miércoles, 8 de diciembre de 2010

Lisboa y la vieja Europa

                        "Ah, el mundo es lo que a él traemos,
                         todo  existió porque existí,
                         hay porque vemos.
                         ¡Y hay mundo porque yo lo vi!
                                        Fernando Pessoa



Recientemente y por motivos laborales he viajado en un par de ocasiones a Lisboa y en esos tiempos muertos, tan buscados entre reunión y reunión, uno ensaya hacer de caminante ocioso sin destino a modo del "flâneur" de Baudelaire e intenta hacer de ese propio viaje una obra de descubrimiento del caracter propio de la ciudad  y del alma de "saudade "de los portugueses.

Y es en esas calles antiguas del barrio Alto cerca de la Plaza del Comercio llenas de una decadencia que tiene su propia estética fascinante es donde a uno le viene el pensamiento de la pérdida por desistimiento de toda una idea de Europa, de una vieja Europa donde imperaban valores como el sosiego, el buen café reposado, el trato formal y caballeroso, la lealtad, el ver pasar suavemente la vida, mirando desde la ventana grandes horizontes lejanos, como nuestro querido escritor  portugues Pessoa, viejo contable de una empresa de Lisboa. Una idea de vieja Europa que representa tan bien Portugal y que ahora se ve acosada diariamente por los atribulados mercados financieros de deuda, una de esas incomprensibles y abominables nuevas criaturas del mundo moderno.

Y en ese reposado paseo a uno también le da por asociar y viajar mentalmente a la Mitteleuropa del Danubio, a esa también vieja idea de civilización de la Europa central del Imperio austro-hungaro previa a su descomposición en la Primera Guerra Mundial que describe magistralmente el escritor italiano Claudio Magris en su obra literaria y libro de viajes El Danubio. Una idea de civilización imperial en decadencia, como Lisboa, pero que aprendía a sentir la vida como disolución, como carencia, como "deesse" y que arrancaba gracias a toda la intelectualidad (Wittgenstein, Schumpeter, Popper) de la Viena de principios de siglo XX, grandes territorios de persuasión, momentos absolutos de significado y avance para la ciencia y la filosofía.


Y llegados a este punto del paseo ya en el barrio del Chiado uno se sienta junto a nuestro desasosegado poeta Pessoa en el café A Brasileira y sorbiendo un magnifico café Portugues y rememorando uno de sus poemas, trata de luchar por mantener perdurable ese sentimiento de suavidad de la Vieja Europa que no debe desaparecer:
 "Es suave el día, suave el viento
Es suave el sol y suave el cielo.
¡Que fuera así mi pensamiento!
¡Ser yo tan suave es lo que anhelo!
                                                       Fernando Pessoa
                                                            
                                


    

                                              

martes, 7 de diciembre de 2010

Suecia y su Literatura: la paradoja del bienestar

"Los ideales son necesarios para que el impulso del individuo no se vea sometido a poderes inabarcables sean de orden financiero, económico, mediático o político"
                                                                                            Eugenio Trías

El reciente boom en los últimos años de la literatura nórdica en nuestro país, principalmente Sueca, ha sorprendido a más de uno pero para los que conocen un poco la fruición que en esos países sienten por la lectura, el éxito de una generación de escritores no era más que cuestión de tiempo.

A nuestras librerías, a través del éxito de la serie Millenium de Stieg Larsson, han llegado una serie de autores como Asa Larsson, Camilla Lackberg o el dúo firmante como Lars Kepler pero a mi entender el autor que tiene mayor recorrido y refleja mejor el alma Sueca es sin duda el precursor de este boom: Henning Mankell tanto por su serie policiaca del inspector Wallander como por sus otras novelas relacionadas con su serie Africana y otros temas sociales. Todo esto supone una oportunidad de oro para conocer otras formas y caracteres de afrontar la vida que nos brindan nuestros estimados vecinos del norte.

Cuando uno llega a Suecia (yo suelo viajar con alguna frecuencia dado que trabajo actualmente para una empresa Sueca) lo que más le fascina es esa calidez que tienen sus hogares y lugares de trabajo con una sencillez y austeridad bastante estudiada. Su sentido de la estética dista mucho del de los atiborrados y exhibicionistas países del Sur de Europa, hay una elementariedad básica en sus estructuras y sus colores y una clara vocación de hacer confortable el lugar de trabajo ante un clima externo a veces tan hostil. Y dentro de esta intencionalidad de confortabilidad lo que más me fascina es la presencia en casi cualquier lugar (trabajo, hoteles, cafeterías), de pequeñas librerías, con espacios reservados con cómodas sillas o sillones en los cuales podemos disfrutar de libros gratuitos a disposición de quien lo desee. Esta pasión por la lectura en todos los ámbitos es digna de ser imitada.

Digamos que la tradición Sueca viene bastante influenciada por el luteranismo y su lectura directa, sin intermediarios, de la Biblia. En su forma de trabajar prima lo escrito, que toda acción tenga una norma escrita a la que atenerse y por la que gobernarse. Asimismo, hay una gran tradición por el corporativismo y el trabajo en equipo, lo cual provoca que sea una sociedad donde la discusión, el uso de la palabra, el sometimiento a diferentes puntos de vista, las decisiones colectivas por consenso primen hasta extremos insospechados para alguien que viene del en el fondo individualista y autoritario sur de Europa.

Esta especie de visión colectiva de la sociedad alguna vez les hace ser demasiado inflexibles con otras formas de trabajar y tener interiorizada una cierta violencia simbólica casi escondida pero por otro lado les hace tener también un marcado carácter crítico social y unos ideales muy claros. De todos es conocido la defensa en Suecia de diversas causas como las de la violencia contra las mujeres, el feminismo, la persecución política, el medioambiente y esto influye en su literatura donde parece que estos asuntos se llevan en los genes como temática intrínseca en gran parte de los libros que leemos a pesar de ser la mayoría del género policiaco.

Pero actualmente Suecia se encuentra realmente en una encrucijada, de ser una sociedad modelo puede ser víctima de la paradoja de su propio bienestar: económicamente Suecia es una de las sociedades más prósperas del mundo a base de una socialdemocracia fundamentada en una alta tasa impositiva. Es una de las pocas economías Europeas que este año crecerán de forma importante, pero por otro lado la voluntad y dificultad de mantenimiento de este sistema está causando un miedo en cierta población sobre todo por lo que respecta a ver la inmigración como amenaza y sobre algunas medidas económicas lo cual ha provocado que en las recientes elecciones un partido ultraderechista radical y antiinmigración declarado haya entrado en el Parlamento.

Y volviendo de nuevo a la literatura, nuestro previamente recomendado escritor Mankell ha recogido magistralmente estos hechos e inquietudes en dos de sus últimas obras editadas en España:
  •  En El Hombre inquieto, la última novela de la serie del inspector Wallander, nos muestra una  trama de colaboración con los nazis en Suecia en la Segunda Guerra Mundial como premonición quizás de la situación actual. Nos encontramos ante un personaje como Wallander con muchas inseguridades (como la sociedad donde vive), desorientado y hasta cierto punto desasosegado por la Suecia actual. Esta es una novela que a pesar de ser la última de la serie merece la pena ser leída sin falta
  • Tea-Bag, la última obra de Mankell publicada en España trata el encuentro del fatuo poeta Sueco Jesper con una vida regalada y vacua con una joven africana llamada Tea-Bag que relata la huida de su aldea en su viaje hacia el Norte, con escala en España, y su llegada a Suecia. Mankell muestra a la inmigración como parte necesaria de una regeneración Europea no sólo económica sino también moral. De obligada lectura si queremos entrar en la literatura Sueca lejos de tramas policiacas

Elogio de la bondad: Lectura recomendada


Quiero recomendaros un libro de pensamiento que nada un poco a contracorriente del actual paradigma de individuo económico racional egoísta. Se títula "Elogio de la bondad" de Adam Phillips y Barbar Taylor y en él se responden a una serie de preguntas que ya aparecen en la contraportada:

¿Por qué hoy en día la bondad es vista más como un signo de debilidad que de fortaleza? ¿Por qué ha perdido su condición de virtud para convertirse en una práctica inocente y estéril? ¿Habrá que resignarse ante el imperio de la crueldad y el egoísmo? ¿O todavía podemos confiar en su capacidad para transformar la sociedad en que vivimos?

Como dice el filósofo Alan Ryan, “nos pertenecemos los unos a los otros” y la vida buena es la que “refleja esta verdad”. Lo que la sociedad victoriana llamaba “tener buen corazón” y los cristianos “caridad” sigue siendo esencial para nuestra salud emocional y mental, por motivos a la vez evidentes y ocultos, según sostienen los autores de esta exploración del concepto de bondad.

De nada nos sentimos más sistemáticamente privados que de la bondad ajena; la indiferencia de los demás es la queja de nuestro tiempo. La bondad nos preocupa continuamente y sin embargo somos incapaces de vivir gobernados por ella.

La bondad es lo que hace que la vida merezca vivirse, y todo lo que va contra la bondad es una agresión a nuestra esperanza. Lo que en verdad buscamos sistemáticamente en los otros es su bondad y sin embargo se convierte en un placer prohibido por considerarse un signo de debilidad.

Cómo indica uno de los personajes en un campo de concentración de la monumental novela Vida y Destino del ruso-ucraniano Vasili Grossman la bondad secretamente mueve el mundo:

   "Esa bondad, esa absurda bondad, es lo más humano que hay en el hombre, lo que le define, el logro más alto que puede alcanzar su alma. La vida no es el mal, nos dice.
Esta bondad es muda y sin sentido. Es instintiva, ciega. Cuando la cristiandad le dio forma en el seno de las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, comenzó a oscurecerse; su semilla se convirtió en cáscara. Es fuerte mientras es muda, inconsciente y sin sentido, mientras vive en la oscuridad viva del corazón humano, mientras no se convierte en instrumento y mercancía en manos de predicadores, mientras que su oro bruto no se acuña en moneda de santidad. Es sencilla como la vida. Incluso las enseñanzas de Jesús la privaron de su fuerza; su fuerza está en el silencio del corazón humano "
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Malevitch y el suprematismo: una filosofía del abismo del ser

Al principio fue la excitación...”

La excitación sin causa del Universo [...] no tiene ley; y solamente dado que la excitación se pulveriza en estados reales y naturales, aparece la primera ley, el ritmo, primera ley y la más importante de todo lo que se manifiesta en esta vida[...].La música es una acción que intenta religar los ritmos en una unidad”

                                                           K. Malevitch

El Suprematismo más allá de un movimiento estético y artístico se puede definir como un proyecto filosófico de construcción de un Cosmos de sentido ontológico dado que sus propuestas implican valores, límites de conocimientos y la transformación del individuo. Malevitch crea un universo absoluto que niega al objeto para ir más allá de las apariencias y remontarse al origen mismo de la existencia como fuente del ser. Antoni Marí nos dice  también que el Suprematismo tiene como objetivo mostrar los estados supremos de la conciencia a través del supremo estado de la pintura que es la no-objetivación / figuración. La no-objetivación rechaza cualquier referencia al mundo de los objetos y no reconoce más que un solo mundo, el del abismo del Ser.

El suprematismo es la revelación por la pintura de ser abismal como excitación. Toda la meditación de Malevitch sobre el ser es un ensayo que prueba que el mundo de los objetos no es más que una apariencia, que los objetos no existen, que únicamente existe excitación del ser, por esencia no-figurativa, sin objetos y sin objeto. La ontología de Malevitch es pues una justificación de la practica artística suprematista, una demostración discursiva de la verdad de la demostración pictural no-figurativa absoluta.

En los primeros textos suprematistas Malevitch retoma la crítica platónica del arte-ilusión, arte-simulacro y arte-repetición: “Entre el arte de crear y el arte de repetir hay una gran diferencia”. Malevitch encontró modos de romper con el principio de imitación según Antoni Marí: de Kandinsky reconoció la necesidad de transfigurar los objetos y de trascender las formas materiales; de Cézanne y los cubistas registró que el objeto material no desaparecía, si no que se descomponía y reconstruía siguiendo las leyes lógicas de representación. De los futuristas recogió el principio dinámico que debe ofrecer la pintura como sensación de movimiento y cambio. Del rayonismo ruso tomó la imagen de que el objeto se reduce a la suma de los rayos de luz que emanan de él.

Para Malevitch el principio de todas las cosas excitación sin causa del Universo “sin numero, sin precisión, sin tiempo, sin espacio, sin ser absoluto y relativo”. La excitación es a la vez estimulo (particularmente sexual) y creación de una corriente magnética en las bobinas de un electroimán. La palabra excitación en ruso (vozboujdenie) pertenece al vocabulario psicofisiológico y al físico y técnico. La excitación de Malevitch tiende al Eros de los filósofos griegos y al principio electromagnético, erigidos como principio ontológico.

El todo y también la nada eterna, la ausencia total de sentido en los giros eternos. La materia y el espíritu no existen separadamente: “lo que llamamos materia, ¿ no son sino simples movimientos espirituales? Y puede ser que lo que  llamemos espíritu sea el movimiento de la materia”.

 De aquí la ley física de que nada desaparece en el Universo, sólo se transforma o toma un nuevo aspecto. El monismo cosmológico de Malevitch es a su vez un monismo ontológico que no ve en el dualismo de la metafísica, de la antropología ,de la epistemología y de la ética más que una trampa del pensamiento dominante que quiere evitar el abismo no figurativo del ser.

El pensamiento para Malevitch es una imperfección deducida de la perfección divina y no comprende porque en un momento determinado el pensamiento ha salido de Dios, del Absoluto, del no-pensamiento y ha caído naciendo una ruptura. El cráneo del hombre es también el cosmos: “El cráneo del hombre representa el mismo infinito por el movimiento de representación; es igual al universo [...] nosotros mismos somos la naturaleza”.

Ningún objeto puede ser comprendido por el pensamiento, ya que todo objeto es una suma sin fin de objetos, suma que es imposible de calcular. El hombre busca perpetuamente el fondo y su lógica inalterable es construir “cimientos lógicos para un objeto que no tiene cimientos”.

 El suprematismo no es pues solamente para Malevitch una receta artística nueva, es una ontología, una revelación del abismo de ser,  la creación de un nuevo cosmos que debe metamorfearse  de arriba debajo de todas las manifestaciones humanas, liberar a la humanidad del peso figurativo, de la pesadez de lo objetos (consecuencia del pecado original) para reencontrarse con la ligereza divina.

La tríada de Malevitch  o vías hacia la perfección “arte, iglesia y fábrica” es un híbrido de la tríada platónica (la verdad filosófica, el trabajo manual con el que el obrero fabrica los objetos, reflejo de la verdad  y el arte, grado inferior, pues el artista es “el obrero de un simulacro”) y de la Nietzchiana (el santo, el filósofo y el artista).

Estas tres vías hacia la perfección, la del arte, la de la iglesia (espiritual) y la fabrica (científica), desde el punto de vista de la vida diaria son iguales en su imperfección: tienen como principio y como Dios al cual no pueden destronar. La iglesia construye un sistema técnico que deber permitir esperar la perfección divina, la fabrica quiere invertir el dios de la iglesia, no quiere a Dios, pero en realidad busca la perfección divina, busca su Dios, que no llama Dios. El arte también tiene su escuela técnica que busca la perfección: su Dios se llama belleza.

Ética trágica (y V): Ruth Benedict y el mito y vergüenza

Uno de los temas más repetido en el mito griego (y que aparece de forma muy central en todo el mundo homérico) es el de la vergüenza (“adiós”). El análisis de esta cuestión fue renovado por la antropóloga norteamericana Ruth Benedict en su libro: “El crisantemo y la espada, modelos de la cultura japonesa” (1946) en que contrapone la “cultura de la vergüenza” (japonesa, en este caso), a la “cultura de la culpa” (judeocristiana). 

Para Benedict, en las “culturas de la culpa” hay unos criterios de moralidad y una idea muy fuerte de la conciencia individual. En cambio, en las “culturas de la vergüenza” hay una moralidad propia y específica de cada grupo social (guerreros, mujeres, comerciantes...) y el individuo (como singular) pesa muy poco en relación al grupo.No en vano “adiós” (es decir: “Vergüenza”) era el grito militar de los generales griego para lanzar las tropas al combate.

En la cultura de la vergüenza, lo que importa es “que no se sepa”: el individuo sólo queda deshonrado si su conducta es de conocimiento público. Si fuese mala, pero nadie la conociera, no pasaría nada. En la cultura de la vergüenza “no se incita a confesar nuestros pecados ni tan solo a los mismísimos dioses”.

La cultura de la vergüenza tiene más rituales para celebrar la felicidad (identificada generalmente con la abundancia) que para cumplir la penitencia (que acostumbra a ser brutal).
La vergüenza va acompañada de “dolor personal”, más que de “dolor moral” (propio de la culpa). 
 
La vergüenza ocupa, entonces, en la ética japonesa, el mismo lugar que la buena conciencia en la ética judeocristiana occidental. Cada uno esta muy atento al juicio que su conducta provoque en los otros, de la misma forma que un occidental quiere “no tener cargos de conciencia”.

A diferencia de la cultura de la culpabilidad, la cultura de la vergüenza no provoca intolerancia directa, sino una serie de formas de exclusión más sutiles. Hay una “comunidad de ambiente”, que se rige por sobrentendidos, por implícitos: hay un “poder del lugar” (de la posición que se ocupa) más que un poder de la norma.

Si la tradición judeocristiana pone el acento en la culpa; en cambio, el mito griego desvincula “mal” de “culpabilidad”. El mal en la tragedia griega es (¿siempre?) visto como un azar infalible del cual el héroe no es culpable: en cualquier caso lo que muestra la tragedia es el peligro de “ceguera” que amenaza la vida de todos, y en la representación, la del héroe.

Ética trágica (IV): García Gual y destino y libertad del héroe clásico

García Gual  en su articulo “Destino y libertad del héroe trágico” afirma que los dioses griegos están por encima de los héroes, pero no les fuerzan a tomar una determinada actitud. Los héroes no actúan contra su voluntad, sino que eligen su respuesta: ante el conflicto eligen una decisión equivocada (hamartía).

Los dioses a lo más que llegan es a sugerir cual decisión les es más grata. García Gual pone como ejemplo la pelea entre Agamenón y Aquiles en el canto I de la Ilíada: Atena se le aparece al joven héroe y le aconseja no desenvainar su espada contra el caudillo del contigente aqueo, le dice: “¡Ojalá me obedezcas! Eso sería lo mejor”. Aquiles hace caso a la diosa y se limita a insultar a Agamenón. Lo interesante aquí es que la diosa habla en optativo y no en imperativo, por lo que se deduce que Aquiles podría haber desobedecido a la diosa y haber actuado de otro modo. Por lo tanto la diosa respeta elegantemente la libre decisión del héroe.

Lo específicamente trágico es que el avance hacia la ruina se realiza a través de los actos asumidos por el protagonista (los dioses consienten). El movimiento fatal está inscrito en el propio carácter del sujeto. Todo esto puede resumirse en la magistral frase de Heráclito “El carácter del hombre es su destino” (Ethos anthrópoi daímon).

Para García Gual no hay ni fatal determinismo ni tampoco una total libertad. No hay una libertad absoluta en un mundo urdido por los dioses. Pero en el plan divino hay sitio para la actuación trágica, con su exceso (hybris), su error (hamartía), y su peripecia catastrófica hacia el ate, la destrucción.

 
La grandeza patética del héroe (y del hombre) está, para García Gual, en su necesaria libertad de decidir y de equivocarse, a riesgo personal, sin poder escaparse a ese riesgo. Aristóteles defiende el libre albedrío y claramente dice “que no cabe ser forzado”. No hay una necesidad exterior, ni en las más tremendas situaciones, porque todo hombre es libre para decir no, aunque sea al precio de la vida. El héroe puede decir que su elección no fue enteramente libre, que se equivoco en una trágica hamartía pero no que todo estuviera ya decidido sin su consentimiento.

Deciden siempre de acuerdo con su modo de ser, con su carácter, con su ethos (llega a ser como eres). El entorno es feroz, entrampado, no pueden evitar el error y su grandeza (ethos) los expone al trágico desenlace. 

Ética trágica (III): La tarea del Héroe de Fernando Savater

Savater en su libro “La tarea del Héroe” propone el planteamiento trágico de la ética como postura que no pretende resolver la antinomia destino-libertad ni sustentar el inevitable triunfo trascendente del bien como sentido de la ética utilizando a Dios. Más allá del bien y del mal, pero sin superar esta dicotomía, jamás puede darse el triunfo definitivo de una de las polaridades contrapuestas y que  esto no sólo invalida el sentido de la ética, sino que lo funda. Se pretende ir más allá de esta antinomia.

En lo trágico se da la presencia evidente de lo irreconciliable, junto al deseo y a la necesidad inaplazables de acción. Trágico es actuar en lo irreconciliable y sacar de ese saber valores y júbilo. Nada va a arreglarse porque no hay nada que arreglar...ni al hombre tampoco. La ética no viene a remediar una carencia sino a interpretar valorativamente una acción.

Para Savater la visión trágica es la única consideración eficaz de la libertad: lejos de incurrir en fatalismo o su superstición, es el único enfoque de la libertad que no admite la coerción de la necesidad, aún teniéndola soberanamente en cuenta, ni tampoco incurre en ningún camuflaje ideológico o de trascendencia idealista. Es el único marco en el que puede inscribirse una ética que conserve la noción de virtud en la plenitud de su sentido como fuerza y reconocimiento de la dimensión inmanejable, creadora del hombre.
Los dioses son una de las dimensiones de la libertad humana, no su aniquilamiento. El elemento daimónico es garantía de que la acción del héroe trágico no está condicionada por ninguna ligazón a lo necesario, se trata verdaderamente de una acción y por tanto es libre.

La fatalidad no tiene otro fundamento que la libertad misma, del mismo modo que lo libre hunde sus raíces en lo único que puede ser considerado sin restricción alguna como fatal. Para Savater no existe ni la libertad racional angélica ni un determinismo mecanicista, la tragedia propone un modelo de destino en que la libertad es perdición, orgullo, aniquilación; no hay salvación pero la acción es soberanamente posible y se resiste a la posesión daimónica.

El dáimon es la dimensión divina que interviene en la acción trágica y es el reverso y fundamento del ethos: impide que la unilateralidad del ethos termine por fosilizar la libertad en una nueva de forma de mecanicismo determinista, el del implacable proyecto lógico-racional. El dáimon no juega a su capricho con el ethos simboliza algo así como la sombra de éste, todo aquello que las apetencias forzosamente individualizadoras del ethos desprecian u olvidan.

Además la visión trágica enfrenta al hombre a fuerzas del orden irracional, impreciso de la superstición religiosa mientras que una consideración política en sentido amplio de la realidad maneja los verdaderos datos que condicionan el juego humano, tales como los factores de poder, las relaciones económicas, las técnicas y conocimientos científicos.

El destino no parece tener otra perspectiva que el caprichoso azar, mientras que el planteamiento político autoriza un proyecto histórico de transformación del mundo según determinadas pautas racionales.

Puede elegir lo que quiera y en ese aspecto soy libre pero no puedo elegir el querer mismo que determina mi elección, mis motivos me condicionan. Así Schopenhauer explica claramente este concepto y  obraré siempre según lo que soy es decir mi carácter pero no podré conocer mi carácter hasta después: se revela a través de mis acciones.

"Cada cual tiene el carácter que quiere, precisamente porque su querer no es otra cosa que su propio carácter". El carácter va a determinar mis acciones y es algo incondicionado algo que ya la sabiduría griega afirmaba.


Ética trágica (II): La Fragilidad del bien de Nussbaum

En su conocido libro "La fragilidad del bien" de Martha Nussbaum desarrolla la cuestión referida a la fortuna y a la ética en la Grecia antigua, tal como se articulan en la tragedia y en la filosofía.

En dicha obra Nussbaum resalta el contraste existente entre la aspiración de los griegos a la autosuficiencia racional y los embates de la fortuna, o Tyché, que deja a los mortales a merced de fuerzas que no manejan. Precisamente, señala Nussbaum, la aspiración a la autosuficiencia racional en el pensamiento ético griego “…puede caracterizarse como el deseo de poner a salvo de la fortuna (tyché) el bien de la vida humana mediante el poder de la razón.”. La aspiración a la vida racional atravesó todas las esferas en las que se manifestó el genio griego, y la vemos fuertemente plasmada en los ideales de su cultura y en las articulaciones de su ética. Estos ideales de la excelencia (areté) y de la vida buena, que siempre animaron el espíritu del pueblo griego, se deslizaron cada vez más hacia el campo del ejercicio racional desempeñado en la vida ciudadana. Pensamiento (logos), discurso (lexis) y acción (praxis), son sus cualidades más paradigmáticas. La convicción de que la vida buena dependía del ejercicio consciente de estas facultades la acompañaban. Sin embargo, subyace a esta convicción una interesante paradoja, que se aprecia en el término mismo con que los griegos designaban la felicidad: eudaimonía, que significa literalmente tener buen daimon, es decir –para traducirlo a nuestra escatología- “tener buen ángel” o buena estrella, gozar del favor de la divinidad. La imagen de la Tyché, representada como una diosa-niña que juega pelota en los jardines de Zeus ( donde cada bote de la pelota es un embate de la Fortuna) viene a reforzar el hecho de que la fortuna, o el azar, tiene como base un orden totalmente distinto al racional. La fragilidad del bien, es entonces una expresión que refleja la tensión existente entre estos dos ámbitos del devenir humano, y que los griegos supieron señalar de un modo extraordinario.

No es de extrañarnos entonces, que la tragedia alcanzara su forma más perfecta en el momento del auge indiscutible de la polis, en el Siglo de Oro de Atenas. Esta parece ser solidaria de los ideales de la buena vida ciudadana, de la vida racional, como su reverso: absolutamente incomparables en su singularidad, los personajes que nos muestra la tragedia, nos enseñan que siempre el encuentro con la Tyché es con consecuencias. De este modo, podemos interpretar la tragedia griega como el intento de este pueblo por tramitar lo real de la fragilidad humana que todo ideal recubre. Ahora bien, puede dársele diversas interpretaciones a esta fragilidad, y comúnmente se le adjudica a la injusticia de un destino, o al capricho arbitrario de las divinidades.

Pero si examinamos más a fondo esta cuestión, podemos ver que el acontecimiento trágico tiene lugar a partir de las respuestas que los distintos personajes dan en su encuentro con la Tyché. Es en la respuesta misma, y no tanto en el encuentro en sí, donde radica la esencia del acontecimiento trágico y la dimensión de la responsabilidad ligada a él. Es ahí donde se ubica la hamartía, que Aristóteles bien señalaba en su poética como la causa  de la caída trágica.

Ética trágica (I): Introducción

“La vida es movimiento y el movimiento tiene que ver con lo que hace posible moverse al hombre, que es la ambición, el poder, el placer. El tiempo que un hombre puede dedicarle a la moralidad tiene que quitárselo forzosamente al movimiento de que él mismo es parte. Está obligado a elegir entre el bien y el mal tarde o temprano, porque la conciencia moral se lo exige a fin de que pueda vivir consigo mismo el día de mañana. Su conciencia moral es la maldición que tiene que aceptar de los dioses para poder obtener de éstos el derecho a soñar”

                                                            WILLIAM FAULKNER

La ética considera al hombre en cuanto ser activo, que proyecta y realiza un determinado sueño vital; que fracasa, que se arrepiente o que celebra su victoria; que puede decidirse en un instante contra todo lo que fue su conducta pasada o preferir confirmarla pese a las adversas circunstancias. Pero la ética no se dedica a inventariar y describir comportamientos: los valora.

Su presupuesto básico se desdobla en dos afirmaciones coordinadas: en primer lugar, el hombre puede elegir su empresa, no se ve absolutamente compelida a ella, no es una simple correa de transmisión de la fatalidad o del azar; en segundo lugar, hay ciertas acciones que deben ser hechas y otras que deben ser evitadas y es posible justificar racionalmente tal deber. Es decir, la ética tiene como hipótesis de partida la libertad y dignidad humanas.

¿De dónde le viene esta confianza tan abrumadora?    ¿Podemos hablar de libertad humana o estamos sometidos a un destino ya prefijado? ¿Cuáles son las consecuencias  que de esta pregunta  se derivan a nivel ético y a nivel social y cultural?. 

Las siguientes entradas con el título de Ética trágica pretenden explorar a través de la tragedia, pensamiento y mitología griega como referente principal, varias respuestas al dilema de la libertad y destino humano así como la posibilidad de proponer una ética desligada del concepto de culpa fundada en la denominada ética trágica

lunes, 6 de diciembre de 2010

Estética del silencio y construccion sujeto moderno ( y IV): arte y reflexiones finales

¿Nos encontramos ante el canto del cisne del arte? ¿Se ha despojado al arte contemporáneo de uno de sus principales motores vitales, que  fue de la constante superación de sus propios límites?

Hoy en día hablar de proyecto espiritual parece ambicioso, o ingenuo, o las dos cosas a la vez. En una sociedad de desencantados consensos, pareciera que la pregunta pertinente es qué rol le cabe al arte, en lugar de pedirle que lidere proyecto ninguno. Ya no quedan espacios de silencio. Los medios de comunicación social, la televisión, la radio, internet ,han acabado por engullir al individuo, privándole de todo espacio para la reflexión. Más aún le ha inspirado una suerte de inquietud y desasosiego ante la posibilidad de hallarse a solas con su silencio. El silencio de la casa llega a presentarse como una especie de nada, un abismo insondable, un vacío que hay que llenar a toda costa.

Por otro lado, el uso abusivo que de la palabra han hecho los medios de comunicación le han desposeído de su capacidad comunicativa. De manera que los avances tecnológicos han contribuido a la muerte del verbo. La palabra se ha ido vaciando de sentido para llenarse de silencio. En este punto podemos decir que el silencio es la hipertrofia del sentido.

La amenaza es clara: el hombre, desposeído de su intimidad, quedará reducido a mero autómata ( Fahrenheit 451, 1984). La avalancha de signos verbales, así como escritos o imágenes, el acoso de las campañas publicitarias nos induce a lo que Rubert de Ventòs ha denominado “vértigo del sentido”, que inmoviliza la mente, la razón, el espíritu crítico.

De este modo, el silencio cobra pleno sentido dentro de un sistema cultural dado. Así se ha contemplado en relación a distintos ámbitos, sean filosóficos, literarios, artísticos, etc. Desde el  silencio y frente al sinsentido del lenguaje, el ser humano puede optar en su soledad por volver a lo esencial, por realizar una mirada libre de artificios y ver la belleza y simplicidad de todo, nombrar a las cosas por lo que son...

Y ¿dónde encuentra el arte hoy su élan vital? Vaciado de su abrumadora carga valórica  y de su conciencia de destino y ante la duda esencial de su legitimidad, en la actualidad, particularmente en la literatura, vemos toda una novelística que exhibe una desembozada indiferencia ante las viejas tensiones de las conquistas expresivas, y retoma ciertas virtudes como la inteligibilidad o la factura normal ¿Se trata de una señal verdadera? Según este dato, pareciera que del naufragio, ¿valía la pena, al menos, salvar el casco?... la voluntad expresiva...