo fenomenológico, una suspensión del juicio (epojé) y un cierto distanciamiento vital para poder tomar la altura necesaria y sentir la grandeza de la vida en toda su plenitud
Y sin duda alguna, la creencia en un destino individual tiene una implicación especial en esta actitud ideal que todos buscamos al intentar afrontar la vida. En la mitología griega existe unas bellas personificaciones relacionadas con el destino de las cuales podemos extraer enseñanzas vitales, las moiras:
"Eran personificaciones del destino.Vestidas con túnicas blancas, su número terminó fijándose en tres. Controlaban el metafórico hilo de la vida de cada mortal desde el nacimiento hasta la muerte (y el más allá).Incluso los dioses temían a las Moiras. Zeus también estaba sujeto a su poder.
Las Moiras eran :
- Cloto (Κλωθώ, ‘hilandera’) hilaba la hebra de vida desde su rueca hasta su huso. Su equivalente romana era Nona (‘Novena’), que originalmente era una diosa invocada en el noveno mes de gestación
- Láquesis (Λάχεσις, ‘la que echa a suertes’) medía el hilo de la vida de cada persona con su vara de medir. Su equivalente romana era Décima
- Átropos (Ἄτροπος, ‘inexorable’ o ‘inevitable’, literalmente ‘que no gira' a veces llamada Aisa) era quien cortaba el hilo de la vida. Elegía la forma en la que moría cada persona, y cuando su tiempo llegaba cortaba su hebra con «sus detestables tijeras» la confundían con Enio una de las grayas.Su equivalente romana era Morta (‘Muerte’).
El destino estaba determinado desde el nacimiento. Sólo quedaba pues el carácter heroico del pueblo griego de enfrentamiento vital al trágico destino prefijado.
Y a nosotros como hombres y mujeres modernos, a veces también nos parece que la vida tiene una lógica implacable e incontestable que nos arrastra casi sin remisión y más en estos momentos de crisis que pasamos.
Pero en contra de este en ocasiones lúgubre sentimiento, aún podemos contraponer como libre e intencional ofrecimiento vital una actitud de vivir sin poner condiciones, aceptando que la plenitud no se alcanza sólo en los buenos momentos sino también en una visión completa, desapasionada y reflexiva de todas las experiencias y giros con que la vida en ocasiones nos sorprende.
Como dice sabiamente el filósofo Fernando Savater: a veces las razones están en contra de la vida sin embargo la vida está afortunadamente en contra de las razones.
Alabado sea el día.
Este día en que mi vida
es bendecida por
El cielo, la tierra y el hombre.
-Sasaki Nobutsuna
miércoles, 19 de octubre de 2011
Sevilla: la poética lealtad luminosa
Hay ciudades que desprenden una luz especial. Una luminosidad que muchas veces ayuda a despejar las brumas y oscuros presagios con las que muchos visitantes llegan a ellas. Esa claridad con las que muchas ciudades del a veces injustamente denostado Sur nos acoge, es el mejor regalo que como atribulados paseantes podemos agradecer llevarnos.
Hay también artes, mitos y bailes que reflejan con fuerza un carácter de respuesta con mayúsculas de lo Humano ante el desafío del sentido.Una poética creadora en forma de costumbres, folclore o cantes que a fuerza de persistir orgullosamente en la propia identidad se hacen universales.
Visitar Sevilla es sin duda todo una experiencia para los sentidos. Una ciudad que ofrece ese saber vivir humano que se ha ido conformando pacientemente a través de su historia e ilustres habitantes y que éstos nos ofrecen con esa abierta hospitalidad como sólo es bien entendida en el Sur.
Y es que existe en ella toda una valiosa sabiduría vital popular en forma de gastronomía, baile y cante como el flamenco, devociones religiosas inquebrantables y pasiones universales en forma de personajes casi mitológicos como su malograda tabaquera Carmen,que nos muestra magistralmente como hace de su orgullosa libertad, arte y ejemplo universal.
Y aunque en muchas ocasiones podamos pensar que la palabra que conjuga más con amor sea traición, paseando a la orilla del su eterno río Guadalquivir podremos sentir como gratuito ofrecimiento y contrapunto, el carácter e historia de una ciudad que hizo de la lealtad su título constituyente: "Sevilla: la Muy Noble, Muy Leal, Muy Heroica, Invicta y Mariana Ciudad"
Compartir vivencias con esa noble ciudad es todo un desafío también para el pensamiento y la reflexión. Exige ese refinamiento que sólo se da a quién es capaz de hacer de la apertura de sus a veces ofuscados sentidos por las preocupaciones, una actitud vital.
Una ciudad de la que sólo el arte de la Poesía puede hacer honor. Y una vieja sapiencia vital que genialmente expresa en forma de Poema unos de sus más ilustres hijos Antonio Machado:
"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero [...]
Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar"
miércoles, 28 de septiembre de 2011
El mapa y el territorio: la versimilitud en nuestro final de época
Estamos viviendo unos tiempos dónde quizás una de las pocas cosas que podemos hacer aún con cierta lucidez es tratar de dejar constancia con la mayor versimilitud posible del final de época al que cada vez parece más evidente que asistimos aunque sólo sea con la ingenua intención de tratar de no repetir los mismos errores.
Hacer evidente esta deriva contemporánea en la que nos vemos inmersos persiguiendo la verdad como sólo puede realizarse auténticamente: con obstinación, puede a veces ser etiquetado como simplemente de polémico, únicamente con el objetivo quizás, de desvalorizar y tratar de interesadamente ocultar esa visión alternativa, ya sea como crítica o aún peor, como algo a ser tomado en consideración.
El escritor francés Michel Houellebecq es un maestro no sólo en el arte de narrar sino también en el de dejar fluir por el interior de sus novelas una profundidad y belleza de pensamiento reflexivo que tiene como objeto todo lo que nos ocurre como seres contemporáneos.
Y a pesar del evidente tono desasosegado que se respira en sus novelas esta lucidez crítica nos sirve al menos para comprender y reconfortarnos a través de sus personajes, con nuestras a veces incomprensibles y absudas peripecias vitales que este final de época tiene a bien en depararnos.
Su última novela El mapa y el territorio ganadora del premio Goncourt, el más prestigioso premio literario en Francia, es una de esas piezas de relojería narrativa que va calando en nuestra conciencia como la lluvia fina: a través de unos personajes con gran éxito profesional, pero terriblemente solitarios que forman indudablemente parte de ésta, para todos nosotros conocida, postmodernidad que ha hecho del simulacro y el exceso su pirueta estética y que ahora puede resultar mortal.
Es tiempo a lo mejor de preguntarnos sin embudos como se le plantea a Jed Martin, el artista protagonista de la novela, cuanto hemos sacrificado de nosotros mismos en aras de la sacrosanta productividad industrial y profesional.
La vuelta a una vida artesanal, incluso agrícola, sin producción masiva, con la revalorización de las regiones, la lentitud y lo local es una forma plausible, al menos como opción, de aislar y salvar a los países de las intempestivas inclemencias de la economía globalizada moderna.
Y aunque normalmente en nuestra vida cotidiana damos mucha veces más importancia a la representación que a la realidad misma (al mapa que al territorio, a las cotizaciones bursátiles o artísticas que a los bienes en sí), aún estamos a tiempo de, como expone magistralmente Houellebecq en su novela, tomar consciencia de la importancia de la valiosa individualidad de cada Ser Humano como detentor de una representación particular y única del mundo y un destino a realizar.
Este capitalismo desaforado en el que hemos vivido últimamente no es quizás sino un mal decorado temporal que ahora se derrumba ante nuestra realidad primigenia: esa soledad esencial del Ser Humano que debe vivir con confianza, lucidez y obstinación la búsqueda de su propia verdad individual, como testimonio legítimo e insustituible de una visión de la realidad de valor aún afortunadamente incalculable para nuestros especuladores postmodernos.
domingo, 24 de julio de 2011
La invención de lo humano: reviviendo nuestros valores con Shakespeare
"El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos". Shakespeare
Damos por sentado normalmente que mucho de lo que nos conforma y nos guía como seres humanos esta consolidado y no sufre ningún peligro. Valores e ideales como la verdad, bondad, libertad o igualdad nos parecen cuestiones de cuya existencia, solidez y continuidad no cabe dudar. Pero en el fondo, como en todo lo humano, la más absoluta de las fragilidades nos rodea y es parte consustancial a nosotros.
Vivimos tiempos difíciles, como tantos otros como nosotros antes los han vivido, y quizás nuestra responsabilidad, no sólo con nosotros mismos sino con las próximas generaciones, sea revivir en nuestra contemporaneidad esos valores e ideales como parte de algo tan vital como es la construcción y mantenimiento del sentido en nuestras acciones. La fuerza interna que de esta revisitación obtendremos se hará difícil de diluir a pesar de las grandes tempestades cotidianas que nos toque vivir.
Y en esta nueva y titánica tarea no estamos solos sino que tenemos una gran aliada: las Humanidades. Obras y creaciones artísticas de personas, que como nosotros, han tenido que enfrentarse a dilemas y vivir situaciones críticas y desde su voluntad expresiva inquebrantable, nos han legado sus creaciones y personajes a modo de invitación para redescubrir los valores y el sentido que ellos le dieron a su existencia dentro de sus azarosas circunstancias.
Uno de esos gigantes que nos ofrecen las Humanidades en este camino vital es sin duda el inglés Shakespeare. En su obra, como nos dice Harold Bloom, se inventa nada menos que lo humano: en Shakespeare, los personajes se desarrollan más que se despliegan, y se desarrollan porque se conciben de nuevo a sí mismos. A veces esto sucede porque se escuchan hablar, a sí mismos o mutuamente. Espiarse a sí mismos hablando es su camino real hacia la individuación, y ningún otro escritor, antes o después de Shakespeare, lo ha logrado tan bien.
Trazó con su pluma los contornos inmortales de numerosos personajes, capaces de las mejores obras, de las peores y también de las más contradictorias. Suyos son los retratos de grandes reyes atormentados y de brujas, generales, duendes traviesos, dulces enamorados o villanos sin remordimiento: Hamlet y la duda, Otelo y los celos, Tito y la ira, Shylock y la avaricia, Bruto y la honradez del ciudadano son sólo esquemáticas muestras de la grandeza y variedad no sólo artística, sino humana de su obra.
domingo, 26 de junio de 2011
Paseando por Praga: la belleza del absurdo
Hay ciudades que proporcionan a sus afortunados visitantes, paseos que nos permiten saborear la esencia de alguna de las cuestiones constituyentes de lo humano en sus cadenciales pasos al caminar por ellas.
Son ciudades que mantienen sus calles aún empedradas, sus barrios nuevos y antiguos claramente diferenciados, pero unidos por resistentes puentes llenos de alegorías en forma de figuras, castillos que parecen inexpugnables, construcciones armónicas y cierta obsesión por la medida del tiempo en fascinantes relojes astronómicos. Praga es sin duda una de esas ciudades donde belleza, historia y pensamiento parecen haberse dado armoniosamente la mano.
Muchas veces, no son estas ciudades en sí mismas las que muestran a primera vista la profundidad de su esencia al paseante que deambula sin rumbo, sino que son sus ilustres habitantes los que han sabido capturar y transmitir, no sólo el ambiente de un periodo histórico vivido, sino también la respuesta que como seres humanos han dado a esa inquietud o desasosiego vital que les asaltaba en una ciudad que era tan suya como ahora nuestra.
Kafka estaba sin duda completamente decidido a ser alguien en ese barrio judío de la ciudad de Praga de la que llego procedente de su pueblo. Aunque fue un hombre misterioso, casi emblema del introvertismo, del ser encerrado en sí mismo, pretendió algo realmente imposible: hallar respuestas a todas las preguntas que desde los primeros tiempos han inquietado a la Humanidad.
Y se topó proféticamente con el absurdo y lo inverosímil, algo que en nuestra acelerada época moderna ha alcanzado, desgraciadamente, el grado de devoción en nuestros medios de comunicación y algunos pensadores y de sensación inquietante en parte de nuestro devenir diario.
En sus obras como La Metamorfosis o El proceso nos encontramos convertidos una mañana en cucaracha rechazada por todos o enjuiciados ante un tribunal sin saber el motivo. Situaciones y mundos construidos por hombres que parecen en principio fantásticos pero que irónicamente pueden ser rigurosamente auténticos, provocando esa angustia vital tan reconocible por el hombre moderno.
Y es que en ocasiones percibimos magistralmente en sus escritos, que el sentido del mundo no es enunciable sino que sólo podemos afortunadamente sentirlo paseando por esas bellas ciudades como Praga con tan ilustres habitantes.
Son ciudades que mantienen sus calles aún empedradas, sus barrios nuevos y antiguos claramente diferenciados, pero unidos por resistentes puentes llenos de alegorías en forma de figuras, castillos que parecen inexpugnables, construcciones armónicas y cierta obsesión por la medida del tiempo en fascinantes relojes astronómicos. Praga es sin duda una de esas ciudades donde belleza, historia y pensamiento parecen haberse dado armoniosamente la mano.
Muchas veces, no son estas ciudades en sí mismas las que muestran a primera vista la profundidad de su esencia al paseante que deambula sin rumbo, sino que son sus ilustres habitantes los que han sabido capturar y transmitir, no sólo el ambiente de un periodo histórico vivido, sino también la respuesta que como seres humanos han dado a esa inquietud o desasosiego vital que les asaltaba en una ciudad que era tan suya como ahora nuestra.
Kafka estaba sin duda completamente decidido a ser alguien en ese barrio judío de la ciudad de Praga de la que llego procedente de su pueblo. Aunque fue un hombre misterioso, casi emblema del introvertismo, del ser encerrado en sí mismo, pretendió algo realmente imposible: hallar respuestas a todas las preguntas que desde los primeros tiempos han inquietado a la Humanidad.
Y se topó proféticamente con el absurdo y lo inverosímil, algo que en nuestra acelerada época moderna ha alcanzado, desgraciadamente, el grado de devoción en nuestros medios de comunicación y algunos pensadores y de sensación inquietante en parte de nuestro devenir diario.
En sus obras como La Metamorfosis o El proceso nos encontramos convertidos una mañana en cucaracha rechazada por todos o enjuiciados ante un tribunal sin saber el motivo. Situaciones y mundos construidos por hombres que parecen en principio fantásticos pero que irónicamente pueden ser rigurosamente auténticos, provocando esa angustia vital tan reconocible por el hombre moderno.
Y es que en ocasiones percibimos magistralmente en sus escritos, que el sentido del mundo no es enunciable sino que sólo podemos afortunadamente sentirlo paseando por esas bellas ciudades como Praga con tan ilustres habitantes.
domingo, 19 de junio de 2011
Creadores de sentido: el tiempo de lo humano
Como efímeros seres humanos nuestro tiempo se diluye cadencialmente en medio de la eternidad. Reflexionar sobre este tiempo vivido y encontrarle un sentido es algo en lo que en algún momento de nuestro devenir existencial hemos pensado. Todos nos enfrentamos a la tan nombrada realidad: un fenómeno físico externo a nosotros, muchas veces temido, pero que si lo observamos con cierto detenimiento, afortunadamente esta sujeto a infinitas interpretaciones y perspectivas. Tantas como seres humanos, pero no todo el mundo tiene la habilidad de crear un sentido compartido desde esa perspectiva particular.
Y la Cultura y todas sus manifestaciones no es sino la respuesta que como humanos intentamos dar al desafío del sentido. Y a veces puede parecernos en ciertos momentos vitales que esta búsqueda es un esfuerzo inútil e incesante y que como en el mito griego de Sísifo, estemos condenados a subir absurdamente la pesada roca que al llegar a la cima vuelve a despeñarse hacia abajo. Pero en estos casos en los que parece que tengamos los ojos vendados y esta realidad nos supere sólo debemos dejarnos arropar por algún creador de sentido.
¿Y dónde podemos encontrarles? Basta simplemente con enfocar de nuevo nuestra mirada hacia el mundo y ejercitar algo tan importante como la imaginación y los encontraremos sin dificultad en las páginas de los clásicos griegos y su defensa de la dignidad humana, en las obras teatrales de Shakespeare con el magistral trato hamletiano de la duda, en los arrebatos de Ana Karerina de Tolstoi o en tantas otras obras literarias y artísticas que son sin duda como faros que nos guían en la tempestad en la que a veces se convierte nuestra realidad particular.
Y la cultura requiere esfuerzo, pero la recompensa de tener acceso a este enorme legado cultural de personas que como nosotros, quisieron encontrar un sentido a su tiempo vivido y fueron capaces, no sólo de crearlo, sino de compartirlo, es sin duda enorme. En un mundo moderno donde las Humanidades son denostadas y lo efímero mercantilizado en producto televisivo toma caracter de ley universal, sabemos íntimamente lo afortunados que somos de formar parte de una inmensa minoría de personas capaces de encontrar y reconocer a estos creadores de sentido que nos ayudan a diluir nuestro tiempo vital y hacerlo eterno.
Y la Cultura y todas sus manifestaciones no es sino la respuesta que como humanos intentamos dar al desafío del sentido. Y a veces puede parecernos en ciertos momentos vitales que esta búsqueda es un esfuerzo inútil e incesante y que como en el mito griego de Sísifo, estemos condenados a subir absurdamente la pesada roca que al llegar a la cima vuelve a despeñarse hacia abajo. Pero en estos casos en los que parece que tengamos los ojos vendados y esta realidad nos supere sólo debemos dejarnos arropar por algún creador de sentido.
¿Y dónde podemos encontrarles? Basta simplemente con enfocar de nuevo nuestra mirada hacia el mundo y ejercitar algo tan importante como la imaginación y los encontraremos sin dificultad en las páginas de los clásicos griegos y su defensa de la dignidad humana, en las obras teatrales de Shakespeare con el magistral trato hamletiano de la duda, en los arrebatos de Ana Karerina de Tolstoi o en tantas otras obras literarias y artísticas que son sin duda como faros que nos guían en la tempestad en la que a veces se convierte nuestra realidad particular.
Y la cultura requiere esfuerzo, pero la recompensa de tener acceso a este enorme legado cultural de personas que como nosotros, quisieron encontrar un sentido a su tiempo vivido y fueron capaces, no sólo de crearlo, sino de compartirlo, es sin duda enorme. En un mundo moderno donde las Humanidades son denostadas y lo efímero mercantilizado en producto televisivo toma caracter de ley universal, sabemos íntimamente lo afortunados que somos de formar parte de una inmensa minoría de personas capaces de encontrar y reconocer a estos creadores de sentido que nos ayudan a diluir nuestro tiempo vital y hacerlo eterno.
lunes, 13 de junio de 2011
Ariadna y el dilema de la obediencia: un relato vital
No conseguí llegar a mi despacho aquella mañana. La mirada de la secretaria del Director General no era muy alentadora cuando me pidió secamente que fuese sin dilación a su despacho para tratar un asunto de extrema urgencia. De camino por el pasillo varias miradas furtivas de recelo se clavaron en mí. La verdad es que la situación económica actual de la compañía en la que ejercía como Director Financiero distaba mucho de sus mejores tiempos, todo el mundo sabía que estábamos en un proceso de venta a una multinacional alemana interesada en nuestro sector y que eso podría provocar restructuraciones de personal. Los detalles concretos sólo los conocíamos la familia propietaria de la empresa y yo por mi cargo, pero esto lejos de disminuir mi inquietud, la aumentó en mayor medida ante lo que parecía una reunión a todas luces intempestiva a primera hora de la mañana de un lunes.
Golpeé sin mucha convicción la puerta de Javier miembro de la familia propietaria y Director General en funciones. Se oyó una voz apagada detrás de la puerta que me invitaba a pasar. El despacho era de una suntuosidad propia de la viejas sagas familiares burguesas: una ecléctica combinación de símbolos de poder tradicional y apoltronamiento en un pasado mejor que no se volverá a revisitar nunca más arrasado por una modernidad devoradora de viejas querencias familiares.
- Pasa Álvaro, te estaba esperando
- He venido en cuanto me han avisado –acerté a decir-
- Sí tranquilo, lo que quería discutir contigo era urgente. Toma asiento – me dijo escrutándome de arriba abajo-
- ¿De qué se trata? ¿Algún problema grave? – pregunté con impaciencia-
- No, al contrario es solamente un sencillo asunto técnico. ¿qué tal os va con tu familia en la nueva torre que os habéis comprado? – me inquirió sobrevenidamente con cierta malevolencia-
- Bien, pero bueno… ya sabes, haciendo grandes esfuerzos para pagarla tal y como están ahora las hipotecas con la crisis que estamos pasando y si a eso añadimos los gastos de los niños pues no resulta a veces fácil -titubeé-
- Sí me lo imagino, por cierto ¿qué tal le va a tu suegro? ¿creó que también era empresario? del sector inmobiliario, ¿verdad?- me dijo sonriendo ampliamente.
- Así es, la verdad que como al resto de sector no le han ido muy bien las cosas, tuvo que cerrar la empresa – contesté no sin recelo.
- Todos sabemos que las crisis económicas tienen estas cosas. Seguro que vendrán tiempos mejores y su situación cambia – afirmó con calculada condescendencia.
- Eso esperamos todos – respondí con cierto abatimiento.
- Pero bueno vayamos al tema que quería comentarte: como bien sabes estamos en las últimas valoraciones financieras de nuestra compañía para la compra por parte de los alemanes.
- Cierto, precisamente esta semana íbamos a presentarles la valoración definitiva tal y como acordamos en el Consejo Familiar de la pasada semana – expuse con decisión.
- Lo sé, y precisamente por eso te he hecho llamar- me espetó seriamente-
- ¿Hay algo que no hayáis entendido de la última valoración? – pregunté intrigado
- La verdad es que mi familia y yo pensamos que no refleja justamente todo el esfuerzo que hemos dedicado desde hace tres generaciones a levantar esta empresa y que un simple ajuste contable bastaría para arreglar esta indeseable situación – expuso con heladora calma
- ¿Un simple ajuste contable? ¿A qué te refieres exactamente? – inquirí con sorpresa.
- Se trata sencillamente de cambiar la valoración de las naves industriales de Barcelona lo cual aumentaría considerablemente el precio a pagar y se acercaría con mayor justicia a lo que pensamos que realmente vale nuestra empresa.
- ¿Cómo? ¿Cambiar la valoración? No puede hacerse, es de mercado fue validada por una empresa auditora externa y yo soy responsable de su firma final – respondí con indignación.
- Si quizás sea así, pero piensa que en futuro seguramente esas naves valdrán incluso más y seríamos ingenuos si dejamos que otros se lleven los beneficios de nuestros esfuerzos. Además la familia quiere hacerte saber que te recompensará ampliamente por este pequeño ajuste. Habíamos pensando en depositarte un porcentaje de la venta a tu nombre en nuestro banco en Suiza. Piensa que esto solucionaría tus preocupaciones económicas familiares por mucho tiempo y quién no quiere ayudar a su familia ¿verdad? –expuso sonriendo con cinismo
- Entiendo…déjame que lo piense –contesté temblando amargamente con la intención de acabar la conversación.
- Sí claro, tómatelo con calma, tenemos toda esta semana para concretar los detalles. Piensa que como dijo el poeta es de necios confundir valor y precio –rio sonoramente mientras se levantaba de la mesa y me acompañaba a la puerta con su mano paternalmente depositada sobre mi hombro.
Cuando finalmente se cerró la puerta detrás de mí, un escalofrío de disgusto recorrió todo mi cuerpo. Miré hacia la ventana en busca de luz diurna liberadora. Encontré un día que había amanecido gris oscuro acompañado de una lluvia que caía mansamente sobre una ciudad despertando a un nuevo día que parecía sólo favorable para los más audaces.
¿Nunca has pensado seriamente en cambiar de vida? Ariadna siempre me interpelaba en el momento menos pensado con esa pregunta mientras sonreía maliciosamente.
Pero ¿sabes?: aunque a veces nos parezca lo contrario la vida que llevamos es la que en el fondo deseamos tener. Solamente en un pequeño rincón escondido en lo más profundo de nuestro inconsciente, tenemos idealizada la posibilidad de un cambio pero solo para que nos haga más llevadera nuestra existencia actual. Me contestaba con cierta suficiencia mirándome fijamente cuando tras su provocadora pregunta le confesaba mis deseos de cambio radical de vida.
Las clases nocturnas de escritura a las que asistía eran para mí una pequeña válvula de escape de las tensiones diarias a las que me veía inevitablemente sometido en mi actividad profesional. Éramos un grupo reducido de inconfesables solitarios sin demasiadas pretensiones. Las variopintas procedencias de los alumnos eran para mí como una ventana a la que asomarse huyendo quizás de la prosaica sordidez de mi devenir diario.
Entre mis compañeros destacaba por su fingida candidez, Ariadna: una maestra de educación especial de ideas imposibles pero diabólicamente elaboradas, revestidas de una voz cálida y formas suaves aunque decididas.
He de admitir que mi fascinación hacía ella aumentaba día a día. Tendemos a pensar que a partir de la treintena tenemos nuestra vida encaminada y sobretodo, controlada, pero nada más lejos de la realidad: una simple y a veces fortuita chispa puede encender un fuego que arrase con nuestras más profundas convicciones.
Ariadna cual demiurgo creador era capaz de construir ese nuevo mundo íntimamente deseado por cada uno habiendo acabado previamente con un simple gesto de desprecio con la más elaborada de nuestras argumentaciones defensivas.
No sabría decir si era la estudiada temeridad de sus palabras o la inconsciencia con la que actuaba, pero ella logró extraer de mí, sino una profunda devoción, si la convicción de que otra realidad alternativa era posible a la que desde siempre recuerdo he vivido.
Y, ni qué decir tiene que, durante aquella fatídica semana en la que se me planteo el dilema ella fue afortunadamente, la piedra de toque en la que siempre me apoyé para tomar mi decisión final. Una decisión que sin duda ahora puedo decir con el alivio que proporciona la distancia, no dejó indiferente a nadie.
La noche en la que entramos sigilosamente en la oficina ya cerrada junto con Ariadna, fue para mí una especie de válvula de escape de la presión acumulada durante aquella fatídica semana. La intensa amalgama de sensaciones de todo tipo por las que pasé en solo cuatro días era un preludio nada halagüeño a cualquier toma de decisión mínimamente razonada.
Mi vida familiar pendía de un hilo: las deudas de mi suegro arruinado al que yo había avalado por compromiso familiar estaban torpedeando sin piedad la línea de flotación de mi maltrecha situación económica.
Mi mujer había pasado de tener una actitud desconsolada conmigo al más absoluto de los desprecios ante lo que ella consideraba como una absoluta e incomprensible incapacidad por mi parte para defender dignamente lo que ella consideraba más sagrado: el estatus que su familia merecía. En el ambiente subyacía el profundo miedo que genera ver como todo en lo que has creído durante años se derrumba inesperadamente a tu alrededor.
La situación en mi oficina no era mucho mejor: ante mi dubitativa reacción inicial al requerimiento de Javier, mi Director General, éste reacciono de forma rápida dando entrada en nuestras reuniones a mi segundo de abordo: el jefe contable. Una maniobra sin duda audaz y estratégica que aseguraba un recambio rápido y quirúrgico a mi posición en caso de necesidad.
Ariadna, mi confidente, veía toda esta situación como una clara confirmación ante lo que a su entender parecía evidente: vivimos inmersos en la sociedad del simulacro y eso no sólo nos destruye como individuos sino que nos resta autenticidad y fuerzas para perseguir lo que realmente querríamos ser.
Ahora bien, a pesar de todo, la salida para ella era sencilla: volver a rehacer el ovillo del hilo de nuestra vida y lanzarlo de nuevo al aire para vivir otra vida que está allí dispuesta para nosotros con sólo tirar de ese hilo.
En mi caso era sencillamente vivir lejos de las vanidades de la gran ciudad en modo de casa rural junto a ella. Una vida que no por idílica e idealizada me resultaba menos atrayente.
Tirando cada vez más fuerte de ese hilo sostenido por ella es como entre en la oficina esa noche en que todo se precipito sin remisión.
Condescendiente, sobretodo consigo mismo, así definiría yo a Álvaro. No podría decir lo que me llevo a entrar aquella noche en su oficina junto a él. No creo que fuese la emoción de realizar un acto furtivo, ni tampoco soy tan ingenua de caer en la falacia de pensar que fuese necesaria una acción inesperada para acabar con una situación que tal y como estaba planteada, parecía sin duda injusta.
Simplemente consideré que debía estar junto a él en aquel momento trascendente de cambio en su vida. No tenía a nadie más en quien confiar. Además, el simple pensamiento de dejarlo solo en esa situación me resultaba tremendamente desagradable.
La vida tiene senderos que no imaginaríamos nunca que fuésemos a recorrer. Muchas veces son laberintos internos en los que sólo necesitamos ganar cierta perspectiva para encontrar la salida. Todos tenemos temporadas en que nos gustaría vivir a una altura diferente. Y no se trata de una altura física o moral, sino de tomar cierta distancia con lo que nos ocurre para abrirnos a nuevos caminos a los que muchas veces casi inconscientemente renunciamos.
Álvaro se encontraba necesitado en el momento en el que lo conocí en el curso de literatura, de ese hilo vital imperceptible pero continuo que nos guía y nos da la seguridad de encontrar ese camino correcto que todos anhelamos hallar en nuestras situaciones difíciles. Para él, Ariadna, mi nombre, era toda una premonición mítica de esa posible salida del laberinto en el que se encontraba metido.
No negaré que en una primera impresión suya me dejé llevar por los esteriotipos más manidos sobre ese mundo económico de ejecutivos con gomina, de poder aplastante sobre el resto de los mortales y que nos resulta tan inasequible a los no iniciados. Pero si realizabas un análisis más atento y sutil observabas en sus medidas palabras, estudiados gestos pretenciosos y mirada huidiza una profunda sensación de desamparo de alguien en el que todo su mundo prefabricado va a la deriva desde hace tiempo.
Tampoco recuerdo exactamente como comenzamos a escribirnos por mail e intercambiar inquietudes fuera de las clases nocturnas, quizás por mi trabajo con niños con necesidades de aprendizaje especiales tenía cierta tendencia a desembarcar en islas desiertas en busca de náufragos a los que rescatar.
De mi creo que le atrajo esa seguridad en mi carácter con la que soy capaz de transmitir la confianza en nuestra capacidad de vivir esta vida libres de cualquier atadura y de elegir, no sin esfuerzo, pero plenamente conscientes, nuestro destino por nosotros mismos lejos de a veces impostadas realidades construidas interesadamente por otros en las que creemos confortablemente vivir.
Y tengo que admitir, que lo que ocurrió aquella sorprendente noche, logro cambiar mi percepción de la vida.
Describir como dantesco, el panorama que se encontraron los empleados de la oficina a la mañana siguiente de nuestra incursión nocturna junto con Ariadna, sería un simple recurso literario que quedaba ampliamente superado por una realidad que aunque era chocante y palpable, no era fácilmente asumible.
En un mundo en el que a veces todo da vueltas frenéticamente a nuestro alrededor necesitamos sin duda una constante a la que asirnos. He de agradecer profundamente a Ariadna el criterio que me transmitió con el que fue lentamente urdiendo el nuevo ovillo de mi vida. Cuando entramos juntos en la oficina sólo quedaba el último tensamiento de ese hilo para comenzar mi nueva existencia.
Nuestra incursión no se limito a fotocopiar ciertos documentos fraudulentos en los que se habían realizado los ajustes contables que cambiaban completamente la valoración de la compañía sino que introduje un elemento diferencial que viraría radicalmente el rumbo de la empresa.
Previamente había contactado con la empresa alemana que pretendía comprarnos para ponerles al corriente del ruin ajuste con el que se iban a modificar las valoraciones. Sólo necesitaban conseguir las pruebas documentales por mi parte para denunciar el caso y tener la satisfacción del famoso deber cumplido. Esto habría bastado para acabar con mi dilema pero siempre he tenido una actitud perfeccionista que me impedía dejar las cosas a medio hacer. Un carácter el mío, que no sólo cambio mi vida, sino la de mucha gente.
Sabiendo que a primera hora de la mañana y antes de que acudiese ningún empleado iban a tener una reunión de los tres únicos accionistas de la compañía y que siempre tomaban un té especialmente importado de la India eché una sustancia indetectable en el mismo que me proporciono uno de los contactos de Ariadna. Un elixir proveniente del amazonas, una vida primitiva y despreciada por nuestra modernidad pero que paradójicamente cambio el más candente de nuestros presentes. No tenía nada que envidiar a los utilizados en los antiguos cultos adivinatorios griegos sólo que éste provocaba el peor de los olvidos: el de uno mismo.
Nadie supo comprender lo que les había ocurrido a los propietarios de la empresa cuando los encontraron por la mañana mirándose fijamente a ellos mismos frente al espejo buscando ansiosamente algún elemento que les permitiese reconocerse. Vivir desde el olvido no es algo a lo que nos acostumbremos de forma fácil en una modernidad donde podemos encontrar a la memoria en el más insospechado de los soportes. Ese giro primitivo irónico era sin lugar a dudas con el que más disfrutaba Ariadna.
Fue necesario poco tiempo para forzar la incapacitación del consejo de accionistas y basto una dirigida presión de la empresa alemana para que en esas extraordinarias circunstancias, ésta adquiriese por un buen precio la compañía. La recompensa no se hizo esperar para mí, por la lealtad demostrada me ofrecieron la dirección y formar parte del accionariado de la compañía, algo que solucionaba de golpe todos mis problemas y lograba consolidar a mi familia. Una magistral vuelta completa en mi vida para volver al mismo sitio. Algo sólo reservado a los más audaces.
Si alguien me pregunta como puede ser que yo, la Ariadna urdidora del hilo, acompañase a Álvaro hasta el total desenlace en su dramática semana, en el fondo sólo tengo que acudir a la más profunda de mis convicciones: todos debemos vivir la vida que deseamos. Ir a contracorriente de nuestro río vital sólo acaba en pequeños atragantamientos diarios que acaban al final por ahogarnos. Y cuanto más fuerte sean las brazadas en la dirección correcta, mejor estaremos con nosotros mismos y con los que nos rodean. Nos es fácil a todos entrar en moralismos interesados, pero detrás de ellos sólo subyace una voluntad de dominación del otro para acercarlos a nuestros intereses particulares. Algo también despreciable ¿verdad?.
Y no hay sistema bueno o malo: sólo pasiones a perseguir sin aliento. Algunos aún sonríen irónicamente cuando se lo explico en la casa rural que Álvaro me compro con los primeros dividendos que su empresa le dio en su nuevo puesto.
domingo, 5 de junio de 2011
Geografías imaginadas: de la periferia a nuestro centro vital
Si nos detenemos un instante y dejamos fluir libremente nuestros pensamientos sobre los espacios físicos que han sido significativos para nosotros, quizás descubramos que gran parte de lo que recordamos o pretendamos conocer sobre ellos no deja de ser imaginado. Muchas veces urdimos nuestra geografía particular con sensaciones, imágenes o paisajes en los que nunca hemos estado físicamente.
Esta geografía imaginada forma parte consustancial de nuestros deseos, sueños y forma de ver la vida. Crear nuevos mundos ha sido desde siempre uno de los grandes empresas del ser humano abordada desde la literatura, el arte y hasta la época de los descubrimientos. Imaginar y recrear nuevos espacios para seres en esencia nómadas como nosotros, ha sido y será siempre parte de nuestro centro vital para hacer nuestro mundo particular más habitable.
Recientemente y cada vez con mayor frecuencia, oímos hablar de nuestra querida Península Ibérica y otros países del sur de Europa como periferia alejada de un centro geográfico en el que ahora el péndulo de nuestro mundo moderno, hace pivotar en exclusiva sobre lo económico.
Un mundo y una geografía construida para nosotros, desde salas de casino bursátiles llenas de diferenciales peligrosos donde la imaginación no pasa de ser un elemento desbordado y claramente abrumado por la cascada de datos instantáneos reales que fluyen en sus pantallas cual oráculos infalibles.
Y uno no puede evitar sonreír interiormente y pensar que nuestra ahora recién adquirida condición periférica como peninsulares, quizás no sea más que la confirmación evidente de que el mundo actual en crisis ha adquirido una deriva preocupante y ha perdido sin remisión su centro de gravedad permanente ya que en el fondo desprecia tradiciones culturales como la latina o griega que forman parte esencial y, sin la cual no explicaríamos, lo que somos o pensamos como Occidentales.
Cobra si cabe mayor fuerza en los tiempos que corren, la propuesta del escritor y premio Nobel portugués José Saramago cuando no proponía separar a modo de balsa de piedra a la Peninsula Ibérica para dejarla a su propia deriva, lejos de un Europa que tiene nuevos bárbaros e incomprensibles centros vitales para los ciudadanos de latitudes periféricas.
Afortunadamente para reconciliarnos con nuestras geografías personales nos quedará siempre nuestro querido Mar Mediterráneo que por ser eterno nunca ha dejado de ser central en los sentimientos, forma de ser y pensar de muchas personas en todos los continentes y a los que artistas como Serrat cantan con magistral querencia periférica.
Esta geografía imaginada forma parte consustancial de nuestros deseos, sueños y forma de ver la vida. Crear nuevos mundos ha sido desde siempre uno de los grandes empresas del ser humano abordada desde la literatura, el arte y hasta la época de los descubrimientos. Imaginar y recrear nuevos espacios para seres en esencia nómadas como nosotros, ha sido y será siempre parte de nuestro centro vital para hacer nuestro mundo particular más habitable.
Recientemente y cada vez con mayor frecuencia, oímos hablar de nuestra querida Península Ibérica y otros países del sur de Europa como periferia alejada de un centro geográfico en el que ahora el péndulo de nuestro mundo moderno, hace pivotar en exclusiva sobre lo económico.
Un mundo y una geografía construida para nosotros, desde salas de casino bursátiles llenas de diferenciales peligrosos donde la imaginación no pasa de ser un elemento desbordado y claramente abrumado por la cascada de datos instantáneos reales que fluyen en sus pantallas cual oráculos infalibles.
Y uno no puede evitar sonreír interiormente y pensar que nuestra ahora recién adquirida condición periférica como peninsulares, quizás no sea más que la confirmación evidente de que el mundo actual en crisis ha adquirido una deriva preocupante y ha perdido sin remisión su centro de gravedad permanente ya que en el fondo desprecia tradiciones culturales como la latina o griega que forman parte esencial y, sin la cual no explicaríamos, lo que somos o pensamos como Occidentales.
Cobra si cabe mayor fuerza en los tiempos que corren, la propuesta del escritor y premio Nobel portugués José Saramago cuando no proponía separar a modo de balsa de piedra a la Peninsula Ibérica para dejarla a su propia deriva, lejos de un Europa que tiene nuevos bárbaros e incomprensibles centros vitales para los ciudadanos de latitudes periféricas.Afortunadamente para reconciliarnos con nuestras geografías personales nos quedará siempre nuestro querido Mar Mediterráneo que por ser eterno nunca ha dejado de ser central en los sentimientos, forma de ser y pensar de muchas personas en todos los continentes y a los que artistas como Serrat cantan con magistral querencia periférica.
jueves, 26 de mayo de 2011
Nuestra fortaleza interior: Ariadna y el hilo que guía la vida
Hay fortalezas que a veces nos parecen inexpugnables. En algunos momentos de nuestra vida pensamos que no podremos vencer ciertas limitaciones o temores y creemos que éstos marcaran definitivamente nuestro devenir. Pero el íntimo deseo de superación es con frecuencia tan fuerte que puede acabar con estas creencias en pequeños asaltos diarios y con ayuda, aprendizaje y constancia es como al final vamos ganando satisfactoriamente poco a poco estas batallas interiores que a veces tenemos.
La historia judía nos da un claro ejemplo de como una fortaleza como la de Masada habitada por el bíblico Herodes que parecía a todas luces inexpugnable en lo alto de una colina, fue sitiada y asaltada por las cohortes romanas tras la paciente construcción durante meses de una rampa de asalto y la instalación alrededor de campamentos fortificados para ir atenazando poco a poco a sus defensores . Aún hoy en día el ejército judío en el día de su jura de bandera se exclama que Masada no volverá a caer.
Y en este asalto personal debemos contar con los demás ya que en ocasiones un simple hilo que nos guíe lanzado por una persona estimada puede ser suficiente para acabar rompiendo las puertas cerradas y hayando la salida a nuestro laberinto interior como hizo Ariadna en el bello mito griego dándole el ovillo a su querido Teseo para que pudiése salir del laberinto del Minotauro. Y sabemos que como frágiles seres humanos por diversas circunstancias muchas veces perdemos el hilo en nuestra vida, pero basta volver a rebobinar el ovillo y dejarnos guiar de nuevo para recuperar ese hilo de vida que siempre va a estar allí dispuesto para nosotros.
Ser conscientes de esta fragilidad (como en el vídeo de la reconfortante canción Fragile de Sting que os dejo abajo), y de que en ocasiones la vida pende de un hilo nos hace no sólo más fuertes sino aún mejor: más auténticos como humanos en un mundo muchas veces necesitado de una Ariadna que nos guíe como lo hace el faro en la tormenta.
domingo, 17 de abril de 2011
La necesidad de redención: haciendo el mundo habitable
Si nos paramos a pensar que hace para nosotros habitable el mundo a nuestra pequeña escala personal quizás descubriremos que gran parte de esas cosas con las que en ocasiones contamos están íntimamente relacionadas con la necesidad que todos los seres humanos tenemos de liberarnos muchas veces de nuestras restricciones o cadenas.
Esta necesidad de redención es algo intrínsecamente humano: esa capacidad de aceptar las cosas que no nos salen bien e intentar cambiarlas a mejor. Muchas veces es una liberación del dolor o intentar volver a adquirir algo que se había perdido pero sin duda el sentir esa necesidad de liberación y demandar ayuda en ese cambio o catársis nos define como personas y da sentido y habitabilidad a nuestro mundo.
A pesar de existir desde el punto de vista físico una única realidad externa las visiones de la misma son tan diversas como habitantes tiene la tierra. Como decía el filósofo vienes Witggenstein con nuestro lenguaje creamos nuestra propia y única visión del mundo y es esta perspectiva que, en algunos momentos nos parece gris o desesperanzada, la que necesitamos calibrar y ajustar mediante la ayuda de los demás a modo de redentores y también conjuntamente con el poder sanador de las palabras.
Y no sólo habitar sino repoblar espiritualmente el mundo en estos momentos de redención es una de las grandes ayudas que puede ofrecernos la poesía ya que con sus palabras salidas de la íntima convicción de Ser el lenguaje nos toma a nosotros y nos abre nuevos caminos inexplorados para nuestra conciencia produciendo ese efecto catárquico o de cambio que tanto necesitamos a veces.
Escuchar al poeta Pablo Neruda en el video recitado de su poema Me gusta cuando callas es una de las mejores formas conocidas de redención y con el que os dejo para vuestro calibraje y ajuste fino con vuestra propia visión del mundo.
Esta necesidad de redención es algo intrínsecamente humano: esa capacidad de aceptar las cosas que no nos salen bien e intentar cambiarlas a mejor. Muchas veces es una liberación del dolor o intentar volver a adquirir algo que se había perdido pero sin duda el sentir esa necesidad de liberación y demandar ayuda en ese cambio o catársis nos define como personas y da sentido y habitabilidad a nuestro mundo.
A pesar de existir desde el punto de vista físico una única realidad externa las visiones de la misma son tan diversas como habitantes tiene la tierra. Como decía el filósofo vienes Witggenstein con nuestro lenguaje creamos nuestra propia y única visión del mundo y es esta perspectiva que, en algunos momentos nos parece gris o desesperanzada, la que necesitamos calibrar y ajustar mediante la ayuda de los demás a modo de redentores y también conjuntamente con el poder sanador de las palabras.
Y no sólo habitar sino repoblar espiritualmente el mundo en estos momentos de redención es una de las grandes ayudas que puede ofrecernos la poesía ya que con sus palabras salidas de la íntima convicción de Ser el lenguaje nos toma a nosotros y nos abre nuevos caminos inexplorados para nuestra conciencia produciendo ese efecto catárquico o de cambio que tanto necesitamos a veces.
Escuchar al poeta Pablo Neruda en el video recitado de su poema Me gusta cuando callas es una de las mejores formas conocidas de redención y con el que os dejo para vuestro calibraje y ajuste fino con vuestra propia visión del mundo.
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