domingo, 18 de mayo de 2014

El liberalismo en positivo: la política del individuo libre.


Cuando hablamos de liberalismo de forma casi inmediata lo asociamos a una forma de hacer economía cuando menos controvertida, por no decir como directamente negativa, si extendemos el análisis al neoliberalismo reciente que muchas veces se adjetiva, de forma automática y sin pensarlo mucho, como salvaje o destructivo influenciados por ciertos grupos ideológicos, medios de comunicación o percepciones indignadas de los resultados de la reciente crisis.

Deberíamos seguramente profundizar un poco más y reflexionar  desde una perspectiva global sobre qué aportaciones ha realizado esta corriente de pensamiento y medir la enorme importancia que ha tenido el liberalismo no sólo como forma de organización económica, sino también política proveniente de una gran tradición de pensamiento  político occidental.

La aportación fundamental, es que el liberalismo es una filosofía del individuo, un pensamiento que pone la autonomía del hombre en el corazón de todo al contrario de la heteromía del Ser Humano que es construido por un sistema en el cual nuestro pensamiento no es más que el resultado mecánico de la socialización o de una ingeniería social dirigida. Es significativo resaltar que liberalismo como corriente de pensamiento del siglo XVIII y XIX, es un liberalismo político que lucha contra el despotismo, la intolerancia y la desigualdad. Pensemos que el rechazo al liberalismo en la actualidad es debido seguramente a que se asimila de forma directa a la dureza del mercado del sistema capitalista actual, pero que en sus inicios fue fundado como una respuesta política para acabar con las guerras y la irracionalidad.

Los principios en los que se asienta el liberalismo abren nuestra modernidad y su época de prosperidad sin precedentes : libertad individual de elección; libertad de conciencia y de palabra; responsabilidad individual; igualdad de derechos; pleno derecho a la propiedad privada; pluralismo o  cooperación voluntaria y contractual. Existe una relación indivisible entre la libertad política y la libertad económica basada en el libre intercambio y el mercado de libre competencia; y una necesaria limitación de la intervención del Estado relegado a su función de servidor del Estado de Derecho.

Como explica el pensador francés Jean-Michel Michéa, el liberalismo es una reacción contra las guerras de religión de los siglos XVI y XVII.  Se plantea el problema de una sociedad  pacificada. Los enemigos son la religión y la teología: las ideologías del Bien, necesariamente mortíferas y excluyentes. ¿Por qué sustituirlas? La respuesta del liberalismo es: la Razón "luz natural". La razón puede ofrecer un ordenamiento del mundo en claves de paz, prosperidad, felicidad, sin imponer una representación única de "la vida buena". Para el liberalismo no hay Bien y Mal, sino lo bueno y lo malo.

El liberalismo parte de que puede haber una "ciencia de la naturaleza humana". La ley que permite entender y modificar los comportamientos humanos es el interés. Actuando movidos por nuestro interés bien entendido, y no por las pasiones o los prejuicios, podemos configurar una sociedad armonizada. El "dulce comercio" es el mejor antídoto contra la religión y la guerra.

Hay tres grandes tradiciones liberales:


  • Tradición política: de John Locke, Montesquieu a Rawls. Propugna principalmente la autonomía del orden político en la construcción de la sociedad.
  • Tradición Utilitarista: de Benthan y Mill a Hayek. Explica los fenómenos políticos, económicos y sociales a partir de la persecución y confrontación de los intereses individuales.
  • Tradición libertaria: de Mises a Nozick. Pone como principio máximo el carácter inviolable y exclusivo de los derechos del individuo y hace descansar la libertad en la propiedad y el Estado mínimo.

El liberalismo tiene también para Michéa su propia "metafísica": prima al individuo e ignora (o minusvalora) todo  lo que le hace dependiente de "lo social". El individuo liberal es un ser autocentrado e independiente por naturaleza. La metafísica liberal es pesimista, parte de la desconfianza  en el otro: la guerra de todos contra todos es la verdad oculta bajo todas las relaciones sociales. Es una metafísica del "miedo a la muerte": la autoconservación, perseguir el propio interés y perseverar en el propio ser son las conductas racionales.

Es una metafísica "juvenil" marcada por el miedo a envejecer, por el ideal de una salud física a toda prueba que permite al individuo la autosuficiencia. Finalmente, es una metafísica de la "transgresión y la movilidad" que elogia la capacidad de arrancarse a todas la raíces y no anclarse en hábitos. Esta metafísica con su construcción de un modelo antropológico de individuo ideal de éxito a perseguir, explica sin duda de donde viene  gran parte de la percepción desazonada que tenemos de nuestro entorno vital.

Para Michéa, izquierda y derecha tienen idénticas raíces liberales: la derecha es liberal en lo económico pero le cuesta aceptar las consecuencias del liberalismo en lo cultural (aborto, matrimonio gay, etc.). A la izquierda le pasa lo contrario: asume que "cada cual tiene su vida" (y puede hacer con ella lo que quiera, siempre que no dañe a otro) en el ámbito de las costumbres, pero no del todo en el económico. Este movimiento es a la vez y paradójicamente fuente de emancipación (de modalidades desigualitarias de lazo social) y motor de la "modernización capitalista" (que barre costumbres, lugares y comunidades "no funcionales").

La utopía liberal, con esa metafísica individual maximalista, crea imposibles o inalcanzables modelos antropológicos de éxito individual que frustran a muchos individuos y explican gran parte de la sensación de desasosiego en la que se encuentra el sujeto moderno;  pero lejos de caer en la fácil crítica destructiva, debemos reconocer al liberalismo esa defensa de la libertad y la autonomía del pensar y actuar de los individuos, ante construcciones sociales que pretenden solo dominar y que pasan por encima de las personas y sus sueños. Como decía John Locke: "los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias".



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