domingo, 2 de septiembre de 2012

La ansiedad por el estatus: de marcos sociales a mentales


En nuestra actividad diaria y en nuestro comportamiento y trabajo: ¿hasta que punto creamos cosas nuevas o simplemente lo que hacemos es reproducir patrones estándar de comportamiento?. La previsibilidad en nuestras sociedades es algo que no esta sólo valorado sino que es deseable. No soportamos bien la incertidumbre y tendemos a tratar por todos los medios: técnicos, estadísticos o científicos a  reducirla para minimizar los riesgos en nuestras actuaciones. Quizás si conociéramos más nuestra naturaleza y lo que nos rodea, sabríamos que el hecho de que haya cambios imprevisibles es signo de evolución y de que estamos vivos. La incertidumbre nos proporciona la oportunidad de dejar de lado antiguos patrones y usar nuestra libertad al tener que buscar y aplicar nuevas respuestas.

Nos hemos acostumbrado en el fondo a actuar en nuestras sociedades dentro de un marco (frame) social que nos ha tocado del cual se deriva normalmente un encorsetamiento mental que nos dicta lo que debemos pensar, hacer o desear. Parece a veces sorprendente como de ciertas profesiones, como por ejemplo las que se desarrollan en el mundo empresarial, se deriven patrones de individuos que reproducen comportamientos y deseos idénticos, vivan y pasen sus vacaciones convencionalmente en los mismos lugares o conduzcan los mismos modelos de coches.

De estos marcos sociales y mentales se ha derivado en nuestra modernidad la nueva enfermedad que el filósofo Alain de Botton ha denominado ansiedad por el estatus: actualmente es quizás más fácil que antes llevar una buena vida con un alto grado relativo de bienestar; pero es quizás más difícil que antes mantenerse calmado y estable, libres de la ansiedad por tener una carrera profesional exitosa. A eso añadimos que en el mundo moderno la referencia es uno mismo, en unas sociedades que tienden claramente hacía el individualismo utilitarista y donde ya en la práctica casi no existen algo mayor transcendente como Dios para ampararnos. Por lo tanto y al contrario que en épocas precedentes, en los tiempos modernos que nos ha tocado vivir, la posición en la vida es merecida y al estar bajo tu control la gente se toma muy personalmente lo que le pasa generando la desgraciadamente tan repetida ansiedad.

En el fondo esa ansiedad por el estatus no es sino la necesidad de dignidad, reconocimiento y amor que ahora trasladamos al ámbito más en boga que es el mundo laboral. Y se da la paradoja de que al anhelo de actuar con sentido en el trabajo se contrapone la banalidad de un trabajo especializado y desconectado de las cosas que consumimos y producimos donde todo el mundo es prescindible como ley no escrita. Según Alain de Botton por su naturaleza el trabajo no nos permite otra cosa que tomárnoslo demasiado en serio. Es gratificante no ser más que lo que suponen los compañeros de trabajo dentro del marco social y mental que nos atribuyen en vez de ser obligados a considerar en la soledad de las primeras horas del día todo lo que podía haber sido y nunca será. Funcionamos a base de una necesaria miopía siendo capaces de hacer las tareas con una profunda determinación y seriedad incluso cuando es evidente su amplio sin sentido.

Pero a nuestro lado para intentar salir de estos tortuosos marcos mentales afortunadamente tenemos nuestra tradición cultural y humanística: no estamos condenados a ser prisioneros perpetuos del mismo raquítico universo de practicidades que es una rústica aglomeración de clichés adornados con anuncios. La cultura es una pausa necesaria en la cotidiana carrera de locos de nuestros entornos caóticos. Y la tragedia griega es una forma de salir de la presión del éxito dado que en ellas no se culpabilizaba al héroe trágico que se veía expuesto a los embates de la fortuna (Tyche), sino que lo importante era la respuesta que se daba a esa incertidumbre en forma de desgracia.

Nuestros antiguos clásicos griegos trataron de crear una ética desligada del concepto de culpa que tan interiorizado tenemos nosotros. Para ellos el orden de la fortuna o el azar tienen como base un orden completamente distinto al racional y que nosotros no podemos controlar, de ahí nuestra fragilidad. Pero de ellos también aprendemos que en la soledad del individuo que enfrenta exiliado el árido y ruidoso mundo que la modernidad a veces crea, tenemos en nuestra manos, al igual que el héroe clásico, la libre respuesta de no sentirnos culpables por la mala fortuna que como frágiles humanos todos nos encontraremos. Y por el contrario, reafirmarnos en algo tan intrínsecamente humano como es el optimismo de la voluntad: desarrollar pausadamente, lejos de presiones, culpabilizaciones y marcos impuestos nuestra intransferible condición humana que libremente elijamos creando así nuestro propio marco vital.



1 comentario:

  1. Interesante blog, hay que aplicar eso que dices de alejarse de la ansiedad por el estatus.

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